Exposición Individualmar 2016 - may 2016· Por Alberto Barral

Valeska Soares

Jewish Museum

Una nueva instalación en el vestíbulo de la entrada del Jewish Museum presenta la obra de Valeska Soares, artista brasileña residente en Nueva York. Esta pieza hace parte del programa en curso llamado Using Walls, Floors and Ceilings (Utilización de paredes, pisos y techos), que es en realidad una versión contemporánea del programa de exposiciones que el museo llevó a cabo en la década de 1970 y que en esa época se llamó sólo Using Walls (Utilización de paredes). En ese entonces y ahora, el museo estaba incorporando a su espacio la obra de artistas contemporáneos con el fin de integrar su discurso y entablar un diálogo con expresiones artísticas previas pertenecientes a colecciones permanentes.

La pieza de Soares es una instalación consistente en un gran tapete antiguo colocado a la entrada, justo delante del escritorio de admisiones e información, y, sobre él, una selección colgante de antiguos relojes de bolsillo. La instalación crea una reflexión sobre la naturaleza transitoria del asentamiento humano, puesto que tanto los tapetes como los relojes son portátiles y evocan viaje y desplazamiento, y también llama la atención sobre la melancolía y la nostalgia del pasado, que, colocado en ese contexto público de movimiento urbano e intercambio social, enfatiza el trasfondo de alienación y soledad, que es un componente tan integral de la práctica artística contemporánea.

Exposición Individual: Valeska Soares — imagen 1
Valeska Soares. Time Has No Shadows (El tiempo no tiene sombras). 2015. Instalación: tapete y relojes de bolsillo. Dimensiones variables.

Hace unos años, en la exposición Ultra Baroque Aspects of Post Latin American Art (Aspectos ultrabarrocos del arte poslatinoamericano), en el Museo de San Diego, Soares exhibió una instalación cargada de emotividad hecha de reclinatorios con cojines de cera, donde el espectador podía ver las impresiones dejadas por un par de rodillas, y un poquito de pelo de las piernas del feligrés, que había sido arrancado después de haberse realizado la oración de rodillas. La impresión era uno de los restos de una ofrenda; los pelos apuntaban en dirección a una ofrenda expiatoria, semejante a los rituales funerarios de los antiguos griegos y romanos, en los que los dolientes pedían mechones de cabello para ponerlos en la pira funeraria con el cuerpo de la persona fallecida.

La instalación en el Museo Judío evoca a través de los objetos la ausencia de los cuerpos que una vez los utilizaron. En este caso, el tapete también es un paradigma de silencio, de los pasos apagados que no pueden oírse, incluso si su presencia puede sentirse al evocar la memoria. El uso del tapete es particularmente conmovedor en una megalópolis urbana densamente poblada como Nueva York, donde con frecuencia el tener un gran porcentaje de espacios vitales entapetados es un requisito para arrendar o comprar un apartamento. El tapete oriental exhibido también nos hace recordar la época en que el museo mismo fue una casa privada, y haberlo colocado a la entrada hace parte de la acogedora decoración típica de la época como reflejo de la gentileza del Upper East Side, y cómo esos barómetros de riqueza todavía nos afectan hoy en día.

Con frecuencia, las obras de la artista se ensamblan a partir de antigüedades y de materiales viejos y usados. Una exposición de 2012 en la galería Eleven Rivington de Nueva York (hoy Galería 11 R) se basó en libros reciclados, que utilizó sólo las pastas para crear diseños que recordaban un mapa de Boetti, por sus gráficos de colores contrastantes. Antes, en 2008, Soares presentó una instalación en la galería Fortes Vilaça de São Paulo en la que formó una enorme pieza para piso sólo con las primeras páginas arrancadas de libros, aquellas en las que se encuentran las dedicatorias manuscritas; a todas luces, la pieza se encauzaba hacia las expresiones escritas de amor y afecto. En consecuencia, el testimonio de los sentimientos fue reciclado y transformado en una presentación visual totalmente diferente de las intenciones de su formato original pero más expresivo en este contexto como testimonio de los caprichos del tiempo y del sentimiento humano.

Dentro de un contexto más amplio de producción y práctica artística internacionales, las evocaciones de Soares son parte integral de las actuales tendencias artísticas internacionales de hacer que el espectador se concentre en una emoción, un recuerdo o un sentimiento a través del uso de la instalación. Recordé el Pabellón francés en la Bienal de Venecia de 2007, que estaba lleno de impresiones pegadas por Sophie Calle de cartas de rechazo al amor recibidas por la artista a través del correo electrónico, que por su expansión y ampliación de la correspondencia a través del espacio ocupado brindó la base para la reflexión sobre la naturaleza del sujeto, y cómo estas emociones están siendo expresadas por los cambios que la tecnología ha provocado, y qué sentimiento nos produce ver estas narrativas íntimas como discurso artístico.

Este proceso de reciclar y reinterpretar le da una vida nueva y diferente a lo que ha sido desechado y aumenta la variedad de historias a las que el espectador puede tener acceso al examinar sus marcados, arañados, remendados y gastados fragmentos del pasado, que Soares entrelazó en una nueva narrativa. La exposición se titula Time Has No Shadows (El tiempo no tiene sombras), una etiqueta muy apropiada para la experiencia de reinterpretación constante. También tiene un efecto de linterna mágica, que se logra al proyectar estas palabras del título sobre el tapete en forma de espiral, con un antiguo reloj de bolsillo que cuelga sobre cada texto. Estas modificaciones y alteraciones del propósito original de los objetos, que proporcionan una diversidad de experiencias a través del reflejo, el tapete y los relojes colgantes, con sus respectivas cadenas, enlazan un universo de historias con estas desgastadas reliquias de otro tiempo, tentando al espectador a contemplar y proyectar sus propias narrativas para la instalación y los objetos dentro de ella.

ALBERTO BARRAL

Valeska Soares, por Alberto Barral | artnexus