La primera sensación al ingresar en el enorme galpón de la galería Barro es la de haber sido invitado a una fiesta. Suena la música y la mirada se dirige sin titubeos hacia la enorme y atractiva figura de neón que preside la pared posterior; su ubicación es análoga al altar mayor en las iglesias, pende elevada por sobre el resto de los elementos de la instalación. Se trata de una inmensa y estridente cabeza con rasgos felinos, de cuya boca se despliega una larga lengua con forma de pene.
A primera vista, en el centro del galpón los colores intensos siguen predominando, son una invitación a continuar el recorrido, la música permanece y persiste la promesa de la alegría, del cuerpo imaginado en la vitalidad del movimiento en la danza. Pero pronto las primeras impresiones se irán transformando al sumergirse de pleno en la instalación.

Una seguidilla de gabinetes pueden recorrerse uno a uno; allí resplandecen primero esculturas creadas a partir de materiales tan disímiles como espuma de poliuretano, resina de poliéster, mármol, acrílico, piel animal y luces de neón. Son figuras humanas incompletas, todas ellas con los ojos cerrados. Algunas parecen permanecer en cierto estado de latencia; sus voluntades suspendidas en algún tipo de espera; otras parecen haber atravesado una suerte de desenlace trágico, son como epílogos de apocalípticas historias. Sumamente expresivas, las figuras no logran frenar la sensación de mutismo que, paradójicamente, se acrecienta en contraste con la estridencia del color. Y sobreviene la idea de la imposibilidad de narrar una historia, de pronunciar su tragedia. La glotis es ese orificio por el que el aire ingresa a los pulmones y se transforma en palabra por medio de las cuerdas vocales, un lugar de paso en el que el aire se convierte en esa actividad exclusivamente humana que hace posible el intercambio con el mundo, la conexión entre el afuera y el adentro. Esos rostros mudos, como mascarillas mortuorias, son el rasgo constante dentro de la disparidad de los elementos. Los contrastes y la ausencia de estructuras integradoras disparan la compensación perceptiva, la intención de que el todo sea más que la suma de las partes, pero predomina sin remedio la sensación de historia incompleta, no contada, de la que subsisten sólo algunos fragmentos dispares, portadores de luz y oscuridad a un mismo tiempo.
Según describe el texto en relación con la muestra, “para Nicanor Aráoz (Buenos Aires, 1981), Glótica es una palabra injerto, algo parecido al sonido gutural de un grito de placer ahogado por un borbotón de sangre. En esta muestra, trabaja con referentes que van desde las escenas de sadomasoquismo en Saló de Pasolini, al espiritismo de la novela gótica sureña del siglo XIX y el viaje psicodélico del LSD. Todos, casos vinculados a rituales de liberación que esconden en su contracara el miedo a que la trascendencia tenga la oscuridad inminente de una pesadilla. En esta puesta en abismo se asoma Aráoz: un limbo donde caen los tabúes sociales, se desdibuja el límite entre el dolor y el placer y se generan lapsus que confunden a las víctimas y los victimarios”.
Al descubrir las contraimágenes gigantes en blanco y negro ubicadas por detrás de cada escultura se intensifica aún más la idea de los opuestos, no sólo por la ausencia del color, sino por el pasaje abrupto desde la representación al registro, al testimonio real de víctimas de muertes violentas, planificadas. Son fotografías de baja resolución impresas en papel, análogas a afiches callejeros, ampliadas hasta perder definición, aunque el visible pixelado no llega a anular la captación de las truculentas escenas. Son presencia/ausencia, y una vez más, anulación del lenguaje. Como espectadores también permaneceremos en silencio, el cuerpo queda tomado únicamente por la sensación de desasosiego que provocan esos cuerpos sin vida, el pasaje del aire por la garganta se convierte en un nudo, en una potencial mueca que podría dar paso al estallido del llanto. La maniobra compensatoria será regresar la mirada al color estridente y las luces de neón, se hará el intento de hacer retornar la respiración a un ritmo constante, salir del sobresalto. La música sigue sonando como una banda sonora introductoria, se mantiene todo el tiempo como un preámbulo de lo que retornará a provocar el shock.
Y la puesta en escena, en su totalidad, impone indefectiblemente el tema de una muerte “culta”, sofisticada, trastocada en el tránsito por la literatura, el cine, las drogas creadas. Pero la imagen sigue siendo hija de la angustia existencial, y en este caso también parece integrar los opuestos; podría tratarse, según las palabras del artista, de “una novela de terror donde el monstruo es el amor”.
VIVIANA SAAVEDRA
