Exposición Individualjun 2016 - ago 2016· Por María Luz Cárdenas

Corina Briceño

Galería Beatriz Gil

Corina Briceño se destaca por una extraordinaria capacidad para la investigación visual del entorno natural y urbano y la integración de medios (artes gráficas, pintura, collage, dibujo, fotografías y video). Orienta su creación en un discurso que expresa los procesos de construcción-deconstrucción de la figura y el paisaje en exploraciones de campo, con un refinado poder de síntesis de la imagen. Durante los últimos años radicalizó la fundamentación de sus conceptos hacia la fragilidad de la memoria, la acumulación-desaparición de los recuerdos, y cómo esos procesos entrecruzan la vida cotidiana y la relación con la naturaleza, y cómo la memoria puede alterar la percepción de lo que vemos, de lo que sentimos o de lo que podemos realizar. La exposición 125 flores sostiene esa misma reflexión, pero esta vez la memoria se desliza hacia el problema de la violencia galopante que ha invadido al entorno cotidiano venezolano. Briceño construye un estamento iconográfico y documental de talante poético que lleva el acto de la violencia a una expresión existencial profunda.

Exposición Individual: Corina Briceño — imagen 1
Corina Briceño. Rojo en el puente, 2015. Fotografía intervenida con acuarela y acrílico, impresión sobre tela. 90 x 135 cm (35 7/16 x 53 5/32 pulgadas). Cortesía de la artista.

Dos ejes permiten la estructuración de los cimientos conceptuales del proyecto: el primero de ellos, de carácter procesual, es la noción de recorrido. El segundo, de carácter existencial, es su reacción a la violencia galopante que ha invadido la vida del venezolano y convertido a Caracas en una de las ciudades más peligrosas del mundo. Aproximadamente en 2005, Corina Briceño inició un registro visual de sitios y situaciones que la llamaban a la reflexión –muros intervenidos por indigentes, por ejemplo–, y, posteriormente, fue identificando lugares emblemáticos a diferentes horas del día desde el automóvil, en el trayecto de su hogar al trabajo, en el Instituto Armando Reverón. Las imágenes constituyen un acervo del paso del tiempo y los cambios en la ciudad, en sus calles, edificios, monumentos. En una época en que el país se desvanece, este registro cobra la fuerza de la memoria. Al recorrido, que mantuvo consistencia durante varios años, se unió la segunda clave estructural, que proviene de la experiencia vital. El signo de la violencia ha marcado a cada habitante de esta tierra, y ello no escapó de la sensibilidad de la artista, de manera que cuando observó el drástico crecimiento de las cifras de los caídos en 2014, no dudó en conjugar los acontecimientos con la iconografía del tránsito cotidiano, que dio como resultado estas obras, con una factura precisa y un contenido desgarradoramente poético. Las fotografías, cuidadosamente seleccionadas y de períodos diferentes, fueron intervenidas con flores muy sutiles, pintadas en acrílico y acuarela.

Las 125 flores señalan a las víctimas de un genocidio procedente del hampa común, pero con el paso del tiempo, la situación ha añadido en su haber la escasez de alimentos, medicinas y servicios como otras formas de violencia. En la exposición, ellas asumen simbólicamente la representación de una fracción de los 390 asesinatos ocurridos aquel mes en que la artista decidió abordar el problema: cayenas, lirios, malabares, rosas –bien sea las flores completas o los pétalos fragmentados–, aparecen delicadamente para poblar, como espectros, el itinerario acostumbrado entre las calles de Caracas. Las tonalidades grises del fondo con edificaciones y monumentos a la luz del sol o difuminados entre la lluvia refuerzan el color, que apenas quiere ser nombrado. Algunas travesías se desvanecen entre las gotas y la niebla. Así, el ícono de María Lionza en la Autopista del Este (una referencia cultural en el país) levanta su voz entre la bruma y una nube de flores blancas; en 12 azules y gotas, el vidrio del automóvil y la lluvia diluyen al Estadio Universitario y sirven de fondo a doce flores azules que podrían también ser huellas de balas. En otras piezas como Cayenas y Bolívar, las Torres de El Silencio y el edificio de la Asamblea Nacional sobresalen nítidamente para dar paso a una lluvia de sombras amarillas de cayenas. La ciudad cambia vertiginosamente, y esta obra podría ser un documento gráfico-estético de estos cambios, pues entre el momento de la toma fotográfica y la actualidad, ya han sido eliminados los ojos vergonzosos del dictador, que parecen contemplar la caída de la ciudad. Pero quizá la más emblemática pieza es Rojo en el puente, en donde una alcantarilla averiada, una llanta y una cayena roja clausuran la vía de unión entre la iglesia La Pagüita y el parque El Calvario, acentuando la percepción de ausencia de vías de escape. Estas imágenes nos conducen al encuentro con un plano intangible, difuso y apenas perceptible, que a veces nos negamos a reconocer para no entrar en el dolor. Sin embargo, también redimen: lo interesante es que su talante poético no nos distrae del aullido que profieren como advertencia para no olvidar las vidas truncadas. Allí, en ese clamor de justicia que nos hiere y nos golpea, la propuesta se vuelve contundente.

MARÍA LUZ CÁRDENAS

Corina Briceño, por María Luz Cárdenas | artnexus