José Antonio Hernández-Díez: “No temeré mal alguno”

El resplandor de la Santa Conjunción aleja a los demonios, 1991 (reconstrucción 2016). Media-instalación: Caja de luz, sampler, sincronizador, flashes, trípode, altavoces. Dimensiones variables. Colección Privada. *

Monografíajun 2016 - ago 2016· Por Elisa Rodríguez Campo

José Antonio Hernández-Díez: “No temeré mal alguno”

Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA)

No temeré mal alguno representa una oportuna revisión de piezas esenciales en la carrera artística de José Antonio Hernández-Díez que un cuarto de siglo después siguen resultando impactantes, incisivas y sintomáticas del devenir del arte contemporáneo. Videoinstalaciones, taxidermia y complejos mecanismos permiten cuestionar y diseccionar un complejo tejido que enmaraña lo sobrenatural y lo votivo; lo que trasciende a la vida y la muerte; la tecnología condenada a desaparecer y ser desplazada; lo abyecto, visceral y corruptible que forzosamente insiste en preservarse, contrastando fuertemente con lo intangible, eterno, aquello que tiene la facultad de desplazarse libremente atravesando planos temporales dislocados, precisamente el punto de inflexión de la muestra.

Monografía: José Antonio Hernández-Díez: “No temeré mal alguno” — imagen 1
Sant Guinefort, 1991. Instalación: metal, metacrilato, látex, goma, perro disecado y aire comprimido. Colección MACBA. *

Para sus curadores, las piezas seleccionadas tienen una dimensión “fantológica” desde la cual entidades del pasado se manifiestan en el presente. Vale preguntarse si es casualidad que los magníficos muros de piedra de una capilla del siglo XVI, impregnados de la leyenda de un perro sagrado que custodió siglos atrás su entrada principal, alberguen hoy una impecable vitrina en la que reposa San Guinefort, un perro taxidermizado, “sin mancha”, presentado por el artista veinticinco años atrás en Caracas.

Pudiéramos decir que el emplazamiento de esta controversial pieza en Barcelona abre una dimensión temporal que permite la relectura de otras piezas presentes en la mítica exposición San Guinefort y otras devociones, que tuvo lugar en la Sala RG del CELARG, Caracas, en 1991. En ese momento, el director fundador de dicho espacio, Miguel García, coincide con el curador de la muestra, Luis Ángel Duque, en que Hernández-Díez representa “la más inusitada inventiva del arte venezolano de la última década”.

Desde entonces, Hernández-Díez (1964) es artífice de propuestas brillantes, rompedoras, absolutamente en sintonía con los planteamientos de los más acreditados artistas de su generación como el francés Pierre Huyghe (1962) y especialmente con el británico Damien Hirst (1965); merece la pena subrayar que José Antonio expone su perro taxidermizado en una aséptica vitrina, un año antes que Damien Hirst mostrara su famoso “tiburón” suspendido en una pecera de formol, bajo el título The Physical Impossibility of Death in the Mind of Someone Living (La imposibilidad física de la muerte en la mente de algo vivo), concebido en 1991, pero finalmente presentado en 1992 en la primera exposición, Young British Artists, en la Galería Saatchi de Londres.

Monografía: José Antonio Hernández-Díez: “No temeré mal alguno” — imagen 2
Sagrado corazón activo (Active Sacred Heart), 1991 (reconstrucción 2016). Instalación: Metal, metacrilato, corazón de silicona, agua, motor, aire comprimido, osciloscopio. Dimensiones variables. Colección del artista. *

José Antonio Hernández-Díez define la esterilización de un “sincretismo pop” y desacraliza, limpiamente, el complejo panteón de referentes que conlleva el haber sido criado en el seno de una familia católica, dentro de un contexto tan rico y variopinto como el caribeño, en el que son comunes prácticas como el “velorio del angelito”, que expresa en su pieza Vas pa’l cielo y vas llorando (1992).

Hernández-Díez desentraña desde la tecnología una “nueva iconografía religiosa” más acorde con nuestro tiempo, no obstante igualmente proclive a desaparecer. Se vale del método científico para estetizar y despejar la duda, para aislar en diáfanas vitrinas fenómenos que por siglos se relacionaron con lo metafísico, con lo inexplicable, con lo incuestionable por dogma de fe.

