Desde 2007, el Museo de Antioquia desarrolla cada cuatro años un ambicioso evento alrededor de las prácticas artísticas contemporáneas y su papel en el contexto social: el Encuentro Internacional de Medellín, MDE. Este encuentro, que actualmente alcanza su tercera versión y que presenta el trabajo de 59 artistas provenientes de diferentes países, estuvo a cargo de un equipo curatorial conformado por Edi Muka (Albania), Sharon Lerner (Perú), Fernando Escobar (Colombia), Tony Evanko (Colombia-Estados Unidos) y Nydia Gutiérrez (Venezuela), esta última curadora en jefe del museo y directora artística del evento.

Bajo el título Historias locales/Prácticas globales, el evento incluye una exposición de gran formato dentro del Museo de Antioquia que se extiende a la Casa del Encuentro y la Casa de la Música; y también una serie de proyectos externos desarrollados en diferentes lugares de la ciudad con la colaboración de espacios independientes, para producir un diálogo entre la realidad social del contexto local y algunas de las narrativas internacionales que se inscriben en el arte contemporáneo. En particular, las narrativas que enuncian las obras dan cuenta de relatos poscoloniales en los que empieza a hacerse visible la “voz del subalterno”, lo que sin duda propone una conversación recíproca con algunos artistas colombianos invitados al MDE15. La presentación de obras que muestran lo que podríamos denominar “relatos menores” (si se nos permite tomar prestada la expresión con la que Gilles Deleuze y Félix Guattari se refirieron a la literatura del escritor checo Franz Kafka) es una constante a lo largo de la exposición y una virtud que es necesario destacar.

No obstante, ante el planteamiento general del evento y la elección de tres ejes curatoriales –que ya de por sí tienen una fuerza semántica importante y son coherentes con la mayoría de las obras–, resulta innecesaria la enunciación adicional de cinco temáticas que dividen espacialmente la exposición. Esto se evidencia en la ambigüedad discursiva que acompaña las obras, puesto que la gran mayoría podría encajar en cualquiera de los cinco temas. Estas cinco líneas son: Violencia, conflicto y memoria; Historias locales en el contexto global; Dinámicas de poder sobre el cuerpo; Vacilando la institución; y Ciudad resiliente: sueños, deseos y posibilidades.
Esta lógica de trabajo colaborativo, cuyo objetivo ha sido lograr una curaduría plural, ha estado presente en las dos versiones anteriores del evento, con resultados cuestionables, quizás por la ausencia de un verdadero trabajo colectivo o, tal vez, por la fragilidad de un argumento que se pierde ante demandas institucionales en una ciudad escasa de ellas. No obstante, debe señalarse que la versión actual muestra cierto grado de madurez frente a las dos versiones anteriores, y la propuesta temática resulta más que pertinente para una ciudad que constantemente trata, a través de procesos de transformación urbana, de sobrellevar las marcas dejadas por la violencia de las últimas dos décadas del siglo XX. En este sentido, la exposición se inscribe en un momento de reflexión en el que la ciudad mira en retrospectiva el impacto de la inversión social a partir de proyectos de intervención a diferentes escalas. Cabe decir que aunque es cierto que en la última década Medellín ha tenido un crecimiento urbano notable, debido a proyectos impulsados por las administraciones locales –entre los que pueden mencionarse los parques-biblioteca, las Unidades de Vida Articulada o el polémico proyecto Parques del Río–, también es cierto que estos esfuerzos no han sido suficientes para contrarrestar las problemáticas que son ya comunes en muchas ciudades latinoamericanas.

