Dos artistas, Peter Bonde y Javier Tapia, dos países, Dinamarca y Chile, dos espacios de exhibición, la Galería D21 Proyectos de Arte y el Museo Nacional de Bellas Artes, para generar un resultado ajustado a la ecuación: bicéfalo. El chileno Tapia, residente en Dinamarca, es amigo desde hace tiempo del danés Peter Bonde, veterano creador, usualmente asociado a la pintura. Entre ambos idearon un proyecto que conjuga el viaje, la investigación y la creación de un vínculo entre sus países natales. El producto de su asociación es una película rodada en la periferia de Copenhague y las costas chilenas. Un viaje físico y metafísico protagonizado por un motero que es testigo de elementos culturales y populares de los dos países, enlazados sin un hilo narrativo claro, y a través de diversos guiños a filmes clásicos. En esta exposición en dos sedes, hay muchas dobles cabezas.

La curadora de la muestra, Catalina Mena, cita una referencia procedente de la mitología romana: Jano. El dios de las puertas, los comienzos y los finales, que se representa con una cabeza de dos rostros. En sala hay una figura de Odín (proveniente del Museo Vikingo de Dinamarca), dios de la sabiduría, la guerra y la muerte. Y en distintos bocetos y dibujos aparecen figuras bicéfalas: desde las ya famosas hermanas gemelas Abigail y Brittany Hensel hasta el esbozo de un perro policéfalo. Esta figura determina un concepto por el que se puede interpretar la exposición. Todo tiene una doble cara. La roadmovie es la propuesta principal de Tapia y Bonde, pero la exposición se extiende y expande en diversos medios y espacios. La película se muestra dentro de una gran instalación situada en medio del hall del museo. Un andamiaje sirve de contenedor, y a la vez, de soporte, de otras obras e imágenes que completan la experiencia. Hablamos por tanto de un modelo “museo dentro del museo”. En el interior, además del visionado, hay varias vitrinas con objetos relativos a culturas ancestrales. El andamiaje se conecta con otra estructura menor coronada por unos pinos artificiales mediante una gran tubería. La cosa parece una bolsa de colostomía, y lo escenificado, restos de un film de Serie B. Sobre la estructura más grande, un gran hinchable basado en una greda andina de origen precolombino, realizada con un material que simula una superficie reflectante o metálica, onda Jeff Koons. La actualización de íconos, banalización de culturas indígenas, equiparación de lo arqueológico con lo popular, son varias de las capas analizables en esta obra, como ocurre con la pieza cinematográfica, sin una conexión lógica propuesta. Puede que la amalgama de referentes, de lazos inconclusos, de horror vacui, sea una forma de traducir la locura visual actual, la superficialidad derivada de la globalización. Acudimos al espacio asociado para este proyecto en la Galería D21. Es entonces cuando la desolación acude a nuestro auxilio. Los dibujos del transcurso, bocetos y collages, que podrían dar pistas acerca del proceso creativo, oscurecen y enmarañan la oferta. Uno no entiende muy bien qué hace ahí un dibujo realista de unos testículos, junto con un collage poco trabajado, o un garabato a lápiz titulado “Fuck aliens”. En una sala adyacente nos espera otra instalación con estética, “zona de obras”, que sirve de mesa para un proyector. Emite una secuencia de diapositivas de, según el texto de sala, escenas cotidianas de las décadas de los setenta y ochenta. Lo visto en la galería es desquiciante. Amateurismo forzado y estética cool. Uno retorna al Museo de Bellas Artes para intentar releer lo sugerido con otro ímpetu, pero el esfuerzo es en vano. La mezcla entre el aporte de Tapia (con una trayectoria de instalaciones acumulativas, en las que conviven elementos populares con lo autóctono) y el trabajo de Bonde (con antecedentes en instalaciones con video, como en anteriores participaciones con Jason Rhoades) no termina de cuajar. Uno tiene la impresión de ser testigo de un trabajo sin guion (la película), decorado con elementos que, se presume, tienen como objeto agregar y sumar significados o estímulos a la pieza de video central. Si el leitmotiv de esta empresa, en la que ambos creadores han viajado e investigado en los respectivos países, es provocar una reflexión basada en términos como hibridación, neobarroco, mestizaje o antropofagia, deberían haberla hecho con una mayor profundidad. En el caso del anexo de D21, mostrar los procesos o las ideas descartadas –si éstas no tienen, como es el caso, nada que añadir, sino al contrario– no es una solución posible. La muestra de a dos se queda a medias.
JUAN JOSÉ SANTOS
