Con notable profundidad conceptual y pericia formal, las obras de Adriana Lestido (Argentina, 1955) suelen invitar a la reflexión poética, a la preocupación política. Su lírica mirada se vuelca en inolvidables retratos, en sobrecogedores paisajes, incluso en las fotografías que retratan sentimientos, ausencias y pesares. Con su última exposición, México, la fotógrafa promedió un año 2015 en el que mostró su trabajo en Nueva York y además realizó tareas de curaduría. Y, como es habitual, continuó brindando talleres para artistas, donde su destreza y práctica fotográfica se transmiten con una pasión que roza la búsqueda de la trascendencia.
Los talleres de Lestido, tanto en la montaña como en el mar, son para los artistas una experiencia fundamental, dirigida a aprender a mirar, tanto para afuera como hacia adentro. Maestra más que respetada, ella es una guía para que esto suceda. Los talleres no tienen difusión pública, y Lestido es quien convoca a aquellos que tienen un verdadero interés de participar. Se sabe, siempre se quedan más de veinte personas con ganas de asistir a cada encuentro.

La muestra México, desplegada en Rolf Art –galería especializada en obras que exploran el video, la instalación, la fotografía y sus límites–, reúne dos impresionantes ensayos fotográficos consumados hace más de cinco años en suelo mexicano. Fue entonces que la artista y curadora mexicana Patricia Mendoza la convocó para relevar fotográficamente zonas forestales, en ocasión del Año internacional de los bosques; y así nació México. Lestido, que trabaja el concepto de serie, llamó Hierve el agua al otro estudio. Toma su título de un alucinante sitio –probable lugar sagrado de los antiguos zapotecos, en el estado de Oaxaca– repleto de milenarias cascadas petrificadas de origen natural en las que, sí, hierve el agua.
La selección, presentada en pequeño formato, en la galería de Recoleta, con curaduría de Adriana Lauria, da cuenta del valor estético de su trabajo en combinación con la frecuente densidad crítica de su mirada. Esto es visible, especialmente, en la serie México, registrada en Durango, Ixtlán de Juárez, Oaxaca, Quintana Roo, San Juan Nuevo de Michoacán. Aquí celebra el ciclo de concientización instituido por Naciones Unidas en 2011 para cuidar los bosques y, al mismo tiempo, da cuenta de su deforestación. Desde tiempos ancestrales, allí se extrae la resina de los árboles con la que se fabrica goma de mascar.
Lestido capta de manera única y sorprendente la luz y el aire que parecen envolver a los seres humanos y a la vegetación, que se revelan por instantes de manera nítida y por momentos inmersos en una atmósfera neblinosa, como de otro mundo. El papel fotográfico baritado que utiliza en sus copias contribuye a la expresión suave o tersa de los parajes visitados y de las acciones de los hombres. Los vapores naturales de ciertas regiones se intercalan con el humo de los hornos de carbón (donde se cuece la resina), con el brillo de la transpiración de los cansados trabajadores. La presencia de los obreros es escasa, mayormente se ven las huellas y consecuencias de sus maniobras.
También de otro mundo son los asombrosos paisajes Hierve el agua y las espléndidas imágenes logradas en ese sitio de dificultoso paso, tomadas por Lestido en un alto de su viaje por México. Las vistas de esta región arqueológica y de interés turístico, con precipicios, piletas naturales y escasas pinceladas de vegetación desértica, trasuntan un aire metafísico. Son maravillosas imágenes para soñar e invitan a dejar volar la imaginación. “El placer de su mirada se transmite en la sensualidad con que se detiene en las texturas de las rocas”, apunta la curadora Lauría, quien subraya los indicios de la presencia de la artista en “la sutil composición de ropas liadas junto a los borceguíes que ocupan el centro de una incierta superficie cuajada de reflejos ondulantes”.
El conjunto de las imágenes –tomas analógicas, en blanco y negro– interpela al ojo del que mira por su belleza y por su contraste, por ofrecer un potente testimonio tanto del trabajo de la naturaleza como el de su destrucción. En todas, aún en las fotos con figuras humanas, pareciera persistir la soledad.
La sensación de melancolía quizá sea el resultado de conocer la trayectoria de las imágenes –mujeres presas, madres adolescentes, madres e hijas, paisajes despoblados y ascéticos interiores–, en las que la ausencia de lo masculino predomina. De hecho, la imagen que la hizo conocida como fotorreportera fue Madre e hija de Plaza de Mayo (1982), una mujer y una niña que reclaman por alguien desaparecido. Lestido dice que su trabajo cuenta “una sola historia”. Las fotos narran ausencias, pero también esperanzas, transmiten cambios y permanencias, trasuntan quiebres y reconciliaciones; son un bello destello de la vida misma.
VICTORIA VERLICHAK
