Es una oportunidad fundamental para los estudiantes jóvenes y para los interesados en arte volver a ver las primeras obras de un artista. Y sobre todo las de Juan Fernando Herrán, quien nació en Bogotá en 1963 y empezó a exponer a principios de los años noventa.
Volver a ver estas primeras obras de Herrán, me hacen pensar que es un artista que trajo al arte colombiano un muy buen entendimiento del arte contemporáneo en varios aspectos. Por ejemplo, en la presentación en el espacio de la materia y de una materia “pobre”: pelo, arcilla sin cocer, plátano prensado, boñiga, huesos o tapas metálicas recogidas en la calle. Esta materia, como una trasescena de la forma, puso la mirada del espectador en procesos vitales, que también se toman su tiempo para transformarse y señalar su eventual desaparición. En este sentido se pudieron ver en esta exposición, de nuevo, el pelo humano que exhibe su maleabilidad y su suavidad en el piso, o los setenta objetos de arcilla prensada, que son como unos raros y frágiles objetos de tortura, o una línea de pequeñas tapas metálicas sometidas a toda una serie de procesos destructivos.

Herrán también trajo al arte colombiano la importancia de un modo de hacer ritualista, atento a la manifestación particular de la materia y al resultado de sus transformaciones en el momento de encontrarse con el cuerpo. Así, se mostró de nuevo, para sorpresa de los estudiantes jóvenes, un video, en el cual Herrán rumia pasto hasta convertirlo con su boca en una esfera casi perfecta, y presentarlo al espectador como una ofrenda. Por esta vía, Herrán trajo al arte colombiano la necesidad de darnos cuenta del gesto; de un gesto simple, pero que no se puede olvidar. Rumiar, prensar, aplastar, golpear, quemar y rescatar actos atávicos. Entonces en la exposición vimos de nuevo la fotografía de sus pies metidos en boñiga.

Considero importante nombrar aquí un libro escrito por Nicolás Gómez sobre Herrán, uno de los más completos estudios sobre un artista colombiano. Se llama En materia y fue publicado por el Ministerio de Cultura en el 2012. En él Herrán dice lo siguiente: “La fotografía fue tomada cuando supe que los niños campesinos de las tierras altas salen a la madrugada a ordeñar vacas y meten sus pies en boñiga fresca para recibir su calor. Me pareció una relación muy íntima entre el cuerpo y la naturaleza condicionada por la necesidad de reconfortarse. La fotografía rescata ese acto”. Rescatar actos perdidos en medio de una acelerada modernización, eso también es un aporte de la obra de Herrán. Y la intimidad, que sus primeras obras siempre propiciaron, por su escala cercana al cuerpo y por su hacer. En este sentido, decisiones curatoriales como agigantar las columnas de pelos para que jueguen con la arquitectura, potenciar la construcción y no el cuerpo, hicieron extraña para mí una obra que era como un bosque encantado de varillas de pelo, un bosque íntimo que yo atravesé una vez.

Quiero señalar también que Herrán trajo al arte colombiano el compromiso de subrayar que los objetos no son el lugar de llegada del arte, sino que en realidad son una potencia que capta flujos comunicativos, psicológicos y “viajeros”. Entonces el objeto puede desaparecer para hacer evidente que la naturaleza o la sociedad, a su modo, configuran también el paisaje y las cosas. Y entonces el artista puede dar un paso atrás y dar cuenta de ese proceso arrasador o configurador de los sistemas sociales. En esta exposición pudimos ver esa inquietante escultura plana como un artefacto –ala de avión quizá– trasfigurada por el plomo, que sin embargo parece flotar en el piso. Un “artefacto” que cobra cada vez más vigencia atendiendo a su título. La obra se llama Flotsam and jetsam, que en realidad remite explícitamente a restos y desechos; remite a restos flotantes, escombros en el agua, arrojados deliberadamente o después de un accidente.
En ese orden de ideas, en la presencia de objetos trasformados por fuerzas más importantes que ellos, me parece que le hizo falta a la exposición el registro de una de las obras más importantes de los noventa. Me refiero a inter faeces et urinam nascimur, cuyo título proviene de una frase de san Agustín que traduce “entre heces y orina nacemos”. Y a la obra que la complementa, llamada Lat. 50 02 norte- Long 5 40'oste. Aludo a la esfera que Herrán construye con huesos, un material que encuentra de manera abundante en sus recorridos por el Támesis. Y esta esfera perfecta, él resuelve entregarla al mar para que viaje y llegue a la Bienal de La Habana de 1994. Herrán decide también enviar a esta ciudad un mapa de vientos, confiando y haciendo evidente que las fuerzas de la naturaleza pueden hacer su trabajo. Esta obra es fundamental, porque precisamente permite discutir de nuevo un asunto obvio pero importante en el arte colombiano, y es la idea de que el arte no es sólo un el objeto para la venta, sino que es un motivo para experimentar, arrastrar y señalar otras fuerzas, que el objeto permite nombrar.

Otra cualidad de la obra de Herrán es que ha evadido la sobresignificación. La mayoría de estas primeras obras no tienen título. Ellas, y la precisión y sobriedad de las declaraciones del artista mismo, evitan envolver la obra en un discurso genérico sobre la violencia o la situación del país. De las obras de Herrán no se puede decir que intentan representar el dolor o la violencia de otro. Pero precisamente en su silencio y en su presencia matérica ha hecho que cada espectador, empezando por mí, silenciosamente también, reconozca sus pérdidas y vacíos y nombre la obra en el sentido que quiera darle.
El recuerdo es inolvidable: en el recorrido del 33 Salón de Artistas Nacionales de 1990 se presentó una obra sin título que la gente llamó corona de espinas. En el piso, este material espinoso, enrollado como una corona, sorprendía en un salón donde la escultura en metal se mostraba complaciente con su forma, y este, por el contrario, era un objeto discreto, que el espectador podía localizar en el lugar de la propia pérdida, del propio duelo, o de un duelo colectivo por la situación del país.
Lo anterior me permite decir que, a pesar de que hay que celebrar una exposición como esta, que muestra las primeras obras de Herrán, Flujos deseantes es un título confuso, cercano sí al pensamiento de los años ochenta, con la apuesta de la filosofía por el deseo, que si bien impulsa a que el sujeto se empodere e inscriba en la cultura sus propios rituales, en el caso de Herrán habría que señalar que no es un deseo tan abierto. Es un título que señala un excesivo individualismo a la deriva, como diría Santiago Castro Gómez en su libro Revoluciones sin sujeto, donde pone en su sitio el excesivo uso de la palabra deseo. La obra de Herrán, si bien evidencia la potencia de un artista guiado por la experimentación de la materia, tiene ideas claras, si no para decir explícitamente, sí para dejar una obra como testimonio, yo diría que de los restos de un naufragio cultural y político. En las primeras y en las últimas obras de Herrán se manifiestan la rabia, el desasosiego, tal vez su propia experiencia, y eso hace la diferencia. Detrás de las obras de Herrán hay un artista que tal vez, no lo sé, ha experimentado el dolor, y las obras nunca se dejan atrapar por el diseño o por el peso o por una exagerada precisión formal. La forma de sus obras es justa; le hace justicia a la experiencia. Y por eso creo que con este título demasiado abierto se perdió la posibilidad de decirles a los estudiantes, en un museo universitario –y soy yo ahora quien tal vez trata de sobresignificar la obra–, que Herrán es un artista clave para entender el proceso de miedo, de fragilidad e impermanencia de la sociedad colombiana.
* Fotos Cortesía Museo de Arte Universidad Nacional.
NATALIA GUTIÉRREZ

