Después de 35 años de haber expuesto en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de México su muestra retrospectiva, Francisco Toledo (Juchitán, Oaxaca, México, 1940) regresó a ese recinto con una de las exposiciones más visitadas y rotundas de los últimos años: Francisco Toledo. Dolor.
Compuesta por un centenar de piezas de cerámica realizadas en el Taller Canela con el apoyo del ceramista Claudio Jerónimo López, Toledo recoge una de las historias recientes más dolorosas de México. Se trata de las desapariciones forzadas, la tortura y los asesinatos que han aumentado exponencialmente, sin que haya castigo eficaz para los culpables ni leyes que puedan revertir la simulación de un Estado evidentemente involucrado en actividades criminales.

Una de las preocupaciones de Francisco Toledo al producir esta serie fue la necesaria convivencia de su vastísimo lenguaje estético con los temas que causan zozobra en la opinión pública. Aun así, cada una de las obras recoge expresivamente los diferentes momentos de la tragedia de miles de personas asesinadas o desaparecidas, para, con una brutal economía de medios, dejar en la mesa de reflexión las consecuencias de una suerte de guerra no declarada.
Así, la exposición Francisco Toledo. Dolor nos recibe con un cesto lleno de orejas. Esto tiene relación no sólo con un famoso secuestrador (hoy recluso) que se caracterizaba por cortar las orejas de sus víctimas para enviarlas a los familiares, sino con la vieja narrativa prehispánica que cuenta que cuando los guerreros iban a la batalla regresaban con cestos llenos de orejas de los enemigos vencidos. Así, la exposición se desarrolla con un espléndido montaje realizado por Patricia Álvarez, quien sitúa las cerámicas en largas mesas negras colocadas en estrella y siguiendo la forma redonda de la sala del Museo de Arte Moderno.
Es verdad que México tiene una larga y documentada relación con el tema de la muerte. Los tzompantlis prehispánicos eran unas paredes con cráneos humanos tallados en piedra. Sobre estas paredes se ponían estacas para ubicar en ellas las cabezas de los enemigos. Están igualmente las simpáticas calaveras de José Guadalupe Posada, quien nos contó la historia diaria con sus grabados repletos de esqueletos retozando, bailando, gozando, cantando las coplas que destrozaban políticos. Eran esqueletos, huesos vivos de gente viva y de gente muerta. Nos han acostumbrado desde la infancia a convivir con la muerte.
La muerte que sale de las manos de Francisco Toledo está muy lejos de las calaveras juguetonas de Posada y más cerca de un infierno que ha modificado la estética del sufrimiento y la sinrazón de la violencia. La macabra belleza de los platos de cerámica intervenidos, los rostros extraídos de los lodazales, los sencillos objetos simbólicos de quienes ya no están se convierten a partir de esta exposición en una potente referencia simbiótica de ausencia/presencia.
El imaginario y la cosmogonía toledana tienen rienda suelta en cada una de las obras de alta temperatura y policromadas principalmente de rojos, negros y tierras. Rostros sin ojos, manos separadas de su cuerpo, vestigios como zapatos, cinturones, pantalones, huesos muy similares a los que se encuentran en las fosas clandestinas alimentan obras de una extraña y macabra belleza que, no obstante, hacen que el objeto artístico tenga, sin demérito de la temática, una preeminencia destacada. “Cuando estás en un tema que es tan doloroso, te das cuenta que a pesar del dolor hay una cosa estética que no puedes dejar a un lado”, ha dicho refiriéndose a esta exposición.
Aparecen en sus trabajos los animales que le han acompañado en su larga trayectoria: sapos, perros, pulpos, arañas y murciélagos, entre otros. Parecería que el Maestro Toledo los ha convocado para aligerarle el trayecto por una de las muestras más críticas y acusatorias que haya producido en las últimas décadas. Activista, filántropo, luchador social, ambientalista, promotor cultural y coleccionista, Toledo es ante todo un creador prolífico que ha sabido trasladar sus actividades a uno de los cuerpos de obra más relevantes desde la segunda mitad del siglo pasado y hasta nuestros días.
El trabajo en cerámica de alta temperatura (cocida a 1.500 °C) se relaciona directamente con una actividad casi ritual y de purificación. Sin hacer bocetos previos, moldes o dibujos, Toledo fue dando forma pieza por pieza a una denuncia macabramente bella. La presencia de varias urnas mortuorias en la muestra –como la hecha especialmente para contener las cenizas de la recientemente fallecida fotógrafa Mary Ellen Mark, con una cabeza de perro y huesos, en homenaje a la cercanía de ella con estos animales, así como de la recreación de los espacios de cautiverio clandestinos– traza un mapa que recorre delaciones, reconstruye espacios y pone el acento en una geografía armada de secretos inconfesables.
Francisco Toledo sigue luchando a sus 75 años por buscar la justicia, por no ceder, por decir lo que hay que decir y por pelear las causas más complejas. Francisco Toledo. Dolor afianza una memoria que no debe desaparecer. Esta exposición es un tributo a las víctimas de la violencia, la tortura y la injusticia.
SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS
