Exposición Individualmar 2016 - may 2016· Por Breyner Huertas

Hugo Zapata

Museo Rayo

BREYNER HUERTAS

Muchas acepciones tienen la piedra para Hugo Zapata (La Tebaida, 1945), entre ellas la de ser la memoria del planeta como una escritura del tiempo. Asociado al formalismo puro, cuando en 1989 Zapata ganó el Primer Premio de Escultura del XXXII Salón Nacional de Artistas, el público y la crítica de ese momento veían en Geografías, la obra ganadora, una alusión al material por el material, es decir, los valores estéticos de la pizarra y el hierro consistían en ser “simplemente” pizarra y hierro. Para José Hernán Aguilar (El Tiempo, febrero 18 de 1989), la obra respondía a un formalismo “frío y despersonalizante”.

Hoy en día, viendo el conjunto de piezas expuestas en el Museo Rayo de Roldanillo se evidencia una contradicción en lo que respecta a la escultura, ya que, aunque relacionado con el formalismo, Hugo Zapata no deja de aludir con sus obras a simbologías y alegorías. Sucede como si la apreciación tuviera que pasar de un extremo a otro, desde lo mudo (la roca es roca) hasta la representación (la lutita, roca material, es una cordillera). Los dos extremos podrían ser “impases” o caminos sin salida.

Hay propiedades en las obras que escapan a las alegorías del artista y que tienen que ver con condiciones materiales. Por ejemplo, el color negro y brillante del interior de la roca lutita, esculpido por Zapata con el fin de magnificar este lado oculto de la piedra, es el mismo color negro que permite pensar que la obra Cordillera se ve como se ven las montañas en la noche, en un plano con matices oscuros levemente identificables. Así que los títulos de las obras dirigen nuestra atención hacia imágenes y conceptos que al artista le parecen importantes en su trabajo, aunque en ocasiones sean asociaciones aparentemente simples, como es el caso de la obra Ciudad, una escultura de pequeños bloques de pizarra que alude con su trazado en retícula a la proyección de una ciudad, una cuadrícula cuya forma parece traicionar la piedra, ya que la formación original del sedimento es caótica. En Ciudad, toda la evolución de la roca se ha racionalizado en cortes rectangulares a diferentes alturas, una condición de lo civilizado.

Exposición Individual: Hugo Zapata  — imagen 1
Hugo Zapata. Cordillera, 2010. Ensamble en roca lutita tallada y cristal. 207 x 48 x 6 cm. (81 1/2 x 18 57/64 x 2 23/64 pulgadas).

Dos estados de la roca entran en conflicto, su estado natural y su estado artificial posterior a la intervención de Zapata. El interior de la lutita, que es negro, sale a relucir a su exterior junto a fragmentos que conservan la superficie original de la roca. En Afloramientos y Testigos, las cabezas de los monolitos son testimonio de ello. Este conflicto de presencias es importante tenerlo en cuenta en la obra de este artista, ya que es un problema que tiene que ver con la apreciación entre “formalista” y alegórica de las obras. Su trabajo va a ir de una postura a otra, ya que la importancia de la escultura comprende tanto el origen de la materia como su historia y su manipulación.

En una entrevista que le hacen al artista, cuenta sobre un médico amigo suyo que tiene una de sus esculturas en el consultorio y un día decide llevársela para la casa, y se da cuenta de que su consultorio deja de ser lo mismo. Creo que la masa de sus piedras se impone, que su color negro da profundidad al objeto haciendo que absorba la mirada y, con ello, la reflexión. Tanto en espacios cotidianos como en exposiciones, las esculturas son como agujeros negros que se tragan el soslayar y que habitan con cierta fuerza oculta o que parecen tener una fuerza oculta. Esta energía tiene que ver con la vibración entre materia natural y escultura artificial (condiciones naturales y condiciones alegóricas), en la que el artista hace equipo con el tiempo para esculpir junto a él estos objetos. Si las rocas son una escritura del tiempo, el trabajo de Zapata es una especie de edición poética y humana de un texto originario.

La mayoría de las obras en la exposición del Museo Rayo son en roca lutita, y una sola obra, en pizarra (Ciudad). Obras como Afloramientos, Flores, Cascada, Cenotafio, Testigos y Cuna abarcan un gran volumen y se levantan como enigmáticos monolitos que parecen poseer en su oscuridad, una potencia aún no revelada. Esta potencia quizá tenga que ver con la accidentalidad de la piedra, ya que desde el hábito de coleccionar piedritas (Zapata colecciona piedritas desde que empezó su carrera de Artes) hasta recoger una piedra del río para triturar plátanos, cada una es un ejemplar único y espontáneo de la naturaleza, que contrasta por su extrañeza e indiferencia con los lugares de habitación humana. La escultura de Hugo Zapata, entonces, trasforma la extrañeza de las placas de roca y domestica un poco su indiferencia. La forma salvaje es pulida hasta lograr un brillo casi irreal, que es el que precisamente le da un toque sofisticado que se ha mantenido en el tiempo, más allá de una moda. Quizá el hombre siempre ha sentido por la roca una atracción que se siente por algo que le excede en historia. Hugo Zapata dice que sus esculturas muestran el paisaje subyacente del mundo.

Hugo Zapata, por Breyner Huertas | artnexus