Coproducido por el Jeu de Paume, la Fondation Nationale des Arts Graphiques et Plastiques y el CAPC (Museo de Arte Contemporáneo) de Bordeaux, el video del mexicano Edgardo Aragón (1985) intitulado Mesoamérica: The Hurricane Effect (El efecto Huracán) (16’ 20’’) se presenta en el Jeu de Paume, en el marco de la programación Satellite 9. Esta novena edición, bajo el nombre de Notre océan, notre horizon (Nuestro océano, nuestro horizonte), nos presenta –como lo indica el catálogo– nociones de identidad oceánica e identidad terrestre, dos prismas a través de los cuales puede cada cual enfocar su relación con el mundo. Otras cuatro exposiciones personales, las de Patrick Bernier y Olive Martin, Guan Xiao y Basin Magdy, integran el proyecto Satellite 9. Acompañado de una serie de diez mapas de México intervenidos por Aragón, este video tiene por objeto denunciar la injerencia norteamericana en una región del sur de México, el estado de Oaxaca, y más exactamente, la península de Cachimbo, a menudo devastada por violentos huracanes y también gangrenada por la emigración, la corrupción y los carteles de la droga. El tema que aborda Aragón (nativo de esta región) es eminentemente político, y el objetivo del artista es llevar al espectador a tomar consciencia de estos problemas a través de una serie de imágenes con las que se pretende construir un discurso artístico y político que induzca un efecto de indignación y/o resistencia.

La resistencia es una de las características de la historia del estado de Oaxaca, uno de los más pobres de México, junto con los de Chiapas y Yucatán, estos últimos también con una fuerte población indígena. Esta región cultiva una tradición de oposición que vio a Benito Juárez, futuro primer presidente indígena, afrontar a los franceses y vencerlos en 1864. Dos artistas perpetúan esta tradición: para Francisco Toledo, “el insurgente” (Olivier Debroise) es la lucha y su adhesión al municipio libre de Juchitán, implementada por la COCEI (Coalición Obrero, Campesina, Estudiantil del Istmo) en 1981; para Alejandro Santiago (1964-2013) es el tema del exilio, con sus 2501 esculturas en barro cocido que representan a los migrantes de un pueblo despoblado de la Sierra huyendo de su miseria endémica rumbo a Estados Unidos. En 2006, bajo la presión de los huelguistas del Ministerio de Educación y de la población que pide la renuncia del Gobernador, la ciudad de Oaxaca es ocupada durante seis meses por las fuerzas policiales. Esta ocupación va a provocar un inmenso movimiento de solidaridad de los artistas, quienes, con el fin de apoyar al movimiento de oposición, realizarán plantillas para pintar propaganda callejera, así como videos, performances, grabados y afiches.
No cabe duda de que el fondo de la problemática abordada por Aragón es acertado, pero es tal vez la forma la que resulta cuestionable. En efecto, ¿es suficientemente claro el mensaje que envía la yuxtaposición de imágenes de desolación, las casas en ruinas, la voz en off de los damnificados, los campos abandonados, la sequía, las cercas de alambres de púas, los cultivos ausentes o la naturaleza en estado salvaje –espectáculo de miseria que contrasta con el flamante parque eólico situado apenas a ocho kilómetros de Cachimbo–? Cuando Edgardo Aragón nos cuenta que ese pueblo (o, más bien, ese pueblo fantasma) no tiene electricidad y que a él le toca arreglárselas con una batería de carro para cargar su celular y hacer funcionar el ventilador, el espectador comprende que el artista quiere hacernos reflexionar sobre la brecha que separa el proyecto norteamericano y la realidad mexicana actual, pues, según la curadora de la exposición, Heidi Ballet, “Mesoamérica es también el nombre con el que se conoce a un proyecto de adecuación e integración de varios millones de dólares, financiado por los Estados Unidos, que tiene por objeto contribuir al desarrollo de la región a través de inversiones en las redes de infraestructura, energía, telecomunicaciones y transporte”. Pero no todo es desesperanza (para el artista), puesto que invoca a Andrés Henestrosa, escritor y político nativo de Cachimbo, mostrando un ejemplar de su libro Los hombres que dispersó la danza y haciendo leer en voz alta, a un habitante de Cachimbo, fragmentos de una antigua leyenda zapoteca.
Las imágenes de Aragón no vehiculan violencia intrínseca; son violentas por la situación que muestran o permiten suponer. Plantean la pregunta del sentido de las imágenes y su recepción por parte del espectador. ¿Las imágenes deben ser violentas para convencer? ¿El discurso visual debe ser suficientemente estructurado conceptual y políticamente para alcanzar su objetivo, o bien es la imagen bruta la que produce el sentido? El quid del asunto aquí es la eficacia intelectual de la relación entre la idea y el formato en que se expresa. En la vitrina de otra sala, varios mapas, coloreados a mano, abordan las plagas que azotan a México, tales como los carteles, la dominación del antiguo PRI, la emigración de la población y el tren La Bestia que atraviesa el país. Cabe igualmente mencionar el pueblo de Ayotzinapa, donde 43 estudiantes desaparecieron, sin que su muerte haya sido esclarecida. Estos documentos complementan la propuesta de Edgardo Aragón que muestra una cartografía en donde la esperanza va de la mano con lo insoportable, el todo vehiculado por la transmisión oral y escrita de las ricas tradiciones culturales locales.
CHRISTINE FRÉROT
