La excentricidad domina las producciones del ecuatoriano Wilson Paccha, aunque ésta sea el resultado de hurgar en temas cotidianos. Originario de Quito, graduado de la Facultad de Artes de la Universidad Central de dicha ciudad, donde ha desarrollado gran parte de su obra, es de esos artistas que logran “engancharnos” cuando accedemos al universo psicodélico que emana de sus pinturas, artefactos, ensamblajes, objetos esculturados o instalaciones. Lo que provoca esta sugestividad es que son construidos teniendo en cuenta un humor criollo diáfano, marginal, y cualquiera que se detiene a mirarlos es muy probable que comience a reírse, aun sin quererlo. Últimamente ha estado muy visible en la escena artística del país, y su última muestra, Caprichos salvajes, en la galería DPM de Guayaquil, resulta una “estocada” respecto a los temas que lo inquietan.
Hace mofa respecto a la escena educativa en el ámbito artístico ecuatoriano y ciertos modelos que se autodenominan excepcionales; y también arremete contra la fanaticada del fútbol o las ansias paroxísticas de las jóvenes en las redes sociales.

En su producción, que en algunas ocasiones ha funcionado desde la acción performativa, cualquier material o acontecimiento le resulta útil para construir un juego, armar una metáfora, hacer un cuestionamiento crítico. Su ojo es aguzado. En la pieza Eva y la casa del Chapo utiliza un jabalí para aludir al personaje, lo representa con cuatro ojos, colores estridentes, óvalos, en medio de un paisaje chillón, y nos adentramos en un sinnúmero de interrogantes acerca de qué historia le interesa construir acerca de este ícono. Aparecen como elementos catalizadores de la trama una vegetación extraña, casuística, como salida de un libro de literatura simbólica; un ovni, la manzana, el pene del animal, que culmina en un abridor de botellas. El jabalí, a pesar de su llamativa plasticidad, se advierte heredero de su propio hábitat. Ubicado en medio de un charco se antoja impasible, soberano, y sobre todo presa de su certidumbre. Aquí nos entrega una versión festiva de
Joaquín Archivaldo Guzmán, el “Chapo” Guzmán, líder de la organización internacional de droga conocida como el Cártel de Sinaloa, con un extenso historial criminal, y que fue apresado recientemente. La habilidad para escapar en diversas ocasiones, evadir la ley y negociar con estrellas del cine y la televisión ha generado una ola de desconcierto, sobre todo para un espectador ingenuo. El artista, pendiente de todo episodio escandaloso, sobre todo cuando se trata de la participación de los medios, nos somete a escudriñar una situación tan ambigua como risible. ¿Realmente es tan diestro el personaje como lo pintan para escapar de difíciles encierros? ¿Quiénes estarían en juego si se lleva a cabo una investigación sediciosa acerca de sus constantes transgresiones? La manera en que se manejan los acontecimientos convierte al Chapo en un personaje que goza de simpatía; esto es visible sobre todo en las redes sociales, donde constantemente los usuarios construyen chistes y juicios que toman como ejemplo las habilidades del nombrado reo.
Hay piezas que juegan con la voluptuosa condición de búsqueda y acople sexual de las redes sociales. Unas jóvenes en poses insinuantes y sensuales son también diana de su discurso. Wilson Paccha se convierte al unísono en usuario atento y crítico de carácter indulgente. Facebook, por ejemplo, que en algún momento fue espacio de opinión sociocultural, lugar para el diálogo, la promoción de eventos de diversa índole, o los encuentros familiares, se ha convertido en “solar” global donde muchas féminas, o jóvenes, se ofrecen a una negociación barata y reprochable, además de peligrosa.
La muestra tiene constantes citas de otros artistas y figuras del ámbito de la farándula: Arcimboldo, Damien Hirst, Messi, a través de unos planteamientos que derriban cualquier sentido sagrado o sempiterno de sus legados. Lo desenfrenado, lo vicioso, lo perturbador, son los jalones que le interesan. Cuenta que desde niño siempre le gustó llamar la atención porque formaba parte de su extrovertida personalidad. Ahora, entrenado en las lides del arte, se burla en primer lugar de él mismo, como toda persona que ha arribado a la madurez.
Recuerdo que en una ocasión visité una de las ediciones del Salón de Julio Pintura, y estaba una obra suya confinada en una esquina; como si no le hubiesen prestado importancia. Le comento a la persona que me recibió que por qué no había recibido mención o premio. Me respondió que el jurado había valorado dejarla fuera. Con el tiempo comprendí la razón. Paccha se burla de cualquier gueto, tendencia o parcialización respecto a criterios artísticos. Viene a ser una suerte de álter ego ecuatoriano porque desmantela cualquier visión cliché del imaginario criollo y tropical, a la vez que ejerce desde ese desmontaje un poder seductor sobre lo que puede construirse con los medios propios, olvidándose de las apariencias o complejidades del “cubo blanco” y la llevada y traída tecnología. Sus obras, en general, gozan de un placer contagioso, espontáneo, fresco, y nunca carente de compromiso. Aplaudo su capacidad para reciclar cualquier objeto y/o lenguaje. Puede dictar clases a los más jóvenes sobre la posibilidad de producir con economía de recursos y sentido crítico. Estuvo durante varios años alejado del público, los salones, las galerías, pues sentía que la fatuidad consumía esos espacios.
Hoy es parte de los artistas más seguidos por parte de la prensa y los espectadores. Y hay algo que me llama poderosamente la atención: se dice por los medios que los ecuatorianos se cuentan entre las personas más felices y alegres del mundo; en cambio, eso no se percibe en el arte –suele ser bastante grave el discurso–, pero sí se aprecia en la obra de este empedernido parodiador.
AMALINA BOMNIN
