La Naturaleza ha sido desde siempre un tema recurrente en la historia del arte. Particularmente desde el Romanticismo hasta la época contemporánea, pasando por innumerables acercamientos. Los artistas se han acercado a pensar plásticamente la relación que se establece entre la natura naturante –como la llamaba Spinoza– y el ser humano y animal. La parte más compleja es la planteada en los albores del capitalismo, que, según los investigadores de Principio Potosí1, data de la época colonial y se generó en nuestro continente dentro de una política devastadora imperial, donde el deseo de conocer la naturaleza viene marcado por el deseo de dominarla y explotarla; así, las expediciones de conquista en busca de El Dorado y la siguiente Expedición Botánica bajo la Ilustración no tenían otra pretensión que la de inventariar las riquezas del Nuevo Reino de Granada, como la expedición que emprendió José Celestino Mutis en el siglo XVIII con el apoyo del rey Carlos III en su famosa Real Expedición Botánica. La fisiocracia de François Quesnay sirve a España para entender que la Naturaleza es fuente de riqueza. Los artistas tuvieron un papel fundamental en esta época al realizar un inventario sin precedentes para que el Rey pudiera disponer de ellos a su antojo. ¿Será que ese boom contemporáneo del arte y la naturaleza tiene que ver en algo con estos lastres coloniales, donde los artistas sirven a una “noble causa” de explotación de las riquezas de nuestro territorio que no ha cesado desde entonces? Esta idea hay que desarrollarla con mayor profundidad; sin embargo, la exposición de Juan Cortés y David Vélez va mucho más allá de ese boom de arte y naturaleza, que por cierto vende bien, donde ahora es muy frecuente ver una serie de obras que instalan maticas, pasto y otras hierbas, usan semillas y se refieren al agua, etcétera, en un especie de paliativo frente al real problema de la explotación de la tierra y su riquezas.

Si bien Orden natural plantea de entrada una estrecha relación entre los seres vivientes y la naturaleza, no lo hace de una manera fútil ni intrascendente. Al contrario, Cortés y Vélez plantean una experiencia estética donde sonido, imagen y objeto sitúan la naturaleza en el lugar que le corresponde: como una fuerza que en la mayoría de los casos es incontrolable, impredecible y por lo tanto destructiva. Las catástrofes naturales son interpretadas por algunos como ese desquite por parte de Naturaleza, luego de un incesante ataque por parte de la humanidad. Ese "orden natural" o causa normal del mundo es terrorífico y terrible a la vez, pero curiosamente fascinante: es lo que Kant (qué pena nombrar al viejo de Königsberg, pero ni modos, en estos temas no podemos pasar por encima de él) llamó lo sublime.
Aparece entonces la noción de paisaje pero tratada de otra manera por los artistas de esta exposición, donde el universo sonoro se hace visible frente a la complejidad de la ciencia. Arte y ciencia, por fortuna, van de la mano y el paisaje se complejiza: “El concepto de paisaje ha cambiado mucho con esas posibilidades de estos nuevos instrumentos que han permitido leer muchísimas más variables de las que se podían leer antes, o ver otros fenómenos que también componen el paisaje. Es interesante cuando el arte puede señalar esos fenómenos que están escondidos. El paisaje está compuesto por muchísimas cosas más de las que solamente vemos. Está compuesto por ondas, información, datos, redes. Es interesante señalar y ver hacia dónde va ese paisaje contemporáneo”2.
En efecto, se trata de ver más allá de lo que simplemente vemos, y eso sólo lo puede hacer un artista que trabaja con una perspectiva científica; de hecho, Cortés y Vélez trabajaron con científicos del Departamento de Geología de la Universidad Nacional de Colombia. En este sentido, la ruina y la catástrofe son algo natural, pues la naturaleza está en constante movimiento y, por lo tanto, se manifiesta naturalmente, y no es un designio divino ni una maldición por los malos comportamientos humanos que la Tierra tiembla, por ejemplo. En Cartografía descompuesta, a partir de fragmentos de ruinas y grietas experimentamos una composición que despierta fascinación en nosotros como espectadores, y nos preguntamos, no sin sonrojarnos: ¿La ruina nos gusta? “Más allá de lo moral y lo espiritual, lo que importa es una necesidad de avance y de supervivencia de la naturaleza, de continuar con procesos que se escapan de la escala temporal humana”3, dice Vélez.
Orden natural es una excelente exposición con dos artistas que ya pasaron el filtro internacional: el MoMA de Nueva York les abrió sus puertas a comienzos de año, y sus obras ingresan a la historia del arte sonoro en Colombia que estamos escribiendo4.
NOTA
1. Ricardo Arcos-Palma, Principio Potosí: “¿Cómo podemos cantar el canto del señor en tierra ajena?” ArtNexus No. 80, 2011.
2. Palabras de Juan Cortés en “Juan Cortés entre la naturaleza y la tecnología”. Ignacio Mayorga Alzate, Rolling Stone, 4 feb, 2016. http://rollingstone.com.co/n_juan_cortes.html
3. Palabras de David Vélez. Idem.
4. Arcos-Palma, Ricardo. “¿Nada que ver? Hacia una historia del arte sonoro en Colombia. ArtNexus, No 94, vol. 13, 2014.
RICARDO ARCOS-PALMA
