Desde la segunda mitad del siglo XIX, el género pictórico del paisaje mostró una gran fascinación por dar testimonio de los símbolos de la Revolución Industrial que se acuciaban en el paisaje, comenzando así a documentar la batalla que el ser humano emprendió contra la naturaleza, con la intención de contenerla, explotarla, dominarla y doblegarla a su antojo. Puentes de acero, chimeneas de fábricas que sobresalían como nuevas iglesias y locomotoras humeantes abriéndose camino entre densos bosques, se convirtieron en observaciones modernas acerca del progreso que, poco a poco, conquistaba paisajes milenarios. Acelerando el tiempo en imágenes que nos hablan del impacto que ha causado el hombre en la naturaleza hasta el día de hoy, nos encontramos con la exposición La imposibilidad del paisaje como el reverso de esa idea de progreso supuestamente pro-hombre y anti-natural. La serie de obras de Edwin Monsalve (1984, Medellín) presentadas en esta exposición hablan de la batalla perdida entre el progreso y la naturaleza, hoy en día abordada como el medioambiente.

Como es costumbre en las obras de este artista antioqueño, Monsalve nos sitúa cara a cara con la extinción y el daño causados por el hombre a sus recursos naturales. En otras exposiciones, como Sala de rehabilitación y Prototipos para una naturaleza rehabilitada, sin embargo, Monsalve enfrenta esa muerte ya ocurrida o casi por ocurrir a un acto de creación, de resurrección, que intenta traer la vida a toda costa, si no como remedio a largo plazo, al menos como acto poético y reivindicativo de la necesidad de entrar en acción. Por esto, por ejemplo, en otras ocasiones hemos encontrado árboles que durante el tiempo de exposición se sometían a un proceso de sanación. En La imposibilidad del paisaje, sin embargo, nos hallamos frente a una serie de obras que reflexionan acerca de las consecuencias de perpetuar el seguir viviendo en una economía basada en la energía fósil. El artista visualiza de forma gráfica, casi esquemática, derrames de petróleo en el mar como vehículo conductor del mensaje.
En La imposibilidad del paisaje, el artista nos revela, con un lenguaje visual clínico y objetivo, las grietas de un desastre natural del que somos testigos y del que se nos obliga a tomar una distancia creada por el carácter de estudio científico que tienen las obras. Como si fuera una gran maqueta de un paisaje diseñado a priori, pero distópico en su realidad y frialdad de ejecución, vemos la blanca punta de un iceberg que flota en un reflectante mar de crudo –inspirado en la obra 20/50 del artista británico Richard Wilson–, sostenido por la estructura de una plataforma de extracción petrolera, mientras que la negra parte subyacente se esconde bajo la misma. En el políptico Sin título, la presencia de un factor natural que velaba por la esperanza de la vida es sustituida por el empleo de crudo real –extraído de un yacimiento del Carmen de Bolívar–, con la intención de transformar el soporte de forma abierta y desconocida. Como metáfora del impacto de los vertidos de crudo en el medioambiente, y por ende en nuestras vidas, Monsalve invita a presenciar un proceso de destrucción, y no de sanación, abriendo otra forma de concientización basada en una alerta real, más que en la esperanza de la vida.
El dramatismo de la invasión del petróleo en el mar, invitada a ocurrir sin remedio por el propio ser humano, subyace, pero se hace explícito porque la reflexión visual del artista nos muestra un paisaje ya intervenido y transformado que se desglosa delante de nosotros como si fuéramos testigos de una estadística más. El verdadero drama sofocado de esta exposición se encuentra en tres puntos clave de la misma, encontrados en las dos obras citadas: por un lado, en el reflejo que nos devuelve el mar de crudo, convertido en un espejo, una vanitas álter-moderna, que absorbe nuestra presencia; por otro lado, en la punta negra del iceberg que, escondida bajo ese mar, grita la realidad del desastre, y por último, en el crudo real, de procedencia local, que poco a poco irá transformando el soporte original, imposibilitando la vuelta al origen, cuya esencia sólo quedará registrada en la memoria del documento fotográfico. Elementos que algún día simbolizaron el progreso y una batalla más ganada a la naturaleza se leen hoy en día como artefactos nefastos que van poco a poco aniquilando el paisaje, negando la propia posibilidad de su existencia. En el mundo creado por Monsalve, las consecuencias de los desastres naturales se instalan como punto de partida de la transformación del paisaje. Lo que tememos no está por venir, si no que ya ha llegado. En este sentido, su obra se lee como una llamada de atención severa sobre el rumbo que todos afrontamos sumidos en el reflejo de un mar de oro negro.
CARIDAD BOTELLA
