No sé cuales hayan sido las lecturas de niñez y adolescencia de Mario García Torres en la ciudad de Monclova, en Coahuila; si leía novelas de aventuras o cómics de superhéroes, si leía sobre grandes viajeros como Marco Polo o si iba directamente a las fuentes, un ejemplar de El millón en casa de sus padres o de su abuelo. No tengo más que preguntarle por estas referencias (que sin duda incluyen películas y series de televisión) para transcribirlas aquí, y sin embargo, he preferido inventármelo, convertirlo en un Marco Polo, aunque también podría ser un Vasco de Gama o un Bernal Díaz del Castillo. Esto lo hago para poder situarlo en un mapa de correspondencias entre el mundo, que ha venido a llenar con búsquedas y recorridos, y su punto de partida, el lugar originario, Monclova, en el norte de país, ciudad que colinda con el estado de Nuevo León, no muy lejos de Monterrey, donde estudió arte para luego seguirse hacia el oeste, a seguir estudiando en el Cal Arts con una beca Fulbright, y de ahí, al mundo, a seguir rutas en pos de la conquista de veleidades y circunstancias que vivieron un puñado de creadores emblemáticos del siglo XX –muchos de ellos, artistas conceptuales– en lugares tan remotos como la ciudad de Kabul en Afganistán o Cuernavaca en México (al considerar a Nueva York, Londres o París nuestro punto de partida y referencia).

Aunque García Torres pasa largas temporadas en México, su trayectoria como artista puede seguirse a todo lo largo y ancho del mundo, con exposiciones individuales en el Stedelijk de Ámsterdam, en el Kunsthalle de Zúrich, el Reina Sofia de Madrid y el Hammer de Los Ángeles, entre otros, además de haber participado en las bienales de Venecia, Taipéi, São Paulo y Berlín, y de haber presentado en la Documenta 13 sus obras relacionadas con la estancia del artista italiano Alighiero Boetti en la ciudad de Kabul, en Afganistán, donde este último mantuvo una casa de huéspedes, el One Hotel, y realizó la obra Mappa (1971-72), que debía haberse presentado en la Documenta 4.
Las obras realizadas por García Torres referidas a Boetti y Kabul fueron presentadas en torno a esta pieza, rescatada para cumplir una cita en Kassel pospuesta cuarenta años. Entre estas obras destaca Alguna vez has visto la nieve caer (2010), proyección de cincuenta diapositivas de autores anónimos realizadas en los setenta que ilustran una descripción hecha por el autor en una grabación, de acontecimientos sucedidos después de los atentados terroristas del 9/11. Más allá de la recuperación del espíritu decimonónico del descubrimiento, Mario García Torres ha descrito esta búsqueda conceptual como arqueología contemporánea. En el afán de hacer una experiencia vivencial de los tiempos y recorridos el material principal de su obra, que igual son duraciones en pantalla que caminos trazados para el espectador, de quien se espera que salga físicamente de las salas del museo para cumplir un itinerario que visita el Hotel Montecarlo en el Centro Histórico (donde hay una exposición que ha sido dispuesta en las habitaciones de los huéspedes y que sólo ellos pueden ver), el Museo de Geología de la UNAM, en el barrio de Santa María La Ribera, donde se pueden ver los cuadros de José María Velasco, que se exhiben en el segundo piso, y la presentación de un performance en un teatro en el Centro Cultural del Bosque de Chapultepec, para luego romper con estas duraciones haciendo elipsis entre lugares en el tiempo, uniéndolos con gestos e intenciones que los hacen contemporáneos. Esta superposición de tiempos y espacios hacen ver su propia aventura como una invocación para hacer (o hacerse) real con la aventura de alguien más.
Por eso, supongo, García Torres le exige al espectador invertir una cantidad considerable de tiempo siguiendo su obra. Entre la duración de los videos y películas que se exhiben en el Tamayo (y que constituyen su primera gran exposición en su país de origen) y los recorridos que propone, puede transcurrir poco más que una jornada laboral. Parecería que su intención es apropiarse del espectador al convertirlo en una extensión de su obra al obligarlo a repetir los gestos que han definido su obra. Seguirlo a él, su rastro como artista, como él ha seguido el rastro de otros artistas, en un afán no sólo por desentrañar algunos gestos particulares de estos artistas sino de hacer posible un vínculo, una forma de reconocimiento (que, paradójicamente, no deja de ser un descubrimiento) del otro en uno mismo a partir de la narrativa, a la que se rinden (o de las que derivan) los filmes, los videos y las instalaciones que constituyen la exposición que reúne treinta obras realizadas a lo largo de los últimos quince años. Una de las claves de su obra es el peso –la materialización del concepto, si se quiere, y también de la acción–, como en la pieza en la que exhibe la correspondencia virtual que mantuvo con el artista, que apela (y no) al arte conceptual de la costa oeste y al land art (que se abre en el horizonte de sus filmes). No sólo hace arqueología hacia un pasado que nos resulta tan próximo como remoto, sino que da pie a nuevas búsquedas. La curaduría estuvo a cargo de Sofía Hernández Chong Cuy.
RICARDO POHLENZ
