La obra de Rodolfo Morales posee una frescura y una imaginería totalmente populares. En ella tienen mucha más preponderancia las fiestas sacras y las propias del pueblo que las cívicas, costumbres que son, a la postre, las que conforman la historia y el acontecer de una comunidad.
SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS
“El pueblo era muy solo, no había nada absolutamente, la gente sólo se dedicaba a trabajar, a la religión, a ir a misa y al rosario. Eso era todo, pero muy a menudo, casi dos veces por semana, había un asesinato en el pueblo y entonces el pueblo tomaba vida porque todo el mundo salía a ver al asesinado. Uno como niño era casi siempre el primero en llegar y veía aquel cadáver tirado, la sangre en la tierra. Después de eso ya tenía el pueblo para comentar la vida del asesinado, de toda su familia y del que lo asesinó. En el velorio se daba chocolate y se cantaban alabanzas toda la noche. Todo eso me quedó muy grabado” 1.
Lo anterior es un recuerdo de la infancia de Rodolfo Morales en su natal Ocotlán, Oaxaca, donde nació en 1925. Una buena parte de su pintura actual está marcada por una infancia medida por asesinatos dos veces por semana, el paseo del cadáver por algunas partes del pueblo siendo escalas obligatorias el palacio municipal y la casa del rico de la comunidad.
Así mismo recuerda también que “Desde niño me costaba mucho trabajo jugar a las canicas, a los trompos, a la pelota; no podía atinarle a otra canica, nunca pude bailar un trompo. Eso hacía que me aislara y contemplara otras cosas, iba a ver las iglesias por dentro, los adornos; de ahí me vino el gusto por la arquitectura colonial” 2.

Rodolfo Morales tiene buen cuidado de incluir siempre en sus cuadros, aunque sea algunos pequeños detalles arquitectónicos. En algunos casos éstos no tienen una gran preponderancia dentro de la composición, pero siempre están presentes. Algunas veces casi podría decirse que una cúpula, una torre o un conjunto de arcos de portal, son los personajes principales de la pieza.
La arquitectura —sin embargo— no está planteada en su pintura como una copia fiel de las construcciones originales ni mucho menos posee un carácter folclórico que tienda a revitalizar el espíritu étnico y lugareño. Ella aparece como parte de un paisaje, como uno más de los elementos que llenan el cuadro y que, dada la fuerza casi geométrica de esta disciplina, en no pocas ocasiones marca la pauta compositiva del cuadro.
La arquitectura es “de las pocas cosas que he descubierto solo. Desde niño me llamaban mucho la atención las iglesias, las bóvedas... ya después, con el tiempo, supe que eso era arte colonial”3.
Al derecho o de cabeza, los edificios que reconstruye Rodolfo Morales en sus cuadros no son siempre ejemplos clásicos de la arquitectura colonial. En muchas ocasiones nos topamos con las fachadas clásicas de las casas de pueblo, con las conocidisimas arcadas o con las ventanas de reja por las que tantos poetas románticos han derramado litros y litros de tinta enamorada. La reconstrucción arquitectónica que lleva a cabo Morales en sus pinturas es totalmente apegada a la de su pueblo, a la de tantos pueblos que, sin ser visualmente memorables, tienen un estilo más o menos determinado que los diferencia, al menos, del pueblo vecino.
Uno más de los temas recurrentes de este pintor oaxaqueño son las mujeres. En muchos casos aparecen sólo los pies de éstas, en multitud, atropellándose casi. Cuenta él que, estando muy pequeño, sólo podía asistir a las fiestas del pueblo o de la familia como simple observador. Así, confinado a uno de los rincones del patio o del salón en donde se efectuaba el baile, se tiraba al suelo con la barriga para abajo y observaba únicamente lo que entraba “a cuadro”, es decir, pies, zapatos, tobillos y, ocasionalmente, pantorrillas y patas de sillas y mesas. Durante su infancia temprana, él pensaba que, así como al hombre por el hecho de usar pantalones y vérsele con esta prenda el nacimiento de los muslos, la mujer, por usar falda, tendría una especie de par de piernas muy cortas que iban del tobillo a la rodilla y que de ahí para arriba serían todas de carne, como si en ese sitio empezara un tronco largo e interminable que las faldas generalmente muy amplias de la mujer de Oaxaca, ocultaba por su fealdad y desproporción.