En la apuesta curatorial de la presente versión, la cual pone de manifiesto y declara de manera explícita el diálogo entre lo local y lo global a través de “relatos menores”, la presentación de artistas internacionales –que en su mayoría trabajan en países en vía de desarrollo– logra extrapolar algunas de esas “Historias globales” en la realidad social del contexto local. Tal es el caso de Stairway (2001), de la artista turca Gülsün Karamustafa, que muestra la situación de niños rumanos en busca de sustento económico interpretando canciones en las escaleras de ascenso a la Torre Gálata, en Estambul. Las condiciones sociales que se derivan de los procesos de migración son un rasgo que perfectamente puede situarse en la realidad local ante los desplazamientos generados por el conflicto armado. El artista albanés Anri Sala, por su parte, está presente en la muestra con la obra 1395 Days Without Red (2011), un video magistral realizado a partir de un proyecto conjunto con Šejla Kamerić, que mediante una narrativa sencilla y una dirección de arte impecable retrata de manera poética las tensiones que vivieron los habitantes de Sarajevo entre 1992 y 1996, cuando la ciudad fue sitiada durante la Guerra de Bosnia a causa de la búsqueda independentista del país frente a la República Federal Socialista de Yugoslavia. En el video, una mujer, encarnada por la actriz española Maribel Verdú, recorre la que otrora fue nombrada como “Avenida de los Francotiradores”, en intervalos en los que a veces camina y a veces corre, mientras que en uno de los edificios, la Orquesta Sinfónica de Sarajevo ensaya el primer movimiento de la Sinfonía #6 de Tchaikovsky, titulada Pathetique. Es también evidente la semejanza con el uso y la percepción del territorio por parte de algunas comunidades locales en las que diariamente se vive el conflicto armado.

Resulta afortunado que un evento como el MDE permita a la ciudad acercarse al trabajo de un número significativo de artistas extranjeros, pues la escasez de museos e instituciones culturales capaces de gestionar la circulación de obras provenientes del exterior de manera frecuente hace que la visita a exposiciones internacionales se limite a la programación de dos museos, que ya de entrada deben suplir un amplio espectro de tipologías expositivas. Aunque en años recientes se ha visto un incremento en la circulación de artistas internacionales, por lo regular su presencia en la ciudad se ha dado a través de exposiciones individuales que, normalmente, no reflexionan sobre la realidad social de Medellín.
Vale la pena recordar que el MDE se inició en 2007, con el propósito de ofrecer al entorno local un proyecto que lograra influenciar la producción artística, tal y como sucedió con eventos fundacionales en el arte antioqueño como las bienales de Coltejer (1968, 1970, 1972) o el I Coloquio Latinoamericano sobre Arte No-Objetual y Arte Urbano (1981). Aunque este propósito es cuestionable si tomamos en cuenta las diferencias entre ambos momentos históricos, es cierto que el MDE llena un vacío en los escenarios de presentación y circulación del arte contemporáneo en el país.

En lo que se refiere al trabajo de artistas nacionales, pueden señalarse algunas obras que generan contrapuntos interesantes con las narrativas extranjeras a lo largo de la exposición. Tal es el caso de Variación sobre Los santos inocentes (2015) del colectivo Mapa Teatro, una obra que recibe al visitante y da inicio al recorrido de la muestra con la temática denominada Violencia, conflicto y memoria. Allí, un muro de grafito ubicado en diagonal a la entrada de la sala muestra, por un lado, un artefacto mecánico que con un movimiento periódico golpea la pared con un látigo, desprendiendo las partículas de grafito y dejando las huellas de los golpes sobre la superficie. Por el otro lado, una proyección se activa momentáneamente con cada impacto, mostrando breves escenas de una alteridad que se inscribe en el espacio público para recordar la realidad sociopolítica nacional. Resulta interesante, también, la obra Transacciones (2012) de Adriana Escobar, que muestra mediante cinco videos historias propias de la periferia de la ciudad de Medellín, en donde confluyen la ineficacia del Estado, la vida cotidiana de comunidades frecuentemente invisibilizadas y su vulnerabilidad ante los procesos de transformación urbana.

