El intento del arte por inscribirse en las discusiones públicas es un interés que Jaime Iregui ha venido explorando desde hace mucho tiempo en su trabajo. Tanto es así, que en los años noventa fue abandonando su oficio de pintor, para construir una red de opiniones sobre arte, opiniones “en caliente”, que en el año 2000, con el fortalecimiento de las redes virtuales, se convirtió en Esfera pública. En dieciséis años de foro abierto sobre arte, Esfera pública, más allá de las opiniones, ha construido un archivo de documentos valiosos que recogen los problemas que ha afrontado el arte no sólo en relación con las obras o los artistas, sino con la censura, el espacio público, la enseñanza, el mercado, las galerías y la desesperanza o la esperanza de un “oficio” tan complejo de ejercer y de pensar.

Esfera pública, a mi modo de ver, tiene una importancia adicional: propone que la opinión de un sujeto es importante; y, al “enviar” su opinión a “otros”, se cimenta un intercambio que contribuye a una construcción de lo común. Y es que “lo público” siempre estará mediado por las instituciones del Estado o por la empresa privada. “Lo común”, y siguiendo a Tony Negri, sería esa reunión de voces y acciones de sujetos diversos que se encuentran en “el afuera” y que van edificando, por afinidades transitorias, un pensamiento. En este caso un pensamiento sobre el arte atravesado y afectado por lo social. Es probable que por esta razón Esfera pública haya sido invitada por Cordula Daus a participar en la 12 documenta de Kassel, en el 2006.
Jaime Iregui, ademResulta que iregui anifiestos presentados en el espacio odeon osioma las nociones de obra artista y museo, y localiza al arte enás, ha explorado metodologías para que los artistas recorran y experimenten la ciudad. Metodologías que releen los aportes por ejemplo de Guy Debord y sus “derivas” o de Michel de Certeau y sus “andares de ciudad”. De todas maneras, ese lugar del artista caminante erosiona las nociones de obra, artista y museo, y localiza al arte en una práctica autorreflexiva permanente.
Es el caso de Manifiestos, presentados en el espacio Odeón en Bogotá. Resulta que Iregui conoció a Felipe Botero, un estudiante de la Universidad de los Andes que tiene experiencia como actor, y le pareció perfecto para llevar a cabo su proyecto, que yo lo veo como una idea parecida a los Speakers´ Corner de Hyde Park en Londres, donde los ciudadanos comunes hablan en público. A propósito, es importante resaltar que en Colombia un sujeto parado en una esquina, resuelto a hablar en voz alta de lo privado o lo público, es asunto de “locos”. Recuerdo una “loquita del pueblo” que hablaba sola y gesticulaba. Todos nos reíamos, pero sus ideas a gritos resultaban iluminadoras sobre la sospecha del ejercicio del poder, la ineficacia del sermón o el lugar de las mujeres. Definitivamente no sabemos cuándo decidimos que los locos están locos y necesitamos más sujetos que expresen su opinión.
En Manifiestos, Iregui prepara un texto, en este caso con frases textuales de la revista Proa, la revista guía de los arquitectos modernos en Bogotá. Específicamente de un artículo llamado “Para que Bogotá sea una ciudad moderna”, publicado en el número 5, de 1946. Y luego Botero se para en un lugar de Bogotá estratégicamente escogido, y “lo habla” con una voz clara y sonora, entre el discurso, el pregón y la conversación. En la mayoría de los casos la gente sigue su camino y en otros para y le pone atención a este sujeto que ejerce una voz en la calle.
Hay que decir que el texto de la revista Proa, hablado en voz alta en una calle de la Bogotá contemporánea, resulta tan absurdo como los manifiestos dadaístas: en algunos apartes oímos lo siguiente: “Bogotá es un centro de Reclusión. Ésta es la impresión que nos formamos cada vez que meditamos en el mal humor de sus habitantes. Siempre hemos creído que las causas de esta enfermedad colectiva se deben a que sus calles son demasiado estrechas, lo que motiva que los viandantes se estorban ocasionando percances… La calle ancha es alegría y sano optimismo”. Pero sobre todo es significativo otro texto, que me pareció de no creer, porque hace evidente la no aceptación de las condiciones singulares del lugar para el pensamiento moderno: “Hay ciudades edificadas en mármol: Atenas y Roma; y otras están hechas en piedra: París, Bruselas Madrid. Algunas son de acero: New York, Toronto, Chicago. En ellas las demoliciones son costosas. Pero Bogotá es una ciudad de tierra y esta consideración no debe limitar nuestro entusiasmo cuando iniciemos su arrasamiento y demolición definitiva”.
Con esta “alegría moderna” por la limpieza y el arrasamiento, salí del espacio después de ver y oír estos manifiestos. Sus proclamas me invitaron a estar más alerta al contenido de los discursos públicos y a tener en cuenta que Bogotá, la ciudad en la que vivo, tiene una historia de discursos que le han dado forma y que es necesario consultar.
NATALIA GUTIÉRREZ
