En un mundo condicionado por la uniformización de los compartimientos y la mecanización de lo cotidiano, la aproximación entre las esferas sociológica y artística revela que las uniones entre arte y vida continúan presentes en el debate estético contemporáneo.
Éste ha sido el leitmotiv del trabajo de la artista Ana Maria Tavares, como reveló la exposición Forgotten Mantras, su segunda individual en la Galería Silvia Cintra, en Río de Janeiro. Además de cuatro trabajos de dicha serie (placas bidimensionales en acero inoxidable pulido con palabras impresas), hace parte de la muestra una instalación con pequeños trabajos que componen “mantras” a partir de palabras como desire, delight, stillnox, lexotan, sexo, que pueden ser montadas en diversas formas.

Según la artista, “los mantras son como síntesis de la actualidad, funcionan como señas para navegar en el mundo contemporáneo”, y es exactamente por esa razón que ahora ellos se tornaron todavía más complejos, en varias lenguas, marcando la homogenización y la repetición de una cultura hacia otra, todas contaminadas por la copia.
Tavares comenzó a insertar palabras en su trabajo en 1997, pero fue con la serie Cityscape, hecha especialmente para los cincuenta años de la Bienal de São Paulo, en el 2001, que los mantras tomaron mayor fuerza en su obra. En ese entonces usó ocho palabras y expresiones impresas en placas de acero inox pulido, que juntas formaban un inmenso panel que reflejaba el Parque de Ibirapuera.
Al inicio de su carrera, la artista creaba pinturas que funcionaban como esculturas u objetos de instalación; enseguida comenzó a elaborar objetos que transitaban entre el concepto de escultura y el de diseño. En los últimos años desarrolló trabajos que parecían, conscientemente, indecisos entre la realidad del arte y la realidad de la vida, como es el caso de sus instalaciones en grandes espacios institucionales en Brasil y en el exterior.
La artista se dedicó a fomentar una estética para más allá del espacio físico e intelectual de museos y galerías. Ganó expresivo reconocimiento al trabajar en espacios públicos de gran flujo, como aeropuertos, con temas recurrentes que simbolizaban una especie de exilio de la vida cotidiana a partir de lugares suspendidos entre lo real y lo virtual. Sobre todo se pueden observar referencias a la idea del “no lugar”, del filósofo Marc Augé, especialmente cuando la artista trabaja en lugares en los que desaparecen las nociones de identidad e historia, esto es, en espacios que no son lugares de memoria.
Ahora, Tavares parece traer el arte de vuelta al espacio artístico, mostrando además que “cava un lugar entre la poesía y las artes visuales”, como afirmó cierta vez el crítico Tadeu Chiarelli. En relación con el uso de las palabras, éste es un rasgo que puntúa todo el recorrido de la historia del arte en momentos con características peculiares. Podemos acompañar esa “característica simbólica de la palabra”, como afirmó el estudioso Simon Morley en el libro Writing on the Wall, desde el Renacimiento, pasando por los afiches de Henri de Toulouse-Lautrec, por las vanguardias (collages cubistas, cuadros de René Magritte y de Fernand Léger), en la posguerra (por ejemplo, el cuadro Trophy 1, de Robert Rauschenberg, de 1959) o incluso los trabajos conceptuales de Lawrence Weiner, de 1970, como Earth to Earth Ashes to Ashes Dust to Dust, etcétera.
Al decir que leemos las imágenes de la misma manera en que leemos las palabras, Morley afirma que esta operación es una ofensiva contra todas las formas de pensamiento fundamentalista, ya que la relación entre imagen y palabra promueve la ambigüedad y la indeterminación contra los códigos patrones, provocando un torbellino semiótico que presiona la plácida superficie del lenguaje. Así, si Tavares vuelve al espacio institucionalizado, lo hace a partir de la insubordinación estética y política. Esta misma “rebeldía” aparece en la paradoja entre la espiritualidad del mantra y su relación con palabras comunes del repertorio capitalista, especialmente en términos relativos a los placeres hedonistas y de la llamada “generación Prozac”.
ALESSANDRA SIMÕES
