"A finales del siglo veinte —parece decir la fábula de Azaceta— los humanos vivían en ciudades repletas e ingobernables, enjaulados como ratas en pequeños cubículos oscuros o alimentándose de carroña en las calles. Ya habían inventado maneras asombrosas de causar dolor los unos a los otros: armas de fuego, cuchillos, drogas, tortura física y mental. Terminaron por exterminarse".
La historia de Azaceta es espantosa. La está pintando desde hace veinte años. Desde el expresionismo pop de los años setenta, pasando por la icónica imaginería de sí mismo a comienzos de los ochenta, hasta los emblemas descamados de los últimos cinco años, el relato que se repite es siniestro —la capacidad trágica de los seres humanos para cometer actos de violencia y autodestrucción.

Antes de salir de Cuba, a los dieciocho años, Azaceta ya había experimentado la violencia de primera mano como testigo de balaceras y atentados con bombas. Entre 1960-1963 tuvo una serie de empleos extraños en Nueva York, incluyendo un puesto en una fábrica de botones. El día que fue asesinado el presidente Kennedy, Azaceta compró su primer juego de pinturas y brochas.

A lo largo de sus años de estudiante, trabajaba en el estilo abstracto racional y geométrico del arte del Noreste y del establecimiento académico. Un viaje a Europa al finalizar sus estudios en 1969 le abrió los ojos a la figuración expresionista —Bosco, Goya, Bacon—. Aún su obra más temprana en este estilo —una inquietante serie de choques automovilísticos en 1970— revelan una extraordinaria maestría de los componentes estilísticos y conceptuales de este estilo.

A lo largo de los años setenta, Azaceta trabajó en un estilo de tira cómica que él describe como de “pop apocalíptico”. El amplio humor y la gama de colores estridentes fueron el registro de sus impresiones fundamentales de la violencia caótica de las calles de Nueva York. Detrás del humor tumultuoso, el mensaje era sumamente serio: los centros urbanos nos deshumanizan. Cada vida está en peligro. El mensaje no era agradable ni cortés. Azaceta siempre lo ha pintado tal como lo siente —con realismo, pasión y humor, este último una característica de la idiosincrasia cubana—.
La Serie del Metro (1974) es una recapitulación de su primer estilo. Las áreas planas de color alternan con graffiti pictóricos y clavados a manera de aguadas. Recortes de tela aparecen inesperadamente; los colores discordantes y las formas audaces gritan un mensaje urgente. Azaceta pinta lo que teme cada habitante de Nueva York, la certidumbre de que cualquier cosa puede ocurrir en el metro de la ciudad. El sexo, la violencia, inclusive el canibalismo son fantasías razonables. Los caimanes comparten los asientos con los hombres de negocios, los travestís y las rubias que llevan medias de malla. Durante 1978-1979 este expresionismo pop evocó el espectáculo cruel de la violencia urbana. No se muere aquí presenta una característica de alteraciones muy controladas de áreas de colores planos con otras de elementos muy reiterados. Azaceta se deleita descontrolando al espectador. El humor indecente, los abruptos cambios de escala y el color estridente asedian al espectador con la metralla de la vida cotidiana de la gran ciudad. Ratas, perros, tomas de agua, señales de estacionamiento, una bombilla desnuda, huesos humanos, miembros desgarrados, descabezamientos —todos llaman igualmente la atención en el pandemónio centrífugo de un paisaje urbano enloquecido.

La década de los ochenta vio desarrollarse una nueva etapa en la ansiedad urbana de Azaceta. Su preocupación obsesionante con la violencia se interiorizó y dio lugar a una impactante serie de autorretratos icónicos. Durante los próximos ocho años, el autorretrato se convertiría en el modo preferido de Azaceta para explorar los impulsos más viles del hombre —bajo su propia piel—. Con coraje y una honestidad impávida, Azaceta utilizó su propio ser como un laboratorio para estudiar los aspectos más conflictivos del comportamiento humano.
Algunas de las imágenes de su propio ser eran una continuación de su diálogo con el paisaje urbano. El pintor urbano de corazones sintetiza de manera brillante la obra de la década anterior. La ciudad ardiente se vuelve un cuerpo desmembrado asolada por el terror y la destrucción. En el rincón inferior derecho, la única señal de esperanza —la pintura del artista. La imagen en su caballete, un corazón rojo, revela la convicción de Azaceta de que los artistas son fuerzas redentoras que recogen los males de la sociedad para purgarlos mediante su obra. Rudo viaje alrededor de la ciudad sitúa la preocupación compulsiva del artista con la violencia literalmente en su propia cabeza, un íncubo maligno. En un tono más liviano, Artista: cucaracha identifica con humor a Azaceta con el insecto prehistórico (que algunos ven como la mascota de Nueva York) que podría sobrevivir a una explosión nuclear.