Hace referencia a otros artistas que abordan transversalmente la profusa variedad de creencias y supersticiones caribeñas caracterizadas por la densidad e incluso viscosidad de sus propuestas, como los venezolanos Miguel Von Dangel, Carlos Zerpa y Rolando Peña; o los cubanos Juan Francisco Elso y José Bedia. Como ellos, Hernández-Díez se encuentra erigiendo nuevos relicarios, y, a diferencia de ellos, cristaliza una aséptica “espiritualidad sin alma”.

En este sentido presenta Sagrado corazón activo (1991), pieza literalmente reinstalada en el corazón de la muestra, en la que se aprecia un corazón hiperrealista conservado en formol, que late en el centro de un contenedor en forma de cruz transparente, mientras es reanimado por un obsoleto mecanismo médico, prácticamente arqueología moderna. Desde entonces, dicha pieza hace evidente nuestra autosuficiencia frente a la voluntad divina e incluso permite reflexionar sobre nuestro devenir, desde los avances de la biotecnología y la cibernética.

Monografía: José Antonio Hernández-Díez: “No temeré mal alguno” — imagen 3
La Hermandad, 1994 (reconstrucción 2016). 3 monitores de video, 3 mesas, armazón metálico, bandejas de aluminio, cerdo frito, video monocanal, color, sonido, proyección continua. Dimensiones variables. Colección “La Caixa” Arte contemporáneo. *

El artista confiesa no interesarse por la tecnología como utopía, mucho menos presenta una crítica al medio televisivo, propia de finales de los sesenta. Para Hernández-Díez, las pantallas que dan soporte a su discurso comprimen un mensaje que aún es posible descifrar, pero que en el futuro prácticamente quedará encriptado y será muy difícil y costoso de exhibir y traducir, técnicamente hablando.

La muestra No temeré mal alguno oportunamente enfatiza las primeras obras experimentales de Hernández-Díez en formato de video de finales de los ochenta y principios de los noventa. Cabe destacar La hermandad (1994), instalación de tres monitores en los que se proyecta el grotesco proceso de fritura de la piel del cerdo (“como un snack”), que sirve de base para la confección de los muy “pop” patinetes-corteza, que podemos ver siendo devorados por unos perros hambrientos, reflejo de nuestra voracidad, al tiempo que se aprecian colgando sobre los monitores, como productos finales, exhibidos en serie.

Hernández-Díez insiste en decodificar el trance entre la vida y la muerte. Con La caja (1991), el artista denuncia el cruel destino de “niños de la calle” detritos de la sociedad latinoamericana, condenados a degenerarse, prostituirse.

También escudriña y desmonta mitos y personajes universales. La videoinstalación Annabel Lee (1988) nos hace espectadores, desde “la magia” de un monitor subterráneo, del agobiante estado de un personaje descrito por Edgar Allan Poe que es enterrado en vida.

Houdini (1989) es una inteligente metáfora que desensambla el complejo mecanismo de “la ilusión”. Un monitor sumergido en un contenedor transparente lleno de líquido proyecta al artista mientras se despoja de ataduras bajo una piscina. Queda develado el angustioso truco del famoso ilusionista, a la vez que es posible curiosear, nuevamente tras un cristal, el funcionamiento del tubo de rayos catódicos que permite que resurjan eventos del pasado.

En El resplandor de la Santa Conjunción aleja los demonios (1991), el flash que emana de la cámara cruz enfrentada a un abismo o valla luminosa roja produce el quejido de unos “demonios”. El artista desarrolla el tema de la sumisión vs. la interactividad. Cómo reaccionamos ante la publicidad o “la tentación” que nos exhorta a consumir, y cómo responder con criterio, con luz.

Por último, específicamente para los espacios de la Capella, presenta Filamentos (2016), magníficas placas de cobre inscritas con los filamentos que hicieron posible la aparición de la bombilla. Delicadas piezas que fueron concebidas para ahumarse por velas encendidas frente a las mismas, contrastando la intersección divina de la luz mística vs. la luz artificial, “milagro”civilizatorio que despeja la penumbra y desmonta el sueño de la razón que produce monstruos.

* Fotos: Miguel Coll, MACBA.

ELISA RODRÍGUEZ

Licenciada en Artes Plásticas UCV, Venezuela.

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