Uno de los objetivos esenciales de la obra escultórica del artista venezolano Pedro Fermín es la relación entre las formas que él crea y el espacio. Esta relación es indiscutible: el espacio es ocupado por la forma, y ésta a su vez lo determina.
Bajo este principio, Fermín realizó dos importantes exposiciones: “El espacio como objeto”, en la Galería Freites, bajo la curaduría de Katherine Chacón, y “Diálogos”, en Centro Cultural B.O.D., curada por Gerardo Zavarce. En ambas, el artista mostró su última producción, realizada de 2004 hasta la actualidad.

En ambas exposiciones, esculturas en hierro, otras en aluminio, se despliegan sobre las paredes de las salas expositivas, o bien “fluyen” en el espacio dando la impresión de “cintas” que se contornean sobre su propio eje. El logro de tales formas parte de un estudio riguroso de la geometría, modo como el artista crea variaciones en figuras básicas como el cuadrado o el rectángulo logrando así que una misma escultura parezca tener formas diversas, según el ángulo desde donde se la mire. Las contorsiones, a su vez, sugieren movimiento y volatilidad a sus piezas. Katherine Chacón señala en el texto curatorial que para Fermín las formas son concebidas como cuerpos móviles e inestables. Tienen un aspecto dúctil y flexible que permite que las obras sean percibidas como formas en proceso, es decir, son líneas que, según Chacón, “se curvan, pero en las que aún hay ecos ortogonales que activan la sensación de que un proceso de metamorfosis está ocurriendo, porque las líneas están siendo sometidas a las fuerzas móviles e intangibles del espacio”.
En 2013, en el marco de la muestra “Vértice” que llevó a cabo en Graphicart, Pedro Fermín declaró entonces que antes de realizar una pieza él acostumbra analizar el lugar donde ésta va a ser colocada. Ello determina el tamaño que va a tener. Esto se debe a que su preocupación fundamental se centra en el espacio, y cómo la forma interactuará –inferimos que de manera proporcional– con él. Esta consideración es particularmente notoria en ambas exposiciones, pues no cabe duda de que el artista contempló las diversas escalas tanto de la Galería Freites como del Centro Cultural B.O.D., lugares que se distinguen por su amplitud espacial. Asimismo, se pudo evidenciar en ambos sitios la importancia que el artista dio a la extensión de las paredes, las alturas, las incidencias de la luz sobre las obras, y potenció tanto el valor expresivo de los vacíos como el dinamismo espacial buscado.
Además del espacio, otros dos ejes fundamentales se perciben en las obras de Fermín: por un lado, la referencia constante a la “cinta de Moebius”, y por el otro, la interacción –y admiración, como señala Chacón– que el artista establece con los grandes maestros de la tradición abstracto-geométrica y constructiva. Ambos ejes repercuten en su manera de concebir sus formas escultóricas. En el primer caso, el artista parte del principio de Moebius “extendiendo” sus formas lineales –manufacturadas en hierro o aluminio pintados con colores planos y puros– y las contorsiona de manera helicoidal. Dice Fermín que la banda de Moebius es para él una espiral, y señala: “Las obras son planas en su origen, pero, gracias al movimiento espiroidal, ellas construyen el espacio”, lo que, en efecto, sucede así.
Su factura impecable, por otra parte, tiene mucho que ver con una forma de trabajar la geometría: formas limpias y colores puros. Justamente su pasión por la tradición abstracto-geométrica, que lo lleva a establecer diálogos con la obra de maestros como Mondrian, Van Doesburg, Albers, Malevich, Max Bill, Donald Judd y Robert Smithson. Muchas piezas de Fermín evocan aspectos esenciales de estos artistas: contorsiones muy evidentes que recuerdan a Max Bill, o bien pequeños cuadrados de vibrante color sobre cintas ondulantes blancas que evocan la última etapa de Mondrian. Fermín tiene sin duda la cualidad de volver dúctil y volátil la geometría, una habilidad particular, además, por la manera de trabajar el metal.
La obra de Pedro Fermín, por otra parte, trasciende cierto estatismo presente en la tradición geométrica. Toma a ésta como punto de partida para lograr que su geometría se distinga de aquélla por su ductilidad, sutileza y movilidad. Ello es posible gracias al espacio, que es objeto y valor expresivo en sí, razón por la que esta obra también adquiere su razón de ser. Ninguna de estas formas escultóricas estaría completa si no hubiese un diálogo con el vacío, con la sombra y con la luz, precisamente componentes del espacio. Éste se vuelve objeto, y, a la vez, su lazo comunicante. No existe forma sin un espacio que lo module.
SUSANA BENKO
