Colombia, como gran parte de América Latina, por más que se intente presentar de forma distinta, no dejará de estar signado por la pintura como medio y la narración como estrategia. Esta afirmación puede no tener buen eco, asunto que para nada sorprende, especialmente si tenemos en cuenta que frente a un panorama incierto propio de la falta de claridad sobre lo que se es y se tiene, la búsqueda insaciable de respuestas y novedades ha debido orquestar un repliegue en el tiempo: diseñar una estrategia que explica la atención académica, económica y social sobre los años pasados, para tratar de ver lo que en ese momento se ignoró, y, de alguna manera, rectificar el rumbo perdido.
A lo anterior debemos sumar algunas frases de uso reiterado en los últimos años, tales como "la pintura se agotó"; "las formas del arte son y deben ser otras; hoy el proceso es lo fundamental"; "el dibujo tiene su momento porque no es mediado por la pretensión de ser arte"; "la sociedad necesita artistas comprometidos que trabajen con comunidad". Sentencias de este tipo no han dejado de aparecer desde 1984, cuando Arthur Danto genero un remezón de paradigmas con la publicación de su texto El fin del arte. No obstante, a cada frase de éstas le cabe una contraria, que vuelve la mirada sobre los productores, sobre lo que se hace y, en especial, frente a lo que se legitima como lenguaje.

La discusión sobre la validez del arte, y en particular de la pintura –algo que suele cobrar vigencia en un vaivén cíclico, en consonancia con los ritmos mismos del mercado–, se ve desmantelada cuando el sistema del arte nos permite encontrar un pintor, un artista que, a pesar de lo dicho, y quizá centrado en su terquedad y enajenado en su quehacer, nos recuerde que la pintura es, fue y será el medio con el cual la humanidad recrea sus mitos, conjura los miedos y proyecta su devenir de una manera cuasi chamánica.
Ciertamente, el sistema del arte reconoce en la persistencia la manera más expedita de alcanzar logros. La terquedad se convierte entonces en un condimento propio de la operación creativa. La insistencia sobre un modo de ver el mundo, que no es otra cosa que el principio de lograr nuevos mundos, como los ha señalado Nelson Goodman (1995)1, es un fin no decretado del arte. Por tanto, encontrar un pintor es un alivio trascendente, un bálsamo de regocijo incluso para el más aséptico de los críticos, uno de esos instantes que saca una sonrisa giocondesca.
El año pasado, la galería El Museo de Bogotá presentó lo más reciente de la investigación pictórica de José Horacio Martínez, un pintor con “P” mayúscula, uno que recuerda lo señalado anteriormente, uno capaz de actualizar la vigencia de este complicado medio de expresión. Martínez, quien fue reconocido con el ya mítico Salón Nacional de Artistas Colombianos en 1994, sorprendió con sus Travesías, tal como denominó su muestra, en el marco de la programación de final de año en la capital colombiana. Como cartas de navegación para un viaje ad portas de zarpar, uno que promete llevarnos a dominios inhóspitos, sus pinturas están cargadas de un singular poder que logra involucrarnos en su espacialidad, tan prematuramente, que cuesta dejar de observarla, de habitarla una vez nos enfrentamos a ellas. Un solo vistazo vasta para entrar. No así para salir.
Continentes, islas, océanos, montes, desiertos, selvas, colinas, ríos, lagos, cascadas, cañones, mesetas, nevados, cordilleras, playas, litorales e istmos aparecen y se desvanecen tan rápidamente que no resulta claro que estén ahí. Un parpadeo deja fuera de foco el relato que venía trascurriendo. Cuesta mantener la atención para seguir la ruta, si es que existe alguna.
Entre esas formas se dibujan vías, caminos, senderos y travesías que sirven de guía a la mirada que se torna esquiva. Es inútil buscar un alto en el camino: una vez se ha ingresado, estos mapas comienzan a habitar dentro de uno, toman posesión de nuestros sentidos y nos llevan a pensar distinto, con una lógica que trata de descifrar el gran misterio que allí se esconde. Al cabo de un rato se termina por entender que es otro tiempo, otro espacio, y reconforta saberlo.
Estas pinturas traen cosas nuevas, quizá porque son concebidas con suma conciencia sobre la tradición pictórica más excelsa, combinadas con una lógica divergente y propositiva. Su gran virtud es que no ambiciona nada distinto al juego dinámico de la forma y la comunicación cromática. Ninguno de los formatos presentados en la sala cesa de construirse, parecen no tener una última capa de fijador que pare su movimiento continuo, ése es su secreto. Así mismo, las referencias que emergen y se van dejando atrapar por la mirada recrean incesantemente la relación entre logos y mythos. Apariciones continuas hablan desde su integridad simbólica y no dejan de relacionarse azarosamente con la geografía que habitan y con los otros accidentes o figuras que emergen desde abajo, atrás o arriba. De igual manera, la superficie es una banda orgánica y recrea un sistema fractal que no deja claridad sobre las coordenadas usadas en su diseño. En suma, se trata de una travesía sobre una cinta de Moebius que atrapa con la fuerza del color, la trama del dibujo posible y la sensatez de una pintura distinta y a la vez necesaria.
Mancha pura y azarosa, intervención gráfica eficaz, estampados de sellos y yuxtaposición cromática entre tintas y colores desafían la pintura desde sus postulados canónicos para llegar a formas y conceptos unidos a través del mismo frente: la sublime manifestación atemporal implícita en la noción de viajar.
Cada tela en la sala es un mundo, la sumatoria, un universo. Con sólo un poco de pericia e imaginación se puede entrar en uno y salir de otro; y así, saltar entre ellos con la certeza de que algo de adentro se vino con nosotros. Difícilmente se puede ser el mismo después de traspasar y transitar este cosmos.
Como ya se señaló, habitamos una región de pintores, de cronistas con la mancha. Es gratificante encontrar travesías de este tipo, documentos que desmantelen, con argumentación desde el hacer, que en definitiva es una fuerza más potente que la razón. Cualquier condena contra este medio demuestra con fugacidad que goza de buena salud, que su historia nació con las de las primeras sociedades y que necesariamente seguirá ahí, caminando hasta que camine el hombre en esta travesía misteriosa de la existencia.
NOTA
1. Nelson Goodman, 1995, De la mente y otras materias. Madrid: La Balsa de la Medusa, Visor.
OSCAR ROLDÁN-ALZATE