Llaman la atención de forma particular las semejanzas entre la obra de Michael Soi y Jorge Alonso Zapata, no sólo por las cualidades gráficas de la pintura, sino, además, por las temáticas que ambos artistas trabajan. Mientras el primero explora temas cercanos a la sexualidad en países asiáticos, el segundo documenta las situaciones que tienen lugar en el sector de la capital antioqueña conocido como “Barbacoas”, en donde son recurrentes la prostitución y el consumo de drogas.
Finalmente, una de las obras más relevantes por sus aportes investigativos a la historia del arte contemporáneo en Colombia es la instalación Grupo Centro (2014-2015) del artista Jorge Andrés Marín. En ella, Marín pone en evidencia los hallazgos iniciales de su investigación sobre el colectivo homónimo que trabajó entre 1981 y 1995. Este colectivo, que bien podría inscribirse dentro del arte conceptual y que no ha sido revisado por la historiografía del arte nacional, realizó acciones a partir de situaciones políticas y constituye un potencial objeto de estudio para la comprensión del conceptualismo en el país.

En la exposición hay también obras que escapan al libreto curatorial, puesto que, lejos de presentar relatos alusivos a las transformaciones urbanas en los contextos local y global, recurren al abstraccionismo, la herencia de la tradición geométrica venezolana o los procesos de colonización española, como sucede con el trabajo de Magdalena Fernández o María Buenaventura. Sin desmeritar la calidad de ambas obras, es necesario decir que su presencia en el contexto del evento resulta extraña.
Llama la atención que la mayor parte de los textos curatoriales evidencian cierta indeterminación, ambigüedad y debilidad en su contenido, algo infortunadamente frecuente en la actualidad. Es común ver que, en un intento por poetizar las líneas de lectura de las exposiciones, los textos curatoriales quedan inmersos en un limbo indescifrable y confuso para el visitante, quien, muchas veces, se toma el trabajo de leer a consciencia los escritos que acompañan las obras. Esta situación muestra lo mucho que aún debe aprenderle la curaduría a la literatura, en particular a través de géneros como el ensayo, que permitiría un trabajo de mediación más diáfano.
En cuanto a las actividades que ocurren por fuera del museo en “espacios alternativos” como Proyecto NN, Campos de Gutiérrez, Taller 7, Rizoma Ultravioleta, PorEstosDías, el puente_lab, entre otros, hay que resaltar que ante las dificultades propias de la gestión cultural en la ciudad, en el MDE15 este tipo de espacios encuentran un lugar desde el cual contribuir a la difusión de las prácticas artísticas contemporáneas y configuran un recorrido mucho más amplio para el visitante. Así mismo, las acciones realizadas en el espacio público constituyen un interés que es reiterativo en el arte: la construcción de comunidad a través de proyectos que suceden más allá de las paredes del museo. La idea de interactuar con la comunidad, no en pocas ocasiones recurre al uso de las cartografías colectivas o a la proyección de imaginarios mediante dibujos o relatos realizados por los mismos habitantes. En el caso de algunos de los proyectos desarrollados en el marco del MDE15, es latente esta metodología de trabajo propia de los Situacionistas y de la célebre Escuela Sociológica de Chicago, un hecho que, sin duda, lleva a cuestionar si acaso es posible encontrar otras formas de concreción plástica lejanas a la tradición instaurada en los sesenta.
Si bien expandir las prácticas artísticas por fuera de las instituciones culturales ha sido una de las estrategias recurrentes en el panorama internacional desde hace varias décadas, y más a la luz de planteamientos como los de Nicolas Bourriaud con su estética relacional o los de Hal Foster en su célebre texto ¿El artista como etnógrafo?, aún es necesario revisar en el caso del MDE15, si los alcances señalados por el comité organizador realmente logran impactar a las comunidades de la ciudad. Entregarle al arte la responsabilidad de transformar socialmente una comunidad es un hecho que denota un alto grado de certeza frente a una manifestación estética incapaz de revertir la condición humana, y, a su vez, desconoce el papel que tienen en estos procesos la política, las instituciones y, en general, las demás estructuras de poder.
JORGE LOPERA
Investigador y curador independiente. Diseñador de Espacios/Escenarios, con estudios de posgrado en Gestión Cultural.

