La artista venezolana Nela Ochoa realizó recientemente una importante exposición antológica titulada Postpretérito, que ha permitido dar a conocer una selección de las diversas etapas de su vasta obra y a la vez hacer una revisión sobre la densidad conceptual que la caracteriza. La exposición se realizó en La Caja, en ambos pisos del área de exhibición de la Fundación Cultural Chacao.
La muestra estuvo dividida en cuatro “zonas”, y en función de éstas se organizaron obras de diferentes medios y períodos de producción. Las mismas fueron clasificadas de la siguiente manera: Zona 1: Arqueologías de lo probable; Zona 2: Desentierros; Zona 3: Cartografías potenciales, y Zona 4: Sedimentos. El recorrido por éstas no da cuenta de cronología alguna, sino que se agrupan piezas hechas en diversos momentos, en las que se establecen lazos comunicantes entre medios expresivos y temas (o más bien, subtemas) de naturaleza diversa. Es precisamente esta heterogeneidad de medios, un distintivo en la trayectoria artística de Nela Ochoa pues, como ella ha señalado, los contenidos que la ocupan son vistos bajo diferentes aristas: mediante performances, videos, instalaciones, esculturas, pinturas, etcétera.

El cuerpo es el eje central en la obra de Nela Ochoa. Comenzando por ella misma, al dedicarse a la danza desde niña y luego profesionalmente, en la década de los ochenta. De esta práctica comprendió la importancia del lenguaje gestual. Desde sus primeras gestografías, como llamaba a las coreografías y videos que realizó entre 1985 y 1999, tiene conciencia de que es a partir del cuerpo donde toda nuestra historia, pasada, presente o futura, se resume y se registra en él. Asimismo, el cuerpo se vuelve social por su interacción con los otros, lo que modifica a su vez su gestualidad. Muchos de estos gestos se explican según la genética de los seres vivos, ya sean humanos, animales o plantas. Es así como la artista se propone develar las causas de las acciones o los comportamientos de los organismos a partir de su mapa genético, investigación que viene desarrollando desde hace algunos años. Conociendo esta interioridad intangible del componente genético de un cuerpo, ella puede explicar –e hipotéticamente modificar– alteraciones conductuales, por ejemplo, del ser humano tales como la violencia, la gula, el miedo, entre otras actitudes y tendencias.
Hay importantes antecedentes que le permiten llegar a esta reflexión. El tema sobre las actitudes humanas, individuales y colectivas ya estaba presente en videos tales como Topos (1987) y Mendiga (1999), hasta llegar a Eco genético, donde describe gráficamente la secuencia genética que determina “la memoria del miedo” (impresión en giclée, 2004/versión video, 2006). Por otra parte, la violencia, como componente conductual en ciertos individuos, es puesta de relieve mediante imágenes de las estructuras óseas de cuerpos baleados, cuyas radiografías son intervenidas, dando lugar a obras como Vitral, Intervenciones y Rueda, de 2015. Asimismo, las imágenes de cortes cerebrales tomadas de tomografías transferidas a lonas. Ello le permite cuestionar los rasgos de crueldad que determinan aspectos de nuestra realidad social. La serie Carne de cañón (2015), por ejemplo, son cuerpos que cuelgan como en las carnicerías, hechos con lonas pintadas con acrílico, espray e intervenidas con látex. Denotan explícitamente las evidencias de una continua y lacerante transgresión social. En Experimento Pez Beta (2015), Ochoa analiza la capacidad de “sociabilidad” de dos peces beta vivos, uno en compañía de su propia imagen reflejada en un espejo, a la vez que explica su agresividad mediante la impresión de su mapa genético.
Todo ello la lleva a concebir su obra –y exposición– como un “laboratorio científico”. Nela Ochoa reinterpreta secuencias genéticas, cromosomas, embriones que dibuja, encapsula, cose o ensambla. De allí las Bandejas retrogénicas (2010), hechas con resina y materiales diversos, Banco de genes (2015), células de látex, etcétera.
Postpretérito, título de la exposición, refiere a una acción hipotética o condicional que podría haberse realizado en el pasado o en el futuro. Expresa el tiempo de lo probable, o, como bien señala Lorena González, curadora de la exposición, “de lo que podría ocurrir si otra cosa más sucediera antes”. Curiosamente, algo grave sí ocurrió antes que casi suspende la exposición: la obra Desentierro (2001) fue robada antes de su traslado de Nueva Esparta a Caracas. Se trata de una instalación nunca expuesta en Venezuela, compuesta de láminas de látex que contenían la impresión del ADN de la artista. Cada una debía colocarse en la pared central. La obra ausente “se ha vuelto –en palabras de Lorena– una parte fundamental de la muestra justamente porque ya no está”. Frente a esta adversidad, la artista creó otra versión de Desentierro (renombrada País) utilizando fotografías de la versión original, fotocopias de las piezas en látex y documentación diversa relativa a la obra, incluida la denuncia policial. Con esto, ella hizo de la situación incierta y condicional la extraña crónica inusual de los tiempos de una obra, afirmación que justifica el subtítulo de la exposición.
SUSANA BENKO
