La sinestesia es uno de los recursos fundamentales del arte. Abrir una puerta y salir por una ventana, cavar un túnel entre dos habitaciones. Unir dos sensaciones que provienen de distintos sentidos.
La artista Cecilia Paredes (Lima, 1950) trabaja en gran medida desde la sinestesia, combinando formatos y construyendo un universo propio en el que se funden las experiencias vitales, la memoria histórica y la subjetividad. El propio título de la exposición Oyendo con los ojos, en Tabacalera Promoción del Arte, alude claramente a esa intención de mezclar percepciones sensoriales. Paralelamente la Galería Blanca Berlín presenta Me gusta más ciento volando y ni uno en la mano, una muestra de la misma autora que pone de manifiesto la creciente presencia de Perú en los circuitos artísticos actuales.

Las dos exposiciones han resultado ser complementarias. Si en la galería se muestran obras de menor formato, en Tabacalera Promoción del Arte se presentan aquellas con mayores necesidades espaciales, como las instalaciones. Los comisarios Alejandro Castellote y Blanca Berlín han hecho un trabajo excelente, ya que las etéreas obras de Paredes se integran perfectamente en el dispositivo industrial.
En este sentido, Manto, la primera obra de la exposición en la nave de acceso, resulta impactante: una instalación hecha a partir de fragmentos de coral anudados con hilo de cera. La escasa iluminación le da un aspecto de animal marino flotando. Muy cerca hay una mesa en la que el colectivo de arte y educación Pedagogías Invisibles invita a los visitantes a depositar un objeto como parte de la mediación de la exposición. Un ready-made a modo de recuerdo autobiográfico que tiene mucho que ver con la propuesta de la artista peruana.
Uno de los mayores aciertos de la propuesta curatorial es sin duda el formato tridimensional. Ucayalí alude al río de la Amazonia peruana y consta de catorce palos de agua activados por unos motores de rotación. El giro permite escuchar el sonido de la percusión interna de los palos de agua de manera ininterrumpida. De hecho, se escucha a lo largo de toda la exposición. Se genera así un ambiente envolvente, vegetal, espeso, que contrasta con el frío y la amplitud de la arquitectura industrial de Tabacalera. Como curiosidad, venir al final de la tarde y en pleno invierno madrileño añade cualidades corporales que resultan un acierto precisamente por el contraste.
Algo más evidente pero tremendamente visual es la pieza Migración, que consta de siete barcos de alambre que cuelgan del techo. Las sombras se proyectan en el suelo y, una vez más, hay un efecto de extrañamiento, de historia contada a medias, de percepción desde el fondo del mar.
Las fotoperformances En tus alas, Paisaje azul o Ruta del bambú, entre otras, introducen un formato distinto: la fotografía aplicada a una acción de bodypainting en la que la artista se camufla con el fondo. En estas series aparece otro de los aspectos fundamentales de la exposición: la teatralidad, es decir, la capacidad de generar representación. Igual que en Armadillo o Papagallo, la mujer retratada es la propia artista, que se va metamorfoseando en distintas figuras. Cabe señalar que en la obra de Cecilia Paredes hay algo que la distingue de un simple tópico: la fuerte presencia material y la propuesta estética. Hay algo pictórico, incluso físico, en sus obras.
En una línea más emocional, las obras Plegaria, El deseo y La culpa se construyen como grandes instalaciones escénicas en las que el espectador forma parte de una alienación suspendida. La pieza Habitación presenta unos grandes paneles de cobre que hacen referencia, por un lado, al cuarto del emperador inca Atahualpa, y por otro, al principal material exportado de Perú. De manera metafórica, la obra también habla de las condiciones precarias en las que están inmersos los trabajadores de las minas. Un tema cada vez más tratado por los artistas peruanos, por la paradoja que supone.
Si en Tabacalera se han dispuesto los grandes formatos –la parte más performativa y escultórica–, en la Galería Blanca Berlín se han mostrado los formatos bidimensionales y de menor tamaño. Por supuesto, hay temas transversales que atraviesan ambas: la mitología, la metamorfosis, lo ornamental y la memoria. Las obras All together now II, Aracne o Todo pasó tan rápidamente son ejemplos de ello. Pero en la galería hay una presencia mayor de lo narrativo, el fragmento, casi a la manera de Kiki Smith. Así, la artista recurre a técnicas como el collage o el tejido, que tienen una connotación más próxima, íntima, manual. Es recurrente la iconografía animal, con la que se siente muy identificada, sobre todo los animales solitarios.
Los trajes infantiles, tan característicos de Paredes –que también tienen representación en Tabacalera–, hablan de esa pequeña escala y del imaginario genealógico de la artista: el mundo femenino, el traje como proximidad, como “hábito”. En ellos combina distintos materiales, como en el caso de Mímesis, en el que el organdí se entreteje con espinas de puercoespín.
También en la exposición de Blanca Berlín se incluyen temas cartográficos, como política del espacio. Las obras Migración e Inmenso Mar revelan el interés de la artista por acercarse a lo exterior desde una subjetividad casi “líquida” y sensorial.
La obra de Cecilia Paredes es, en definitiva, una apuesta por recuperar la experiencia propia a través de lo material y la percepción del cuerpo; una sinestesia volátil que, sin embargo, funciona.
ANA FOLGUERA
