Ivana Brenner ha cumplido casi una década de silenciosa pero eficaz presencia en el medio artístico de Buenos Aires, con varias colaboraciones internacionales en Estados Unidos, Francia, México, y en ese lapso realizó, además, dos muestras individuales, Urpflanze, en Alejandra Von Hartz Gallery (Miami, 2011), y la otra en Galería Vasari de Buenos Aires, en la primavera pasada, a la cual dedicamos esta nota.
La primera aproximación general a la exposición en Vasari ofrecía la sensación de una propuesta muy personal tanto desde la vislumbre de la visión del arte de la propia artista como de su comprensión del tratamiento de los materiales, lo que constatamos, además, a través de nuestro diálogo con ella. Como a menudo sucede en el arte contemporáneo, no es el kantiano privilegio por la forma que tiene primacía en la concepción estética de Brenner, sino que el aspecto del material utilizado para la realización de las obras tiene un rol tan protagónico como la forma. En este caso, tanto en su apariencia primera y natural como cuando en estado más avanzado denota las huellas del modelado.

La artista ha optado por trabajar la arcilla y privilegiar ese trabajo y contacto directo de las manos con la materia, nombrada también como el barro de los juegos de la infancia, al que ella señala en su evocación con énfasis e interés como material muy primario. Pero de inmediato se entiende que esa precisa razón la condujo a elegirlo medio expresivo, ya que, a través de la labor del modelado y otros recursos, esa materia tiene la posibilidad de adquirir apariencias que van desde aspectos rústicos a otros intermedios, hasta llegar a los brillos del esmalte o del lustre de oro en sus obras. Es indudable la intención de poner en evidencia distintos estados de la materia. Y esto acompaña el tratamiento e intencionalidad que surgen en la labor de concepción de las piezas. Descartada una noción mimética de la forma, se advierte una intención formal, sin embargo, ex profeso indeterminada que otorga una cualidad enigmática al aspecto de todas las obras. La materia se vuelve misteriosa, arcana.
La vidriera de la galería anunciaba la exposición con una sola pieza, la más grande de la muestra, y que constituía un monumento vertical, natural o intervenido por el hombre, que podría haber sido hallado en un desierto, como si se tratara de una formación de piedra sobre piedra en negro y dorado, y en la cima una forma apuntando al cielo. En el interior, la sala de la galería estaba poblada de esculturas u objetos solos o en grupos de dos o tres obras. Formas cerradas sobre sí mismas, cada una de ellas tendiendo hacia configuraciones esféricas, cónicas, puntiagudas, y otras. Al aspecto abstracto se agregaba una cualidad orgánica, vegetal o animal, o también mineral. Algunas de las piezas eran autoportantes, como tótems de diverso espesor, y otras se apoyaban sobre bases construidas por la artista, paralelepípedos de tamaños diversos alusivos a elementos de la construcción, como azulejos, pero realizados en el mismo material que las esculturas, cerámica esmaltada. Y, parcialmente, por las paredes trepaban pequeñas huellas dactilares en arcilla.
Sin embargo, aun dentro de esta positiva dualidad de Brenner por la materia, por un lado, y por las formas, por otro, para ella el arte surge como medio para explorar el mundo en profundidad, en la génesis misma de la vida, en sus límites extremos y en sus procesos de transformación.
Finalmente, sus formas abstractas no son casuales. Una especie de alcaucil, bajo cuyas hojas blancas se deja entrever una base de oro refulgente; un pez que se agita vivo, con detalles de oro también, y otras representaciones más abstractas que en el cambio de textura y color muestran lo frágil e instantáneo de estados cambiantes en progresión. La cerámica blanca esmaltada, la cerámica negra mate y el misterio de la aparición del oro relumbrante.
Su propia búsqueda estética transita una investigación que refiere simbólicamente a la materia y su estrecho parentesco con la vida, y también con la consciencia tanto humana como universal extendida al cosmos. Sus objetos escultóricos e intervenciones sobre la arquitectura y hábitats –aun siendo estáticos– poseen una identidad cuasi biológica que alude a posibles transformaciones de esa índole. Más allá de ser abstractas, sus obras desafían la percepción y amplían la mirada hacia asociaciones biológicas y alquímicas dentro de esa antigua conjunción de materia y consciencia profunda.
MERCEDES CASANEGRA
