Once fantasmas rojos. Once materializaciones de algo que existió en el pasado. Once apariciones deformes que levitan en la sala de la galería. Benjamín Ossa reflexiona sobre el tiempo: no hay forma de perderlo. Tampoco, de apresarlo.
Son varias y muy diferentes las series que muestra en el espacio expositivo, aunque todas ellas tengan un mismo hilo conductor: la luz y el tiempo. En la primera sala penden del techo once esculturas, resultado de una acción que queda retratada en una serie fotográfica. En ella vemos al artista, con traje de soldador, manipulando, costosamente, una materia flexible hasta darle una forma, que es la que vemos en escultura. Las obras, que están suspendidas, generan una sensación de suspenso. Son la regresión congelada, estática, de una acción registrada en fotografía en blanco y negro. Una instantánea sin color: podría haber sido tomada en cualquier década del siglo anterior. De ahí la idea fantasmagórica de asociar esas “ropas vacías” con la de unas visitas pretéritas. La propuesta se titula A 250º en 1:30 segundos: es la temperatura a la que moldeó la materia, y el tiempo que tardó en hacerlo.

En la segunda sala encontramos diversas maneras de afrontar el mismo problema. Registró las variaciones lumínicas durante veinticuatro horas (del lunes 9 de noviembre de 2015) en formato Polaroid. El lugar, el desierto de Atacama, donde la luz es extrema. La intervención del artista es mínima, ya que con la Polaroid las imágenes se revelan automáticamente, y la cámara no permite ajuste de diafragma o velocidad. Ossa aplica una segunda operación y, por lo tanto, un segundo registro temporal. Hace una fotografía de la fotografía. Lo que obtiene es una primera línea cronológica, la captada por la cámara fotográfica (y en la que se pueden distinguir las variedades de color en el cielo de Atacama) y una segunda, al retratar las láminas de Polaroid en diagonal sobre un espacio neutro, pero que recoge un mínimo rastro de sombra de la instantánea. Varias temporalidades y ópticas que la afrontan, y todo en un mismo día. No hay forma de perder el tiempo, pero tampoco de apresarlo.
En la misma sala, otras dos series inciden en el tema de la exposición, pero añadiendo un elemento: el espectador. Esculturas de dualidad y azar son tres tubos de acero con orificios, a través de los cuales el visitante puede mirar, de una forma distinta, lo que hay al otro lado del cilindro. Puede ver desde la serie anteriormente descrita hasta el paso de otro espectador. Por medio de unas asas, dirige el cilindro hacia el objetivo, como si fuera un periscopio. La segunda propuesta es una relectura del registro del 9 de noviembre del 2015, pero en esta ocasión centrándose en el amanecer y el atardecer. Varias placas, que varían su posición como si fueran paneles solares, reflejan la presencia del espectador. Esta serie, más abstracta y desligada del registro lumínico en el desierto, se aleja del resto de la muestra y diversifica en exceso el lenguaje utilizado por el artista. Aquí, el tratamiento del discurso pasa por muchas capas de intervención, mientras que en el resto de propuestas la incidencia del artista intenta ser menor. Si regresamos a A 250º en 1:30 segundos, vemos cómo la acción de Ossa se reduce a apenas un minuto y medio, una acción o una coreografía que queda inmortalizada en las fotografías. Y como hemos visto en el caso de las polaroids, la huella también es residual.
En esta concentrada individual en la galería chilena comprobamos la versatilidad de Benjamín Ossa frente a un problema que viene enfrentando desde sus inicios: el tiempo y la luz. Las nuevas vías exploradas de forma escultórica muestran a un artista decidido a encarar el desafío con todas sus fuerzas. El resultado es algo más que una colección de obras brillantes. Es el después del combate.
JUAN JOSÉ SANTOS
