Una reunión exhaustiva de trabajos producidos en los últimos diez años conforma Un lugar para vivir cuando seamos viejos, presentada en el MAMBA. Ana Gallardo (1958) expone aquí sus producciones concebidas desde una idea que persiste: el paso del tiempo y el devenir inexorable de la muerte. El objeto artístico toma forma sólo como parte de un programa que nace en la intimidad de historias propias y ajenas. Así, cobran sentido tanto el objeto-reliquia como la práctica de la danza y el canto, el registro fílmico, y aun el dibujo à la carbonilla. Pero tal vez la escritura sea el sostén constante de todo el conjunto, y sobre todo la vía por la que se instala la voz de la artista. Incluso los epígrafes huyen del tecnicismo y de la descripción desafectada, transformándose en escritos que acompañan el alma de cada acción.

Mi tío Eduardo (2006) y Mi padre (2007) son registros fílmicos que muestran la emoción de sus dos seres queridos ante el recuerdo de experiencias de vida pasadas. El tío Eduardo ve a través de los ojos de la artista los paisajes de Granada que hubiera querido volver a ver después de cincuenta años. Su padre poeta lee con emoción una nota encontrada por azar en un viejo diario rosarino: un cronista describe la llegada a Argentina de los padres de la artista luego de abandonar su España natal.
Gallardo vive en cada obra, es como una anfitriona sensible que abre su casa y la ofrece al visitante, invita a sentarse y compartir sus fotos de familia y también sus más profundos desasosiegos. Durante un año, ella y su hija quedaron sin casa mudándose varias veces entre casas prestadas. La mayoría de sus muebles, acumulados en un depósito, se perdieron. Con lo poco que rescató armo la obra Casa rodante (2006), un hogar utópico que incluso sacó a rodar por las calles de Buenos Aires.
Extracto de un fracasado proyecto (2011-2015) tiene su origen en un proyecto no consumado en un geriátrico para prostitutas de la ciudad de México. Ana Gallardo cuidó por un tiempo a Estela, una mujer totalmente paralizada, hasta que finalmente murió. Quedó entonces esa experiencia como obra posible. Pero ¿cómo crear un relato cuando el material, por su crudeza, parece no concordar con las formas usuales de escritura? Entonces el cuerpo entero se pone en acción. Una pared del museo es horadada de punta a punta, letra por letra, sólo así el testimonio toma la dimensión témporo-espacial que necesita. No quedará más remedio que aquietar el cuerpo y tomarse el tiempo de recorrer el texto, hacerse carne de una confesión descarnada e íntima. Hace ya un tiempo, la artista se refirió a la cuestión de cuál sería la forma en que sugeriría leer su obra, y su respuesta sigue vigente: “[…] deseo generar pensamiento, un pensamiento sensible, emotivo, catártico, sugiero sobre todo desde la emoción”.
En Currículum laboral (2009) narra con su propia voz todos los tipos de trabajo que hace y ha tenido que hacer para ganar su sustento y el de su familia. Llama la atención la cantidad de oficios por los que ha pasado, y que no lograron desviar su necesidad de consolidarse como artista.
En la serie Acciones primarias, Gallardo se acopla a las actividades de personas mayores de 70 años, logra inmiscuirse en sus espacios, toma su ritmo vital. Un grupo de mujeres coreanas que practican Karaoke; otras se reúnen para bailar sus danzas típicas japonesas. Como si fuera una versión femenina de Zelig, el personaje de Woody Allen que adoptaba las características de las personas a las que se acercaba, Gallardo se camufla y se comporta como ellas, canta, baila y viste sus trajes típicos, comprometiendo una vez más el cuerpo entero, no para igualarse y ser aceptada por el grupo, como lo hacía el personaje de aquella historia, no para desempeñar un rol vacío, sino para aproximarse lo más posible a la experiencia de la vejez en un ámbito afable, en el que el arte todavía puede sobrevivir y, sobre todo, apaciguar el fantasma de la muerte.
En la gran sala del segundo subsuelo se propaga la instalación Boceto para la construcción de un paisaje: la laguna Zempoala, el inmenso final del recorrido. Un numeroso conjunto de dibujos en carbonilla producidos desde 2001 hasta la actualidad cubre íntegramente las paredes. La laguna Zempoala, en México, es el lugar que la artista encontró para integrar al paisaje las cenizas de su madre, fallecida cuando ella y su hermana eran todavía niñas muy pequeñas. Y allí aparece nuevamente la escritura a modo de introducción; un emotivo texto escrito desde el corazón precede la sala, hecho de primera intención, sin correcciones ni agregados. El tono de la escritura se continúa en los trazos de los dibujos en carbonilla. Da la sensación de que la serie ha tomado vida propia y se expande ad infinitum, logrando finalmente trascender la muerte.
VIVIANA SAAVEDRA
