En un encuentro que tuvimos hace ya varios meses con María José Arjona, me comentaba sobre su nuevo proyecto, que desarrollaría a manera de residencia en FLORA ars+natura. La esencia del trabajo sería el seguimiento de las aves, en particular de las águilas que migran del norte del continente hacia el sur pasando por regiones colombianas. La artista comenzó a interesarse en este proyecto en Nueva York, y desde entonces decidió seguir estas aves y dar forma a su proyecto generando talleres con diecisiete artistas que usan el cuerpo como medio de expresión plástica. La residencia duró varios meses, y durante ese tiempo María José Arjona y los artistas realizaron acciones que tendían a anudar el asunto del vuelo de las aves y su observación minuciosa.

En una de esas presentaciones, vi el espacio transformado en una especie de nido, gracias a varias cuerdas que tejían una estructura en el espacio y desde las escaleras de acceso. Al entrar en dicho nido, encontrábamos a María José Arjona sentada sobre un banquito de madera cubierto por un vestido negro y del cual parecía desprenderse una especie de cola de ave: la artista se había transformado en un ave. Su cabeza reposaba dentro de un alcahaz, que a su vez se encontraba sobre una larga mesa que contenía varios objetos: dibujos, estampas y, en su mayoría, libros que se referían a las aves.
En el extremo opuesto de la mesa se encontraba una cabeza de maniquí que era cubierta por un capuz realizado en cuero bajo el mismo principio del que cubre la cabeza de los halcones de cetrería, y a la medida de la cabeza de la artista, que sería usado por ella posteriormente en una acción donde se subiría a la mesa, con un traje cubierto de plumas negras. Con su cabeza encapuzada, la artista fumaba un habano dejando escapar grandes bocanadas de humo.
Hubo algo que me impresionó sobre manera: fue el ver cómo los párpados de la artista parecían aletear suavemente. No sé si estoy forzando demasiado mi mirada, pero ésa fue la sensación que tuve. Al mismo tiempo, sus manos, que reposaban bajo la mesa, juntas una con otra, también se convertían en alas y simulaban el vuelo de aves. La sombra que se proyectaba en la pared acentuaba esta impresión. Esta acción se desarrollaba durante varias horas en un profundo silencio mediante el cual emergía “una composición con los cantos de las águilas, las mirlas, un imitador de pájaros, el río Magdalena y el tráfico de Bogotá”1.
A propósito de Avistamiento, la artista nos dice lo siguiente: “Esta acción en particular funcionaba como plan de vuelo. Los objetos en la mesa eran índices, señales que, si el público prestaba atención, le dejaban ver lo que sucedería después. La mesa en general es un oráculo, un mapa en donde se establecen recorridos físicos y conceptuales en los que intentaba dibujar el vuelo mío y el de las aves. Un gesto delicado, una referencia a ciertos personajes que han influenciado mi práctica durante años: Deleuze, Žižek, Alvin Lucier. Los objetos también tienen una resonancia; los entiendo como sonidos que aún no escuchamos, el sonido también es tiempo plano energético que se reinscribe gracias al cuerpo que se presenta en la jaula, un cuerpo libre a pesar de la contingencia, la sombra: su liberación, extensión a otra dimensión en donde lo material se diluye para mejor inundar el espacio como el aire, las sombras sobre la pared tienden a completar el dibujo físico. Las sombras son también una instalación que se plantea en el más allá de la materia; existen y subsisten gracias al cuerpo y se deben a la luz. Es una afirmación del cuerpo en su totalidad, contemplándolo como punto de ensamble”2.
Lo que es interesante de resaltar de Avistamiento es que se convierte en una obra procesual de larga duración que nos hace reflexionar sobre el problema de las migraciones de las aves, que desconocen las fronteras humanas. Una lección existencial que debería tenerse en cuenta sobre todo en este momento, cuando las fronteras mentales se erigen entre los pueblos impidiendo que el movimiento humano se realice sin dificultad. Mientras las aves van y vienen, los humanos erigen fronteras entre ellos mismos. En este sentido, esta obra propicia una reflexión profunda poética y política sobre la actualidad, justo en este momento cuando se piensa erigir un muro entre Estados Unidos y el resto del continente. Pero lo mismo se puede decir de Europa y África. Por lo tanto, con esta obra, María José Arjona logra interrogar de cerca problemas sobre la contemporaneidad política sin olvidar que el cuerpo sigue siendo ese lugar o topía que encarna las tensiones y contradicciones de nuestra época.
NOTAS
1. María José Arjona, Propósitos sobre Avistamiento. Correspondencia con el autor de este texto.
2. Ídem.
RICARDO ARCOS-PALMA
