Quizá, Beatriz González es la mujer artista que más ha pintado en Colombia. En cinco décadas ha cubierto la historia del país a partir de esa fuente inagotable de imágenes que es la fotografía de prensa. Desde sus inicios, obras suyas como Los suicidas del Sisga (1966) parten de esa fuente.
Reiteraciones, su última exposición individual, aparte de mostrar un buen grupo de pinturas nuevas ofrecía un recuento de los archivos de prensa y ciertas obras anteriores de la artista que giraban alrededor de dos temas: el lugar y la representación de los pueblos originarios, y el desplazamiento forzado.

González parte de dos hechos trágicos para tratar cada tema. El primero, la muerte de once personas de la comunidad Wiwa, habitantes de la Sierra Nevada de Santa Marta, ocurrida en diciembre de 2014, alcanzadas por un rayo que volatilizó la vivienda en que estas personas se encontraban, hiriendo a veinte más. Una de las imágenes de dicha tragedia, publicada por el Diario del Magdalena y mostrada en la exposición junto a una selección de recortes de prensa de González sobre el acontecimiento, es la escogida por la artista como motivo central de pinturas y dibujos presentados. La imagen en sí muestra el extrañísimo estado de la casa calcinada, reducida a unos lúgubres pilotes de madera ennegrecidos por el fuego de la descarga eléctrica.
A partir de esta imagen, González realiza dos series de dibujos y pinturas de pequeño formato, donde copia la composición original como motivo que es sometido a variaciones y modificaciones. Historias Wiwa 1 es un dibujo en pastel y carboncillo en el que González une tres imágenes –todas extraídas de la prensa, entre las que se cuenta la ya mencionada fotografía del Diario del Magdalena– y las reubica verticalmente, una encima de la otra. En este orden: arriba, una forma nebulosa y casi abstracta, en carboncillo negro y pastel color ladrillo; en el medio, los ya mencionados restos de la casa; abajo, las enigmáticas siluetas de seis personajes en la oscuridad, lograda en aplicaciones suaves del carboncillo sobre el melancólico lila oscuro dominante en toda la composición.
González tomó esta imagen para fabricar uno de los tres papeles de colgadura presentes en la exposición, someras impresiones digitales que reemplazan sus memorables serigrafías.
Historias Wiwa 2, un óleo sobre papel del 2015, como todas las obras “nuevas” de la exposición, representa un motivo igualmente simple, el ascenso vertical de once siluetas Wiwa, identificables por sus telas de algodón, mochilas y largas cabelleras, por un camino serpenteante. La imagen, también extraída de una noticia de prensa, es igualmente sombría como la anterior, y es tomada por González para otro papel de colgadura, donde el motivo dominante, el serpenteante camino vertical, al ser repetido y serializado, adquiría un carácter que se movía entre lo crudo y lo ornamental.
Curiosamente, la imagen es similar a alguna de las presentadas por Jaime Ávila en su reciente exposición, Ciudad perdida, realizada en la galería Nueve Ochenta a finales del 2015. Ávila, como González, se interesaba también en los pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta, verdaderos sobrevivientes de todo tipo de violencias, anteriores y recientes –de la Corona española y la Iglesia católica, del Estado colombiano, de la guerrilla, los paramilitares y narcotraficantes–, señalados implícitamente por González como enigmáticos símbolos de espiritualidad y respeto a la vida y la naturaleza.
La segunda parte de la exposición, donde se emplean las mismas estrategias visuales, tomaba como tema la expulsión masiva de colombianos por parte del Gobierno venezolano en el 2015. Las imágenes de éxodo y destierro han sido frecuentes en la obra de González, y en este caso, el problema fronterizo las vuelve a hacer presentes; por ello, una de las pinturas se llama precisamente Reiteración imposible. González presentaba cuatro óleos de personajes que cargan sus pertenencias al hombro mientras cruzan un río, y una cenefa extraída de uno de estos cuadros, titulada Zulia, Zulia, Zulia.
Una tercera parte de la exposición se dedicaba a mostrar material de archivo y obras escogidas en el lapso entre 1981 y 2005, según dos motivos: los papeles de colgadura, de diferentes décadas; y las imágenes de los gobernantes colombianos junto a representantes de los pueblos originarios, tema extendido a la marginación y violencias diversas que sufren estos pueblos.
En suma, puede observarse en la producción reciente de González una progresiva simplificación de la(s) forma(s). González parece querer llegar al mínimo de la representación figurativa –manchas que resultan personas, rayas que representan maderos– para ofrecer una imagen que, como lo quisieran los informalistas anteriores al pop, funciona más por su expresividad y poder simbólico. No queda más que admirar de nuevo la ética, la singularidad, el rigor, calidad y pertinencia y permanencia de González, una artista que, como dijimos al inicio de esta reseña, ha pintado el rostro de un país que por terquedad e indolencia ha repetido su historia y, posiblemente, enrede su futuro en un momento decisivo en el que la posibilidad de lograr la paz está al alcance de la mano.
SANTIAGO RUEDA
