La confianza firme e indestructible en la pintura y en le figuración se convirtió en uno de los lemas principales en el trabajo del artista carioca Walter Goldfarb, autor de una obra compleja, permeada de referencias múltiples e interrelacionadas. Prueba de ello fue la exposición Walter Goldfarb. Retrospectiva 1995-2015: A ella no le gustaba Monet, realizada recientemente en el Centro Cultural Correos RJ.
La muestra, curada por Vanda Klabin, celebró dos décadas de carrera. Ocupando 1.000 m2 de espacio, la exposición reunió cuarenta trabajos puntuales, procedentes de colecciones institucionales y particulares de Brasil y del exterior, algunas inéditas, conservadas por Goldfarb, y telas de 2015. Son obras que registran el desarrollo peculiar de su laborioso ejercicio de taller y revelan innovaciones técnicas y soluciones plásticas vigorosas.

La opción curatorial fue privilegiar el enfrentamiento visual y simbólico de las obras, independiente de las fechas. La idea de no seguir una secuencia cronológica es consecuente con la comprensión de la obra de Goldfarb: coherente, pero no lineal, intrincadamente profunda y cruzada por una extensa red de simbologías.
El artista descubre un espectáculo pictórico paradójico. Al mismo tiempo racionales y sensibles, sus imágenes están cargadas de temáticas varias, siempre acopladas a la evocación de un tiempo cultural histórico. Con su peculiar lenguaje, que mezcla el hacer artesanal con los patrones de los maestros del Renacimiento, y los tapiceros de la Edad Media con las vanguardias modernistas, Goldfarb crea telas de dimensiones monumentales y técnicas poco comunes. Casi no utiliza pinceles. La obra A ella no le gustaba Monet, por ejemplo, fue hecha a partir de una técnica inédita: esmerilado, en lugar de pincel, y bordados con hilo sacado del propio soporte.
Impresión con fuego, el bordado, la costura con cáñamo, alquitrán y cuero de vaca sobre la lona fueron las técnicas elaboradas para las telas en la serie Teatros bíblicos, en la que aparece la relación de la escritura con la geometría y la figuración a través de las Sagradas Escrituras y de la arquitectura bíblica. La pintura Mezuzá tiene formato de pergamino con seis metros de extensión, con escritos judaicos grabados sobre la lona cruda.
En la serie Negra, la pintura sin luz alude a Rembrandt, Velázquez y otras referencias que comprueban su constante diálogo con la historia del arte. Goldfarb sustituye las áreas blancas de la lona cruda por el negro, con millares de bastones de carboncillo. Sometidas a lavadas con cloro, las obras revelan matices anaranjados y magentas, de acuerdo con el árbol que produce el carbón.
En Teatros del cuerpo, las telas abordan la sexualidad en el arte, el fetiche y la construcción del cuerpo contemporáneo, reflejado en el arquetipo grecorromano, a partir de una investigación hecha por el artista en academias de gimnasia de la zona sur de Río y en el borde costero carioca. El artista anamorfosea imágenes de cuerpos de obras de Miguel Ángel, Caravaggio, Gustav Klimt y Egon Schiele con cuerpos de tarjetas postales de mujeres con trajes de hilo dental en las playas de Ipanema y Copacabana, revistas pornográficas masculinas y femeninas, carnaval y luchas marciales. Las obras de Lisérgica buscan el aspecto solar de Río de Janeiro; el color y la luz se desdoblan en una reflexión sobre la posibilidad de una pintura neoimpresionista, mezclada al barroco, tan presente en la obra de Goldfarb. La paleta está hecha de la mezcla de tinta china con anilinas alcohólicas, que cambian de acuerdo con la luminosidad y se modifican infinitamente a través de la irradiación y temperatura de la luz.
La serie más reciente, Juguete de rueda, está basada en las cantigas de roda de Heitor Villa-Lobos. La investigación y la construcción física de las piezas comenzaron en 2012. El conjunto está formado por seis dípticos de grandes dimensiones, en tonos pastel. Cada díptico tiene dos telas: una con detalles de adornos arquitectónicos del Imperio brasilero en laca inyectada en la lona cruda y bordados en punto de gobelino, a mano, y la otra con partituras de las cantigas de Villa-Lobos, donde las notas musicales aleatorias danzan como niños rebeldes sobre las líneas de los pentagramas.
Walter Goldfarb mostró su trabajo por primera vez en el mismo Centro Cultural Correios, en 1995. Desde entonces ha participado en exposiciones importantes, dentro y fuera de Brasil. En 2010 fue escogido por la Academia Latina de Grabación de Hollywood como el Artista Visual del 11 Grammy, en Las Vegas. Su obra ilustró el catálogo de los nominados, millares de boletos y el póster oficial del evento.
Más que cualquier otra cosa, la obra de Goldfarb ilumina un temible desenlace de la contemporaneidad: la pérdida de la fe en el arte. Para eso, rescata elementos queridos de las visualidades desde la modernidad: la catarsis, el devaneo y el arrebato. Pintura, figuración y materialidad componen buena parte de esta obra optimista. El artista elige, sobre todo, la belleza como una especie de último suspiro en la lucha por la sobrevivencia cultural de la humanidad.
ALESSANDRA SIMÕES
