El PEM, Peabody Essex Museum de Salem, en Boston, inauguró recientemente la muestra La alquimia del alma, de la reconocida artista cubana, matancera de origen, María Magdalena-Campos. Una soberbia puesta en escena que seguramente concluya siendo una de las mejores exposiciones de la artista en las dos últimas décadas. Hablamos de una exposición hermosa, potente, dialógica en su principio y estructura. Es un ensayo de especulación con los resortes de la historia y sus conexiones más inmediatas con la subjetividad más íntima. Es, con fuerza extrema, una constelación de variaciones y alternancias entre lo espiritual y lo concreto, lo permanente y lo evanescente, lo dócil y lo insubordinado.

Bajo el comisariado de Joshua Basseches, director del museo, y en colaboración con el músico norteamericano Neil Leonard, quien tuvo a su cargo el riguroso diseño del dispositivo sonoro de la muestra, La alquimia del alma se revela, más que como una exposición al uso en lo tocante a exhibir objetos u obras según un criterio museográfico determinado por la voz curatorial, como una experiencia estética y afectiva de profundas implicaciones culturales, humanas y antropológicas. Esta exposición, aunque cabría mejor decir “ensayo de reconciliación”, resulta un robusto tratado contra la amnesia y el sentido anémico de los bastiones del olvido. Todo lo que ella contiene adquiere el carácter de exvoto. Es como una plegaria que reclama la reconstrucción, en un mismo cuerpo, de esos fragmentos de la existencia que se pierden en la espesura de los tiempos barrocos, en la letra oscura, en el manto de peticiones, en la alegoría de la caverna que no conduce necesariamente a la luz.
Se trata, por tanto, de un sofisticado gesto de restitución de la memoria personal, afectiva y cultural. Una recuperación que excede con mucho el lugar de la primera persona, entiéndase el yo de la artista, para hacer circular en el epicentro de su narrativa, el relato sonoro de todas esas voces que –antes y ahora– padecieron y padecen al amargo aroma de la exclusión y de la ignominia.
Cada una de las piezas que componen el inmenso (pesado y ligero a un tiempo) universo de cristal, dispuesto en estas salas, no sólo sustenta en sus estructuras y raras morfologías –que remiten a las calderas del viejo ingenio azucarero–la historia y corporeidad del azúcar, su destilación en ron y su natural (y alquímica) conversión en materia del espíritu, sino que también certifica las especulaciones etnoantropológicas de Fernando Ortiz y Argeliers León, da cobijo a las prefiguraciones andróginas y reverberantes de Wifredo Lam y a los animales de Lygia Clark, recupera los imaginarios y las voces de la raza negra y cimarrona; del mismo modo que supone incómodos interrogantes a la propia historia cubana, esa que ha de escribirse mil veces y desde lugares muy distintos. Esa, insisto, que deberá escribirse cuando el texto sea la revelación de la verdad, y no la respuesta a una tesis esgrimida desde los ámbitos del poder y del despotismo.
Pero con independencia de esto, La alquimia del alma no ha de entenderse sólo como recapitulación y revisión de un pasado colonial, como un ejercicio de reconciliación con la historia o como el acto de magia que supone descifrar un “palimpsesto” separando cada una de sus capas de memoria y escrituras enfáticas. Ésta es una exposición viva, presente, de ahora: es un grito de advertencia, de valor, de permanencia, de audacia. Es, si se me antoja, una manera de fortificar la eficacia emancipadora de la utopía para hacerla resistente a las embestidas del escepticismo. Tal y como han advertido tantos pensadores de los procesos históricos contemporáneos: cuanto más se olvida, más cerca se descubre el peligro de la repetición. Quizás en esa advertencia se localiza buena parte del compromiso y de la eficacia del gesto que hoy regla la artista en el cuerpo narrativo de esta propuesta.
La exposición adquiere –así– la dimensión simbólica de un coro, de una sinfonía, de una orquesta que, entre lo culto y lo popular, proyecta las voces de muchos en viaje cíclico de ida y de vuelta. De ahí ese sabor a epifanía, ese juego recurrente con la insubordinación y los signos de una desobediencia, que propone un modelo de liberación de lo que –en otro momento (tal vez también en éste) – supuso un rabioso acto de cancelación y de reducción de la libertad.
Existe, por otra parte, un componente de tintes psicológicos que hasta ahora no he advertido en la lectura de esta muestra, a cargo de otros críticos, y es, precisamente, la centralización de “la rabia” como figura retórica. La obra de María Magdalena-Campos soporta, sobre su espalda flagelada por ese látigo ancestral, el instinto de la rabia y el ademán reactivo. En ella queda reflejada la radiografía de un grito.
Pero al mismo tiempo esa rabia, esa reacción, se han traducido, por los dones que regalan los procesos de la alquimia, en perdón, en reconciliación, en poética. Ese grito –el grito de esa negra irreverente que sabe que la historia no es la que se escribió sino la que escribimos ahora– queda suspendido en ese dominio espectral donde danzan los sujetos del pasado y del presente.
Vuela un pájaro sobre uno de los muros del museo y la artista fija la vista sobre su recorrido pensando en cuál será la rama desde donde lanzar su próximo grito.
ANDRÉS ISAAC SANTANA