Con Sentimientos bestiales Azaceta se atreve a afrontar lo peor de sí mismo, él contrasta los opuestos conflictivos que obsesionan a los seres humanos: animal/ intelectual, seductor/seducido, agresor/ víctima. La imagen nos conmueve por su poder de descripción del ser humano impedido por la bestia que lleva dentro.
A mediados de los años ochenta una nueva raza urbana ya se desarrollaba en la obra de Azaceta. Mutilados psíquica y físicamente, personajes monumentales y anónimos (Opresión, Viajero, El inmigrante) se volvieron símbolos universales de la tragedia humana. Desposeídos, privados de sus derechos, olvidados, preguntan: “¿cuál es nuestro lugar? ¿Cómo podemos vivir?”.

La temática más amplia coincidió con un dramático cambio de técnica. Capas moduladas de aguadas en tonos sombríos ahora reemplazaron las manchas planas de colores estridentes. La textura y los matices de la superficie se cargaron —como la piel viva que respira— con el impacto emocional anteriormente asumido por la imaginería narrativa. La velocidad y la furia de sus brochazos pusieron en alto relieve las imágenes aisladas y reducidas, tal como en Bestia urbana. Además de sus personajes emblemáticos, el artista continuó utilizando su autorretrato en imágenes de una austeridad despiadada. El viaje capta de manera conmovedora el pasaje de refugiados políticos en exilio, el cual para Azaceta es algo parecido a la muerte. El barco frágil, cual los sueños del porvenir de los inmigrantes, parece amenazado por la inmensidad del mar negro, agitado. Esta metáfora patética, como las muy diferentes imágenes en los cuadros anteriores del tren subterráneo, nos recuerda que somos también viajeros a merced de fuerzas crueles y cataclísmicas. Una de las más crueles para Azaceta es la opresión política y algunas de sus obras más fuertes son denuncias de la tiranía y el despotismo que reinan en todo el mundo. Víctimas latinoamericanas de los dictadores describen con realismo espantoso la reducción de seres humanos inocentes en una presa impotente y rabiosa.

La obra de Azaceta en los últimos tres años lleva la desesperación y la desesperanza a un nivel aún más dramático. Con una economía magistral, la imagen de sí mismo en Sin salida habla elocuentemente de seres humanos empujados a un punto terminal más allá de la esperanza y la expectativa. Son precisamente estos puntos terminales en la condición humana los que conmueven y sirven de desafío a Azaceta. En estos extraordinarios cuadros recientes —sea su tema la tragedia de la indiferencia a la epidemia actual del Sida, Conteo Sida, o la vergüenza de la tiranía política: El banquete de los dictadores, o el racismo: Preguntas de color, el horror de un crimen específico: Parque Central- Azaceta continúa metiendo su brocha sin temor en las heridas abiertas de la sociedad.

Por otra parte, Azaceta se propone otro reto —soltar a la figura humana. El debilitamiento de la figura es algo especialmente difícil para un artista en cuya obra ha desempeñado un papel central desde hace veinte años. No obstante la materialidad exquisita de su última obra, las imágenes resultan poco familiares, hasta difíciles. Pero debajo de su austeridad y abstracción se oculta un impulso conocido —la determinación de toda la vida de Azaceta de “crear conciencia a través de la estética”. Con cuadros tales como Memoria, Preguntas de color y Salida, Azaceta siente que “con menos, estoy diciendo más”. Su fuerte convicción personal y su poderosa visión artística se unen en obras que proponen conmover y hasta cambiar la sociedad.
Ya no de manera literal, la presencia del artista continúa poblando sus cuadros. Como una vaga esperanza, oscila dentro de la silueta recortada en la cerca de cadena de la obra Salida. Para Luis Cruz Azaceta, pintar será siempre un acto de preocupación por los otros.
*Traducción: Brian J. Mallet.
Fotografías cortesía de: Allan Frumkim Gallery, Nueva York.
SUSANA TORRUELLA LEVAL

