Boris Viskin es un artista que nada con soltura y una cierta rudeza entre lo minimalista pictórico y lo geométrico contrastado. La admiración por la historia del arte se convierte en lúdica intervención sobre reproducciones de obras renacentistas. El dibujo ha sido su voz desde muy joven. En momentos de ensimismamiento es el lápiz quien genera raspada voz no gutural sobre el papel. De allí, sobrepasando el temor a pintar, pinta. Mínimamente empastado, detenidamente ritual, en capas de pigmento silenciado y untuoso. Viskin supo integrar personajes de pequeño formato a italianizantes y operísticos amplios espacios, como en La aparición del arte moderno. En ocasiones, una palabra reemplaza a una figura, o una goma de borrar establece la tridimensionalidad en una obra y simboliza la faceta intelectual por sobre la que el autor se despliega. La suyas no son obras estrictamente conceptuales sino que esto subyace como la matriz del pensamiento del autor, y en ella se insertan variantes a cuál más interesante y diferente. Justamente este es un aspecto certero de la razón de ser de esta exposición.

Hay series dentro de la diversidad de la muestra pero las diferencias predominan, y en eso se asienta la reflexión: nadie busca un estilo ni reconocer al autor sino percibir las resultantes. Él, Boris Viskin, no quiere aburrirse ni aburrir al espectador. Tampoco quiere aleccionar. Incluye aspectos autobiográficos desde diversos ángulos: desde aspectos de la religión hasta la manera en que descubrió la historia del arte a través de libros familiares y desde su análisis racional vertido en composición geométrica. Incorpora los símbolos de las tres religiones predominantes: cristianismo, judaísmo e islamismo. Su obra no es de señalamiento político pero sí es altruista y social. Veracruz es una creación monumental para interior que atiende un punto biográfico de la cuantiosa migración llegada a través de ese puerto. Es un altar a las nuevas vidas iniciadas allí, y por oposición, a la trágica situación que ese estado está pasando. Intervenir, tapiar, obturar. Boris Viskin lleva a cabo estas tres acciones con madera, dibujo, pintura, pequeños objetos. De alguna manera es un movimiento musical, como en Cementerio de dibujos, un óleo y gomas de borrar sobre madera, de 100 x 122 cm; y como en Katrina (American Dream), encáustica y collage sobre madera, de 100 x 120 cm. Trabaja pequeñas joyas –obras de formato reducido– frente a otras de grandes dimensiones.
Viskin no muestra la violencia extrema de manera directa sino refiriendo las consecuencias que genera. El gran hongo de papel de la instalación La culminación del error sintetiza esta expresión del artista en un mampareado-instalación geoorgánica construida dentro de la sala. En ella, una sucesión de momentos en el muro –Sonata para una noche cíclica– recorren las paredes, y en el centro, el hongo nos recuerda a los diversos Hiroshimas, a la actualidad y a las muertes. Es una explosión contenida, mnémica y temporal. Observamos que el tema del tiempo está presente en sus obras de maneras entrecruzadas, no lineales.
Una exposición esperada y necesaria, “La belleza llegará después” reúne obra de los recientes quince años de trabajo de Boris Viskin, quien habita la artisticidad desde los años ochenta. En este recorrido, la lectura es formal, museística, a la vez que alentada por una intimidad proveniente de anotaciones que acompañan a casi todas las obras, aportando un pensamiento, relacionando al visitante con la fraternidad del taller y rompiendo la rigurosidad institucional de obra y cédula informativa. El humor está presente por dos caminos. La articulación de diversos códigos de belleza que son independientes de los trazados históricamente y la belleza actual en sí misma, que es cambiante y activa.
Mientras que en México, en los años ochenta y noventa, algunos autores se han mantenido más en el terreno pictórico, otros atraviesan las disciplinas, los habituales métodos y materiales para plantear incesantes caminos. Viskin es tan serio como irreverente. Su trabajo es híbrido, como sus intereses. Admira a los grandes maestros. No hay duda de que analiza, deconstruye y reconstruye mentalmente lo que nos presenta en obra. La cuadrícula alterada es una constante en sus obras, ya sea en dibujo, pintura, técnicas mixtas e instalaciones como Autorretrato con lengua de fuera y Autorretrato constructivista hablado; en Petates remixed, en Huacales y en Librero. En sus obras no hay una separación concreta entre ensamblaje y pintura, es más bien un abrazo, ya sea figurativo, ya sea abstracto, ya sea alegórico. En ocasiones esas presencias son fundamentalmente matéricas; en otras, habitan una situación o una reflexión. Silla mirando sus partes (entre Platón y Heidegger) es una de estas experiencias. Viskin escribe: "Una silla mira sus partes. Miro a la silla mirando a sus partes. Me miro a mi mismo mirando a la silla mirando a sus partes. ¿Y tú? ¡¿Qué miras?!"
GRACIELA KARTOFEL
