Exposición Individualjun 2016 - ago 2016· Por Andrés Gaitán T.

Edgar Guzmanruiz

L.A. Galería

Lo interesante de las tesis planteadas por los sociólogos franceses acerca del complejo mundo de la simulación, de lo virtual, de lo real, de lo actual etcétera, es que la velocidad en que se van dando las cosas hoy en día exceden cualquier postulado. Los cambios y las innovaciones y las rupturas del límite de “lo privado” son el plato de cada día. Lo interesante en Virilio, Baudrillard, Levy y compañía, es que sus análisis compañnecesitan modificaciones a la medida del cambio del mundo tecnológico, de la misma manera que una tablet apenas toca la calle va quedando rezagada con respecto a las futuras tablets por llegar. No se trata de que su lectura sea vana o que no nos ayude a entender gran parte del entorno en el cual estamos viviendo, tan sólo se trata de entender el contexto en el cual fueron escritos esos libros, y los alcances tecnológicos del momento al cual hacen referencia.

Exposición Individual: Edgar Guzmanruiz — imagen 1
Edgar Guzmanruiz. Sebastián, Dermis, Ciro de la serie Chiaroscuros, Narkissos, 2015. Impresión digital sobre papel baritado. 36.8 x 26.8 cm (14 31/64 x 10 35/64 pulgadas. Cortesía del artista.

Era impensable hace tres décadas tener un ordenador en la casa; hace dos décadas era extraño tener un teléfono móvil; y años más tarde no se podía pensar que el teléfono móvil iba a tener internet y cámara de video y fotografía. Hoy vemos que estamos “enchufados” con el presente de todo el mundo; podemos tener comunicación directa con varias personas desde diversos puntos del planeta al mismo tiempo, podemos encontrar la información que queramos a “un clic de distancia”, como rezan los comerciales, y en un día cualquiera podemos “estar” en varios lugares mientras almorzamos. Esto no es extraño para el mundo contemporáneo. Sin embargo, tanta facilidad y tanta accesibilidad a la inmediatez terminan por devolvernos a preguntas esenciales que se planteaba el ser humano hace siglos: ¿dónde queda la relación entre el “yo” y el “otro”, cuando el “yo” se embelesa consigo mismo? ¿Qué es lo “real” cuando se ve a través de un espejo? ¿Por qué cuando se enuncian palabras como “realidad”, “espejo” o “yo” se hace recurrente hablar acerca de la “vanidad” y por ende de la “muerte”?

Narkissos, el título que ha resuelto ponerle Edgar Guzmanruiz a su exposición, nos habla precisamente de una mirada al efecto “narcótico” que ejercen las pantallas sobre las personas. Cuando Narciso queda condenado a desear su propia imagen que encuentra reflejada en un estanque, no hace nada distinto que ir todos los días a verse y a adorarse. Nada ni nadie, ni siquiera la bella Eco, puede sacarlo de este enamoramiento de sí mismo, del vicio de su reflejo, hasta que un día, desesperado por tratar de poseer el objeto del deseo, se sumerge en el espejo de agua y muere. De este modo, Guzmanruiz revisa la forma como el mundo virtual atrapa, enceguece, y obliga a mantener un contacto permanente con la pantalla. La postura corporal termina siendo reverencial y sumisa frente a la luz que emanan estos aparatos; los cambios interpersonales y, en efecto, la pantalla como espejo se convierten en nuevas formas de vida. No resultan ajenas todas estas anotaciones a la manera como lo mística se va transformando. Si el arte y el museo resultaban lugares de recogimiento similares a los templos religiosos, si el fiel espectador venía supliendo el silencio de la plegaria por la confrontación con la imagen expuesta, si de todo ello ahora resulta que el ensimismamiento se puede dar en un bus, en una cafetería, en la alcoba o en la sala de la casa, es momento de empezar a ver en las pantallas una suerte de Ser Supremo que está en todos lados. La reflexión que suscita esta muestra de Guzmanruiz está dirigida hacia las nuevas formas en que se manifiesta la adoración narcótica entre el “yo” y un mundo superior que emite luz y que atrapa la mirada y que somete al cuerpo.

Guzmanruiz destaca en su exposición diversos aspectos, dentro de los cuales no escapan las famosas selfies, los pozos convertidos en espejos, las pantallas que ejercen sobre los rostros el mismo efecto dramático de antaño del claroscuro y el sonido característico de la conexión con algún servidor de internet. Hay ríos de conversaciones en el “chat” y hay angustia porque a pesar de que todo hace referencia al espejo, difícilmente el espectador se ve reflejado en la exposición. Las imágenes nos dejan por fuera de quien se hace una selfie o nos dejan por fuera de quien está absorto en la pantalla. Como en el famoso cuadro de Las meninas de Velázquez, donde nos queda la duda de qué es lo que hay en la tela que está pintando, en el caso de Guzmanruiz nos queda la inquietud de qué es lo que todas estas personas están viendo en una pantalla que ilumina sus rostros posesos. Las imágenes no nos miran y a pesar de ello se convierten en un reflejo inquietante de nosotros mismos.

ANDRÉS GAITÁN T.

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