Su madre tenía un taller de costura al que asistían numerosas mujeres del pueblo. Todas ellas hablaban, contaban historias y gestaban chismes y vestidos. Rodolfo, niño, compartía esas tardes atento y observador aprendiendo tal vez de memoria a la mujer que en su edad adulta pinta casi siempre de perfil; ¿será porque raras veces se dirigían a él en la plática y sólo las observaba con el cuerpo enfrentado a otro interlocutor? La razón es lo de menos. Ahora ellas aparecen con tal recurrencia que es imposible desligarlas de su trayectoria pictórica.
Como novias vestidas de blanco ellas están siempre a la espera; vestidas con ropa común y de calle ellas igual se miran entre sí, paradas o tocando algún instrumento musical. Raras veces hablan; en sus bocas, como en los cuadros de Rodolfo, las anécdotas están ya muy lejos: quedan momentos, quedan hechos, quedan historias de sueños que sueñan al momento de pintar.
Abundan aquí los espíritus. Se revalida la creencia popular de que las almas que salen del cuerpo —una vez que éste ha muerto— tienen la configuración exacta del ser que las contenía y que ha iniciado ya otra etapa en su existir (¿o en su dejar de existir?).

Mujeres transparentes transitan de un lado a otro del cielo, de pared a pared, siendo sombras de nada, siluetas, presencias. Casi todas vuelan, las corpóreas y las que no lo son. Rodolfo es un convencido de que el ser humano debería volar, transportarse de un sitio a otro ya no en los trenes que tan seguido aparecen en su pintura y que más parece que han estado ahí desde siempre y que no van a ningún lado; ya no en los aviones que cuelgan suspendidos por una extraña fuerza que los mantiene alejados de la tierra; ya no en las nubes que a veces son simplemente la cola del vestido de alguna novia a la que nunca le llegó la pareja. El hombre debe volar, así nada más, volar junto con el viento que mueve las banderas de la escuela o del palacio municipal, volar así de fácil, sin aletear, sin más impulso que el deseo de hacerlo, sin más destino que los ojos de Rodolfo Morales para que constate que sí se puede hacer.
Las mujeres en su pintura también sufren. En una de las composiciones que puede ser vista invertida (intencionalmente Rodolfo ha firmado el cuadro en ambas direcciones para acentuar este juego visual que ya estaba dado de por sí en la propia estructura de la pieza) ellas cargan su propia cabeza como si fuese el hijo o el bulto que se lleva por la vida sin remedio. A sus pies, perros criollos que son los que acompañan al acontecer nacional, los solidarios de mujeres que cargan sus propios pensamientos como los testigos de los asesinatos que se daban de a cuatro por mes en el Ocotlán infantil de Rodolfo Morales.
Ha escrito Luis Carlos Emerich que “Morales no ha ‘adoptado’ modos de expresión plástica popular, pues son suyos por derecho propio. Morales es pueblo, pero pueblo desbordado. Dice sencillamente cosas tan complejas a través de imágenes reconocibles que excitan otros niveles de percepción. La vida cotidiana va más allá de la vida, a la razón del espíritu y su destino, su caducidad y su eternidad, la muerte del sueño de la vida y el sueño de la vida y de la muerte, el destino final como trance incierto y camino hacia él como única certeza, no importa si augurada la Gloria o el Infierno o una comida familiar” 4.
Multitudes enteras se congregan en sus cuadros. A veces los vemos tras los portales y hasta en las ventanas del mismo edificio, sus cabezas solamente, ya no cupieron los cuerpos. A la pregunta de este apeñuscamiento la respuesta rápida y sencilla: “¿Qué no te has fijado cuando llueve cómo toda la gente se refugia?”5.
