El subtítulo de la exposición retrospectiva de Mónica Mayer, Una exposición retrocolectiva, les hace justicia a los alcances, complicidades y trabajo colectivo que ha involucrado la obra de Mónica Mayer los últimos cuarenta años. Es cierto que Mayer es una figura que sirve de pivote, ya sea en términos literales o tomando prestada la figura que describe el movimiento del delantero en el baloncesto cuando se ha detenido y no puedo volver a botar el balón y debe decidir si pasarlo o lanzarlo a la canasta: arriba, abajo, a un lado y al otro, en la esperanza de escabullir la jugada y anotar.

Las obras de Mónica Mayer son físicas, un poco de esa manera, son al mismo tiempo una imposición y una sugerencia, una estrategia y un lugar simbólico, una lucha y un bastión. Son políticas, sociales, lúdicas, textuales, documentales, pero sobre todo son arte. No entiende de límites, no se atiene a soportes convencionales, se abre a las posibilidades del entorno adverso y contradictorio para lanzarse a crear una obra tan luminosa como subversiva, tan llena de humor y desenfado como de una vocación crítica a los prejuicios culturales e institucionales que sobreviven no sólo en este país sino en todo el mundo, desde su participación en el Salón 77/78: Nuevas Tendencias (que se expuso en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México), y en el que participó cuando todavía era estudiante con la pieza El tendedero, que utiliza como soporte literal un tendedero –líneas sucesivas de cuerdas para tender ropa, colgadas de tubos rojos, en las que se han prendido con ganchos para tender ropa tarjetas en las que mujeres de distintos ámbitos y estratos fueron invitadas a completar la frase: “Como mujer lo que más detesto de la ciudad es…”–, y que ha vuelto a usar a lo largo de los años en distintas latitudes, formatos y preguntas (durante la presente exposición se ha extendido a los medios electrónicos, convertido en una página de Facebook), hasta Pinto mi raya, proyecto que fundó en 1989 con Víctor Lerma, su pareja y cómplice en la vida privada y pública y que tenía la intención de ser una galería de autor pero que pronto se convirtió en una plataforma desde la cual organizaban proyectos de arte conceptual, entre los que surgió –debido a la evidente falta de bibliografía en México sobre arte contemporáneo- un archivo que ha recopilado, a la fecha, más de trecientos mil textos publicados en la prensa mexicana sobre performance, arte feminista, políticas culturales, entre otros temas.
Mónica Mayer se ha destacado siempre como una de las exponentes más multifacéticas y combativas de una generación de artistas que se abocó a romper los esquemas del statu quo con estrategias formales que apostaban por la diferencia. Se ha querido encasillar su arte como feminista. Su obra es feminista, sin duda, y en su proceso (desde la angustia humorística, podría decirse que kafkiana, de sus collages, pasando por las colaboraciones con Maris Bustamante en el colectivo Polvo de Gallina Negra, en los que utiliza como soporte formal los estereotipos que han caracterizado a lo femenino para hacer un llamado en contra de la violencia de género), acaba por abrirse, con amable ferocidad, al terreno donde la acción, el lugar y la perspectiva construyen una dialéctica subversiva que cuestiona las prácticas del arte contemporáneo para poder afirmarlas desde otro lugar. Es este desplazamiento, que puede compararse tanto al movimiento del espectador a lo largo de la sala como al movimiento del sol en el cielo, lo que acaba por ser el medio que constituye su obra, a partir de la cual los contenidos, que pueden ser evidentes, adquieren una resignificación. En un extremo está la obra que ha realizado a partir de su vida privada, con obras como El nacimiento de la Sra. Lerma (1980), Foto falsa a diez años de la boda (1990) y La cena y la exposición (2015), que sigue y documenta su relación con Víctor Lerma dentro de un proyecto de vida que llamaron Las bodas y el divorcio; en el otro está la práctica sistemática que juega con la interpelación y el diálogo que ha constituido El performance parásito. Mónica Mayer ha venido realizando este performance desde 2005 (a veces en colaboración con Víctor Lerma), en el que se acerca a donde está siendo realizado un performance con un letrero en alto donde se lee: “Si tiene dudas… Pregunte” (de donde toma su nombre está exposición), con la intención de aclarar las dudas que pueda tener el público que está viendo el performance y que puede no saber que ha pasado a formar parte del mismo. Como extensión, la artista ha dado permiso a otros para realizar este performance. La exposición está repartida en una introducción (llamada Tendiendo redes) y tres núcleos: Feminismo y formación; Hacia otra Erótica: Arte, vida y afecto; y Lo personal es político, performático y público. La exposición cierra con un performance de ocho horas de la artista. La curaduría estuvo a cargo de Karen Cordero Reiman.
RICARDO POHLENZ
