Desde la calle, la galería permite al espectador ver una peculiar obra nueva de Beatriz Milhazes. Tridimensional, suspendida del techo, como si una de sus pinturas estuviera pegada allá arriba y sus numerosos anillos, caireles, círculos, cuadrados, lluvias de hilos metálizados y tiras de colores alternos se fueran desprendiendo y deslizando hasta constituir esta escultura de corte en zigzag circular que roza el piso. El espectador ha tenido oportunidad de ver “Milhazes” en las paredes. Ahora, también ve “Milhazes” en el espacio, en una tridimensionalidad transparente, un tanto reflexiva, con ondulaciones, esferas y líneas de materiales diferentes. El trabajo de esta artista brasileña de presencia internacional es personal. En él confluye el mono-transfer, un collage con medios de decal que ella ha inventado y realiza. Estos son rasgos técnicos autogenerados –que para ella son fundamentales– que vinculan la pintura, la estampa y el collage en originales únicos. Asimismo, habitan su obra elementos del verbo popular del carnaval y de la música de Brasil, y de éste atesora la intensa naturaleza, así como el concepto y desarrollo debido a la arquitectura paisajista de Roberto Burle Marx, un creador aun no suficientemente reconocido. Milhazes y Burle Marx, de generaciones distantes y caminos profesionales bifurcados, revelan la magnificencia de la naturaleza en ese país. Tan variada es que se encuentran semillas, hojas y flores ad infinitum, y las poblaciones de tierra adentro hacen collares, objetos y textiles con fibras que aún no se han catalogado científicamente. Mientras, los elementos recién mencionados confluyen en armonías y desarmonías en el taller de Beatriz Milhazes, contiguo al Jardín Botánico en Río de Janeiro. No hay duda de que esto es una motivación natural y poderosa que la mantiene a distancia del neoconstructivismo y del arte conceptual, las dos corrientes con las cuales Brasil sobresale en el mapa internacional de los siglos XX y XXI.

Hace unas dos décadas, Beatriz Milhazes comenzó a exhibir en Nueva York sus barrocas, coloridas y alegres pinturas y estampas. Esta ciudad, intensamente urbana e intelectual, conocía aspectos de exotismo cultural propios del Caribe, de Asia y de África. Beatriz Milhazes abría un camino diferente, auténtico, no comercializado ni turistizado. Lo suyo era serio y lúdico, concentrado en flores al principio, que luego integró rayas y geometría, que nos llevan a caracterizar la obra de esta artista como una carioca intelectual. Desde sus inicios profesionales, Beatriz Milhazes ha ejercido sobre todo pintura, collage y estampa. Por otra parte, para su hermana Marcia, bailarina, ha desarrollado escenografías. Dado que éstos son trabajos concebidos como no perdurables, no se exponen a la venta como sus obras autorales. Esta dicotomía ha alimentado más el interés de Beatriz Milhazes en el campo de lo espacial dentro del cual llevó a cabo Gambo, el encargo con piedras preciosas de Cartier, el proyecto de piso cerámico para Fundación Bayeler, en Suiza, mientras continuó atesorando su deseo de hacer escultura. La experiencia de muchos años de trabajo de la artista con Durham Press y el hecho que éste es un taller altamente entrenado permitieron atender las interpretaciones físicas de lo que Milhazes ansiaba realizar. En ellas viene trabajando desde hace más de cinco años, en especial con Jean-Paul Russell, con Ann Marshall y el equipo de Durham. Han producido Marola, Mariola, y una tercera obra que no se ha exhibido aún (de cada una se hacen tres originales numerados). La artista sabía que no quería hacer ni un móvil, ni estereotipos de belleza, y estaba abierta a los diversos materiales, que fueron probando hasta que Milhazes encontrara lo adecuado.
Los aspectos un tanto rústicos debidos al proceso monotípico en sus pinturas no aparecen en las esculturas. Aquí el decal no se hace presente. El título anticipa esta situación. Marola refiere las ondas que dejan las olas al retirarse de la orilla. Y Marola pueden ser los tesoros que reverberan en los cristales de arena de la playa. Al enfatizar la multiplicación de las formas crea unas esculturas de conjuntos que evitan lo macizo y que se expanden dentro de un territorio escultórico diferente al contexto hasta ahora recorrido por la escultura de nuestro siglo y del anterior. Detalles y ritmos son sinónimos en su obra y se manifiestan como elementos gráficos. El lector que no ha visto la exposición de estas nueve pinturas y dos esculturas puede imaginarse una relación de “desprendimientos” de sus trabajos en acrílico y bastidor. Hay superposiciones y transparencias de formas y materiales diferentes que no se anulan unos a otros sino que actúan en sinergia. El metal predomina en lo tridimensional mientras que en las pinturas en acrílico acontecen pocas figuras llenas, más bien son contornos, entrecruzamientos, contorsiones y numerosas secciones gráficas de punteados, lluvias, olas y flores. Lo lúdico y no rígido de Marola es una visión simbólica de la sociedad transglobal actual, llamativa, integrativa y un tanto superficial.
GRACIELA KARTOFEL
