La pintura de Gustavo Díaz Sosa (Sagua La Grande, Cuba, 1983) es una pintura de resistencia desde la narración. La muestra, titulada Epopeyas para el nuevo milenio, se puede ver en la Galería BAT Alberto Cornejo de Madrid.
Díaz Sosa emplea en su pintura una iconografía claramente reconocible: grandes arquitecturas, identidad individual sometida a lo colectivo, filas y colas de espera; situaciones burocráticas modernas y una factura casi futurista en busca de una visión unitaria de la sociedad.

En su serie Éxodos del nuevo milenio se leen inscripciones como “y ahora estamos igual que ayer” o “éxodos y ganas de seguir”. La composición se sitúa en calles, en cuanto espacio colectivo y compartido, donde se escenifican los flujos, los cambios y la velocidad. En la obra Éxodos. Odisea y supervivencia permanece esa idea de viaje, de transición, de movimiento, esta vez mediante la alusión a la inmigración a través de la representación de un barco.
El propio statement del artista reza lo siguiente: “intento describir a una sociedad universal, rendida y desesperada ante lo que se presume como Democracia a nivel global. Mis personajes continúan huyendo hacia ninguna parte buscando puertas o salidas de muros monumentales que los acorralan ante la burocracia y las normas establecidas. Como borregos, andan en manadas intentando salvarse cada cual consigo mismo”. Esa percepción del malestar social y del vaivén de la subjetividad se expresa en el lienzo a través de una técnica mixta que empasta pinceladas con fragmentos de guías de teléfonos, por ejemplo, que aluden a la homogeneización y regularización de la identidad a través de números y, metafóricamente, del “furor de archivo”, en palabras de Suely Rolnik.
En esa mirada casi foucaltiana de la institución, la vigilancia y el cuerpo social también hay espacio para el castigo. En la obra Purgatorio aparece un edificio de estructura circular que funciona como una prisión, de donde entra y sale gente constantemente. La paleta cromática es fría, y apoya esa sensación de culpa. En todas las obras de la exposición se oponen dos elementos: la arquitectura institucional como el dispositivo que genera toda una serie de relaciones, movimientos y formas identitarias a su alrededor, y, por otro lado, el ser humano como un mero instrumento de todo ese mecanismo de poder. En esa misma línea, la obra de la serie Húerfanos de Babel recrea, como reza el título, una torre de Babel que gira en espiral y se despliega en líneas negras y amarillas. Aquí se apela a la confusión de lenguajes en la famosa historia bíblica, que tantas veces se ha asociado a la posmodernidad y, en un sentido muy concreto, a la arquitectura que reivindicaba la contradicción frente a la parcelación del proyecto moderno. En el caso de Gustavo Díaz Sosa se retoma esa imagen de polifonía y confusión para reincidir en el caos del mundo actual, al que mira con una dimensión trascendental y teleológica.
Otra obra de la misma serie incluye la representación de un caballo de Troya que sobresale entre la multitud. Un anuncio, por un lado, de algo que podría suceder (¿la guerra?), pero también la introducción de un episodio épico que nos lleva a esa perspectiva “intrahistórica” del artista.
La serie De burócratas y padrinos refleja una colectividad en permanente circulación y ciertas “trampas” burocráticas como esperar en una fila, ser atendido en una oficina o despachado por un funcionario. La arquitectura que enmarca toda la composición es grandilocuente, clásica, institucional, basada en el ideal, que contrasta con la realidad de la confusión del cuerpo y la identidad. Las líneas se desdibujan, se desgarran mediante técnicas expresionistas e incluso a veces casi surrealistas.
Unos de los aspectos más sorprendentes en la pintura de Díaz Sosa es la recuperación de lo real, lo narrativo, la figuración, e incluso el historicismo. Cuando estamos acostumbrados a ver asiduamente en galerías y museos un arte cada vez más desmaterializado, conceptual y procesual, llama la atención volver a ver pintura que recurre a una iconografía en cierto modo tradicional, y a la pintura en su versión más matérica.
Por otro lado, en El proceso según cuenta K se plasma una situación de vigilancia, juicio, “teatralizada” a través de unos testigos que observan. Una vez más, vemos que aparece la institución como la escenificación del poder y sus procedimientos para establecer un orden determinado.
La obra titulada Apoteosis de la humanidad se sitúa en un territorio desolado, seco y fragmentado. La técnica empleada incluye una vez más trozos de guías telefónicas y unos colores rojos, arcillosos, que insisten en esa idea de poca abundancia. La pintura de Díaz Sosa cierra así, contundente, su visión sobre el nuevo milenio y una posición quizá profética sobre el devenir del mundo moderno.
ANA FOLGUERA
