“¿Qué hay más allá? –exclamaba, señalando hacia el norte–. Selva, pantanos y una jungla impenetrable. ¿Quién sabe lo que eso puede ocultar? [...]”1
Desde la invención de la fotografía, en 1839, se ha debatido la posibilidad de que una fotografía sea espejo o no de una realidad. Se ha cuestionado que la imagen creada sea fidedigna o interpretada, que una fotografía sea capaz de transmitir, emular, representar o crear una nueva realidad. En los últimos años, Roberto Huarcaya (Lima, 1959) ha experimentado con la idea de la imposibilidad de representar la vastedad de la naturaleza, de las emociones y de nuestro entorno en un amplio sentido, primero con el uso de cámaras panorámicas y más recientemente con la producción de larguísimos fotogramas. En su larga trayectoria como artista es muy importante la relación que entabla con el paisaje, tanto natural como humano, así como la huella que, como humanos, dejamos en el paisaje, en un cuestionamiento continuo de nuestra presencia en la Tierra.

En Amazogramas, su segunda exposición individual en Dina Mitrani Gallery, Huarcaya se interesa en poder generar un “algo” más allá de la captación de la cámara, algo que le permita asir lo inasible: la experiencia de lo vasto, lo inmenso, la naturaleza virgen, lo salvaje, el pulmón natural del planeta. Tras un elaborado proceso de preproducción, viajes y largas exposiciones, realiza una primera instalación temporal de gran formato en la selva, que inicialmente consiste en colocar rollos de papel fotográfico emulsionado, colgados o acostados en profundidades del manto selvático, directamente a la luz ambiente, diurna o nocturna, y también expone con linternas haces de luz sobre el papel, por tiempos prolongados, descartando así el aparato óptico –la cámara–. Estas acciones tienen lugar en la zona de Bahuaja Sonene, una región del Amazonas peruano. Construye luego, en la galería, una segunda instalación, un laberinto fotográfico que pende del techo, un volumen orgánico, movible y frágil que, como espectadores, debemos recorrer cuidadosamente, como quien se inserta en un camino selvático: “[…] ¿Cómo podría olvidarme nunca del solemne misterio de aquellos bosques? La altura de los árboles y el grosor de sus troncos excedía todo lo que yo, criado en las ciudades, hubiese podido imaginar; se disparaban hacia arriba como columnas magníficas hasta que allá, a enorme distancia sobre nuestras cabezas, podíamos distinguir borrosamente el lugar donde se abrían sus ramas laterales formando góticas curvas ascendentes que se enlazaban para constituir una enorme cúpula de verdor, atravesada únicamente por un ocasional rayo de sol que trazaba una fina y deslumbrante línea de luz que bajaba por entre la majestuosa oscuridad”2.
Huarcaya construye en este su proceso una cartografía particular, una suerte de huella de selva impresa en el papel gracias al paso de luz a través del follaje natural, siendo en realidad algo que se genera en gran parte producto del azar de la luz que cuela, así como también sucede en la vida de todo lo natural. El fotógrafo se convierte no tanto en creador, sino en un facilitador o médium que permite que la selva misma se retrate, que sea la luz quien deje impronta de los ruidos, del follaje, de la humedad.
Largas exposiciones verticales u horizontales de bobinas completas de papel fotográfico de fibra de algodón, que miden cada una 30 metros de largo, son reveladas en la misma selva, en cubetas circulares creadas por el propio artista; vuelven la mirada hacia el pasado de químicos y fijadores, intentando que el proceso mismo de la fotografía en el que la luz captada y la luz bloqueada sea “revelado” sustrayendo los haluros de plata no fijados sobre el papel. Los fotogramas resultantes son una vuelta a lo primitivo, a los comienzos de la fotografía, lo esencial, la tierra, la naturaleza. Pensar que la larguísima imagen que cuelga del techo de la galería de arte es la misma que ha estado tumbada durante horas en el suelo de la selva, nos lleva a ella: “La vida, que aborrece la oscuridad, lucha en aquellas grandes soledades selváticas por ascender siempre hacia la luz. Cada planta, hasta la más pequeña, se enrosca y retuerce para alcanzar la superficie verde, envolviéndose para trepar por sus hermanas más grandes y fuertes en anhelante esfuerzo. Las plantas trepadoras son monstruosas y exuberantes, pero otras, que no eran trepadoras en otras regiones, aprenden ese arte, como un modo de escapar a la oscura sombra; y así puede verse a los jazmines, la ortiga común y hasta la palmera jacitara envolviendo los tallos de los cedros, luchando para alcanzar sus copas”3.
Su instalación en el Amazonas es testigo presencial de cómo la selva actúa sobre el papel, dejando su marca de humedades y capas que dejan permear la luz con cuentagotas, y que producen imágenes fantasmagóricas que parecen afirmar, como lo hiciera Alejandro Von Humboldt ante la inmensidad de la naturaleza: “Mi verdadera y única finalidad es investigar cómo se entretejen todas las fuerzas naturales, la influencia de la naturaleza inanimada sobre el mundo vivo animal y vegetal”. Huarcaya hace de antropólogo visual, da la espalda a la tecnología digital para acercarse a lo más primario que tiene la fotografía en su esencia: dibujar con luz.
NOTAS
1. Arthur Conan Doyle, El mundo perdido, 1912. Traducción al castellano, Ediciones Luarna, SL., Madrid, p. 55.
2. Ibíd., p. 76.
3. Ibíd., p. 77.
AMALIA CAPUTO
