Un aspecto valioso de la muestra homenaje a Omar Rayo, curada por Miguel González en el Museo Nacional de Colombia, ha sido resaltar los diálogos e intercambios que el artista vallecaucano sostuvo con creadores destacados de la historia del arte del siglo XX, así como la incidencia que estos encuentros tuvieron en sus exploraciones e indagaciones.
Rayo, quien gozó al mismo tiempo de gran acogida pública y del rechazo de la crítica, a veces virulento, hace parte indiscutible del desarrollo de los lenguajes geométricos en Colombia, con innegables aportaciones. Entre ellas, por supuesto, está el impulso que constituyó su ejemplo hacia la apertura de fronteras en la búsqueda de información y actualidad, en un momento bastante temprano del desarrollo de las llamadas segundas vanguardias.

Apasionado por las inquietudes de su tiempo, Omar Rayo recorrió el continente americano para hacerse un inventario de sus imágenes ancestrales y modernas, a fin de perfilar apuntes hacia la construcción de su propia gramática. El curador de la muestra reunió creaciones de este período, desconocidas para muchos y realmente apreciables, no sólo como documentos históricos sino también como ejercicios visuales de síntesis.
Miguel González revela, bajo el título Geometría vibrante, a un hombre de sorprendente fuerza y entusiasmo que, con razón, despertó significativas empatías entre figuras como Marcel Duchamp o como los primeros artistas representativos del desarrollo del arte pop en Estados Unidos, quienes resaltaron y comentaron positivamente sus trabajos.
En paralelo a los enriquecimientos que ganó el artista de esas conversaciones con artistas sobresalientes de un momento también vibrante de la historia del arte de Latinoamérica y de Norteamérica, el curador hace visible el talento compositivo de Omar Rayo y su audacia con el control del espacio, así como su monumental capacidad de trabajo y generosidad. No obstante, igual se entiende que Omar Rayo escogió una línea de expresión visual –el arte óptico– que tuvo un desenvolvimiento, en cierto sentido, cerrado en la historia de la segunda mitad del siglo XX, lo cual marcó un camino progresivamente solitario y, en tanto, sin contrapuntos. Las influencias de la proposición óptica transitaron con rapidez por otros territorios, y su entusiasmo por el movimiento implícito en la imagen derivó pronto en búsquedas muy diversas de las pictóricas de vocación técnica.
Por otra parte, el arte en Colombia y en toda Latinoamérica radicalizó por décadas, hasta hace más bien pocos años, su vocación política. En medio de conflictos sociales agravados y en el clima de popularidad que conquistaron las luchas de izquierda en los sectores intelectuales, las expresiones culturales acudieron con fuerza a las fuentes documentales, principalmente en Colombia, en donde las proposiciones abstractas no alcanzaron a extender sus raíces con amplitud. Las pocas que se asentaron bien fueron fuertes y profundas, lo cual se entiende en las múltiples y originales integraciones que hicieron los distintos planteamientos figurativos y los de simpatías conceptuales y experimentales. También se percibe la asimilación de una experimentación diversa en la renovación de lenguajes creativos que se ha presenciado fundamentalmente en la última década entre los artistas más jóvenes.
Las herencias que han permitido el tan citado florecimiento de Colombia en las artes en el nuevo siglo proceden de muchos contextos, historias y voluntades, y conocerlas, como permite hacerlo este homenaje dedicado a Omar Rayo, es un principio de decisiva importancia para la construcción justa de los relatos.
MARÍA IOVINO
