La exposición de José Vincench ocurre en un momento en que el arte producido por artistas cubanos está expandiendo su presencia en Nueva York y parcialmente en el resto de Estados Unidos. Es importante que los historiadores de arte y los críticos reflexionen con el público que asiste a las exposiciones acerca de la seriedad de éstas, su sentido de actualidad, sus aportes a muchos años de escasa información respecto a aquellos artistas que habitaron y habitan en la Isla. Incitamos a pensar esto que se ha venido desarrollando en numerosas reseñas individuales en ArtNexus, y en ensayos que no se dejarán esperar. Por el contrario, sí se ha tenido un amplio repositorio de quienes emigraron y se han presentado tanto en galerías comerciales como en instituciones, celebrando sus aportes desde la creatividad personal y ampliando el lenguaje sobre el tema de la migración, acerca de la vida en Centroamérica, explicitando las diferencias entre quienes nacen y viven en territorio continental y quienes nacen y viven en el territorio insular.

Los temas arriba mencionados han sido los más frecuentes, por eso la exposición de José Vincench, constituida por pinturas y esculturas, tiene vector de doble valor: la obra aporta –sobre todo en la producción más reciente– en expresiones estéticas poco enfocadas en el arte en Cuba, y el artista desarrolla un lenguaje entre personal e internacional. Vincench no busca/presenta la narrativa ni lo figurativo ni lo autobiográfico. Acentúa una línea elegante y cínica. Por el contrario, estira la creación a un lenguaje geométrico –de reflexión social, racional, y de arte de lenguaje–; y a un tanto de formas orgánicas –que son sus reducidas señales insulares–emocionales. Por estas razones que describen los contenidos visuales de sus obras, Vincench no es un artista que se inserta en un movimiento sino que trabaja en los trans (sintetizando, los trans atienden a las herencias y los desarrollos personales de los -ismos, la posmodernidad y la deconstrucción). Asimismo, los trans como Vincench tienen una movilidad propia de esta hiperacelerada actualidad que está signada por la gravísima migración de diversos órdenes globales.
Dedicado a crear su obra y a la docencia, José Vincench da un giro al barroquismo centroamericano y latinoamericano en general. No lo ignora sino que lo reestructura desde la no figuración. Y lo ratifica desde su uso del oro como aquella señal de la tierra con oro que tentaba a los conquistadores; asimismo, de los conquistadores a sus reyes para que les continuaran apoyando económicamente en sus viajes/aventuras. Y como la moneda temprana de pago de impuestos a los dominadores europeos, y como uso del material que rodeara y rodea la liturgia católica migrada e impuesta. Una primera mirada a sus usos del dorado puede llevarnos a asociar con Mathías Goeritz, el insaciable pensador polaco-mexicano. Es una asociación comprensible que se expande a medida que nuestra mirada recorre toda la exposición. Ambos disidentes de distintos momentos y criminalidades políticas, coinciden en el lenguaje, cada quien a su manera (Mathías Goeritz ha sido precursor de varias tendencias, entre ellas, de la Poesía Concreta). Vincench dice: “La hoja de oro me provee de un material seductivo, poético y lírico del antiguo mundo artesanal. Estoy creando intencionalmente un producto decorativo, una realidad irónica de ayer y de hoy, en la cual podemos perdonar y reconciliar”. Sus trabajos están ya en algunas colecciones nacionales e internacionales; sin duda que esta exposición expandirá esa presencia.
La escultura en acero Cambio es una obra aparentemente sencilla, a la par que es donde confluyen varias de las inquietudes del artista. La pintura del mismo título, con oro a la hoja, se manifiesta en la abstracción orgánica, semejante a la titulada Gusano. En la geometría, la pintura Disidente deja claro el giro del artista en sus enfoques. En las dimensiones predominan formatos importantes y hay una opción de pinturas que se pueden visualizar individuales, aunque también constituyendo dípticos y trípticos. Los fondos de las pinturas doradas hasta aquí mencionadas, y otras que son pinturas de acción, están resueltos sobre tela de color blanco. Como puede advertirse, los títulos son predominantemente monosilábicos, son la alusión más figurativa en la muestra y atienden a las preocupaciones sociales de José Ángel Vincench. Tanto en las obras individuales como en el conjunto hay reclamo deconstructivo, se manifiesta una búsqueda de perfección y se alcanza a transmitir la intensa luz de la Isla –uno de los detalles autobiográficos que se filtran más allá de lo teórico–. La percepción general de la exposición aporta serenidad e intensidad.
GRACIELA KARTOFEL