El color en la pintura de Rodolfo Morales es de tonos más bien “serios”. Antonio Rodríguez lo ha descrito como “tan aparentemente festivo’, tan epidérmicamente ‘mexicano’, lleva en sus entrañas, que es donde el color auténtico nace, una grave y austera armonía, como si fuera un color nocturno que se engaña a sí mismo con promesas de sol”6.
La composición en la obra de este pintor dista mucho de ser lo que podría llamarse ortodoxa. El arma sus cuadros sin trazo previo alguno. La perspectiva en ocasiones es circular y en algo recuerda a M.C. Escher, sobre todo cuando el tema del cuadro son las construcciones de su pueblo y un poco menos aunque dentro de este rubro también, las mujeres que parece que habitan una cúpula y que caminan en ella desde hace siglos, vestidas de novias, persiguiéndose unas a otras siempre en el mismo sentido, tocándose sus hombros como si “hicieran filas” en la primaria, tomando la distancia exacta entre la compañera de enfrente y la de atrás (esa distancia exacta es la que mide el brazo estirado que posa su mano en el hombro de la de enfrente y la separa así un espacio prudente).
“Yo nunca entendí eso de la sección de oro. ¡bayo a las pláticas de Diego Rivera y lo escuchaba y todo, pero nunca le entendí. Yo creo que compongo así mis cuadros porque de niño ponía muchos altares, compraba papeles de china de muchos colores y los hacía, los decoraba. No compongo. En mis cuadros no hay líneas de composición. Eso quería hacer pero nunca pude”7.
La obra de Rodolfo Morales posee una frescura y una imaginería totalmente populares. En ella, tienen mucha más preponderancia las fiestas sacras y las propias del pueblo que las cívicas. Cuando en su pintura aparece algún busto de un héroe, se ve casi irónicamente. No así la iglesia, no así las costumbres propias de la gente del pueblo, costumbres que son, a la postre, las que conforman la historia y el acontecer de una comunidad.

Al igual que sus cuadros, estas costumbres no tienen nombres. Cada quien le pone el que más le recuerde una situación determinada. Entre tanto, siguen los cortejos fúnebres recorriendo el pueblo.
El cadáver al frente abriendo paso con su muerte a los vivos que vienen detrás. La memoria de Rodolfo Morales niño que miraba insistentemente los zapatos de las mujeres que asistían al entierro, caminando despacio, arrastrándose con suavidad, los perros que iban detrás cerrando el desfile de llanto y música y ya después, en la madrugada, un par de borrachos que cantaban nueve días después “los alabados”, llenando con sus voces disparejas y tristes, afectadas por el mezcal y el cansancio, un pueblo con una luz que apenas le empezaba a llegar, que todavía era mortecina, dudosa, presagio aún del sol que todo aplana, que todo alumbra, que todo pinta.
NOTAS
1. Shapiro, Estela y Ríos, Juan Francisco. Imagen y presencia.
Capítulo sobre Rodolfo Morales, p. 80 editado por la Galería Estela Shapiro, diciembre 1985, México.
2. Sesín, Saide. El oaxaqueño Rodolfo pinta una realidad entre los sueños y la vigilia. (primera de dos partes). Diario Unomásuno, febrero 13 de 1989, p. 23 México.
3. Entrevista inédita con Rodolfo Morales realizada el 14defebrerode 1989 en la ciudad de México por Santiago Espinosa de los Monteros.
4. Emerich, Luis Carlos. Rodolfo Morales: La provincia infinita. Diario Novedades enero 2 de 1987, p. C-3 México.

5. Entrevista inédita. Op. Cit.
6. Rodríguez, Antonio. La nostálgica compañía de la soledad. Editado por el Instituto Politécnico Nacional. México, 1981.
7. Entrevista inédita. Op. Cit.
SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS
