Desde una pintura como El Dorado de 1957 hasta numerosas construcciones del decenio de los ochenta, la obra de Eduardo Ramírez Villamizar recuerda el arte precolombino. Aunque varios escultores de estos países latinoamericanos han realizado trabajos inspirados en el mundo prehispánico (Marta Colvin, Gonzalo Fonseca, Lika Mutal, entre otros), puede decirse que el colombiano es el artista que más y mejor ha trabajado con base en el rico universo formal precolombino.
Si después de la pintura mencionada, el escultor realizó especialmente relieves con referencias prehispánicas, en los ochenta han sido constantes las construcciones en hierro oxidado relacionadas con el arte precolombino. Una relación que nunca ha sido meramente nominal, pero que tampoco ha sido de transcripciones más o menos directas. Ramírez Villamizar es suficientemente creativo y admira demasiado el arte prehispánico para pretender seguirlo de cerca. El escultor —particularmente en los últimos años— ha conocido los principales lugares arqueológicos de América Latina, y estas vivencias lo han ayudado a fortalecer su concepción de las formas y lo han estimulado a desarrollar las más variadas recreaciones de lo precolombino.

Es indudable que mientras que en los relieves de la década de 1960 y comienzos de la de 1970 el escultor miró especialmente la orfebrería, en los ochenta sus observaciones han rondado, ante todo, la arquitectura. El viaje a Machu Picchu a fines de 1983 fue definitivo para la producción iniciada a comienzos del año siguiente de grandes construcciones plenas de sobriedad y poderío. A la serie Recuerdos de Machu Picchu, de la que surgen otras esculturas relacionadas con ese conjunto de 1984 que alude a los muros, a las terrazas, a los caminos y a los canales de irrigación de la arquitectura incaica, Ramírez Villamizar ha agregado trabajos como las Piedras cansadas de 1986, los Trajes ceremoniales, del mismo año, las Máscaras rituales de 1987 y los Templos de 1988.
Desde hace algo más de diez años, el artista ha realizado esculturas de hierro oxidado. Al principio las alternó con obras pintadas como Catedral policromada, de 1979; Flores para Feliza, de 1981-1982; Río en la selva, de 1982, y Aniversario de 1983, entre otras. Luego de 1984 sólo ha trabajado en hierro sin pintar. Ramírez Villamizar ha dicho que estas construcciones pertenecen a su “fase romántica”. Un calificativo que sólo tiene que ver con el acabado diferente al impecablemente colorido de su producción previa. Porque de resto, las esculturas siguen siendo estrictamente racionalistas.

Las construcciones de Ramírez Villamizar están estrechamente vinculadas a las esculturas de componentes bidimensionales o planos que se han llevado a cabo desde comienzos de siglo. La serie Recuerdos de Machu Picchu se caracterizó por la presencia de grandes planos articulados que recordaban los sillares poligonales de la majestuosa arquitectura incaica. Era además una serie de construcciones de disposición frontal que encaraban al espectador y que, por ende, sólo tenían un aspecto anterior y otro posterior. Empero, el artista no ha dejado de trabajar volúmenes —hechos estrictamente de planos— y espacios intercalados entre aquellos. Algunos de los volúmenes son aparentes, es decir, no son totalmente cerrados sino que sólo tienen algunas caras que los configuran, pero otros sí definitivamente tienen tres dimensiones por todos sus costados. A este último tipo de obras pertenecen las Máscaras, los Trajes y los Templos. Así pues, las construcciones de Ramírez Villamizar oscilan entre trabajos levantados a base de planos que constituyen una especie de muro sin mayor espesor y otros en los que los volúmenes presiden la escultura. Sin embargo, en unos y otros las láminas de hierro utilizadas para su levantamiento nunca pierden el carácter de planos.
Pese a su evidente volumetría, las obras mencionadas siguen siendo fundamentalmente frontales. Las Máscaras nos enfrentan con altivez y su presencia simétrica es tan poderosa como la de un ídolo precolombino. Los Trajes, como túnicas amplias, se abren en el centro, donde la verticalidad rigurosa de la construcción también se contrasta con dos franjas constituidas por planos en rombo que descienden en zigzag. Los Templos se distribuyen en dos sectores paralelamente inclinados a partir de un ángulo saliente que destaca la cara anterior.

Si las construcciones anteriores nos hacen recordar la arquitectura, como tantas veces ha sucedido en la producción de Ramírez Villamizar, el artista también insiste en su apego a la naturaleza, tal como se puede observar en los Caracoles, de 1986. Teniendo en cuenta las propias declaraciones del artista, la geometría recóndita del mundo natural preside toda su obra: “Toda la geometría está en la naturaleza. El hombre la encuentra llevando las formas naturales a su esencia básica. La luna es un círculo. Un círculo es la luna. Uso la geometría y ella me devuelve a la naturaleza. Sé que en mi jardín yo me paseo entre triángulos, espirales y círculos cuando voy entre las hojas y las flores”. Esa geometría latente inspirada en la naturaleza y que el escultor incluye en todas sus construcciones, sean éstas de cuño arquitectónico o aproximadamente naturalistas, no sólo es una de las constantes más firmes de su trabajo, sino el fundamento de la solidez conceptual de su arte: su obra artística surge de las leyes del mundo pero, además, las formula a través de unas formas y de unas estructuras presididas por la inteligencia.
Basado en la arquitectura y en la naturaleza, el trabajo de Ramírez Villamizar parece un producto palingenésico. En muchas de sus mejores construcciones resurge una voluntad de abstracción a partir de lo natural, una elaboración de las formas controladas por un diseño tan nítido como refinado y una noción de grandeza, poderío y misterio que bien nos hacen pensar en ejemplos notables del arte precolombino. Por otra parte, luego de una carrera artística de más de cuarenta años, el escultor retoma elementos de sus propias realizaciones para enriquecer sus nuevas creaciones —que siempre parecen remozadas— al punto que pareciera que su estilo se retroalimentara sin reiterarse. Tal sucede, por ejemplo, con Espejo de luna, la nueva construcción pública de Ramírez Villamizar frente al World Trade Center, en la calle 100 de Bogotá —ver Arte en Colombia, No. 40—, que, hasta cierto punto, está relacionada con la Construcción inclinada-cuatro partes, de 1976, y con el relieve en hierro oxidado, Espejo de luna, de 1981. O con la extraordinaria maqueta para el Templo de las leyes, homenaje del artista al General Santander en el sesquicentenario de su muerte, en la que reaparece, a manera de columnas, una forma que parece un hueso geometrizado, que ya se había visto en Reliquia, de mediados de la década de 1960. Esta última obra, de realizarse algún día, será una de las esculturas más importantes de Ramírez Villamizar. Un extenso templete, de quince metros de altura, que vuelve a relacionar estrechamente su voluntad de forma con el espacio de impronta arquitectónica.

El escultor se siente muy satisfecho de haber realizado en 1987 una gran construcción en el parque baconao de Santiago de Cuba. Esta obra de seis metros de altura, seis de ancho y dos de espesor fue levantada en láminas de metal dentro de las variaciones de los Acueductos que vienen de la serie Machu Picchu. Varios artistas de diferentes nacionalidades fueron invitados a trabajar en esa ciudad cubana. Entre otros, al argentino Enio lommi y los mexicanos Helen Escobedo y Hersúa.
Simultáneamente con su abundante producción escultórica, Ramírez Villamizar ha vuelto en los últimos años a la pintura. Como en sus bocetos para serigrafía, el artista ha utilizado en estos trabajos el papier collé. Esa apariencia inacabada le resulta especialmente atractiva y no se ve tan ajena a las superficies oxidadas de sus construcciones tridimensionales. Estos cuadros, herederos del cubismo por sus formas planas estrictamente relacionadas, nos hacen pensar —con palabras de Michel Seuphor— que “el espíritu de estructura es una concepción del mundo, una conducta de la vida”.

Pese a su consagración permanente a su trabajo de artista, Ramírez Villamizar acepta participar generosamente en exposiciones cuyo objetivo es, ante todo, cultural. Tal es el caso de la muestra inaugural del Museo de Arte Moderno de Bucaramanga, en la que el escultor presentó dieciséis construcciones en lámina de hierro oxidado de los últimos años. Un excelente registro de la instalación de las esculturas en las salas y en el hermoso patio del museo fue realizado por Víctor Robledo, un fotógrafo que conoce su oficio y que, en este caso, antepuso a su creatividad y a su autoexpresión, la realidad de los espléndidos volúmenes y espacios y de los finos detalles de diseño y de textura que existen en cada una de las construcciones de Ramírez Villamizar.
En 1987, el artista representó a Colombia en la Bienal de São Paulo. María Elvira Iriarte, comisaria del país en esta gran exposición internacional, escribió en el catálogo: “Las alusiones a la arquitectura de la naturaleza y a la arquitectura del hombre siguen aquí presentes. Estas Máscaras, estos Trajes, estas Piedras cansadas, todas estas esculturas son construcciones monumentales en su capacidad de significar, conseguida a partir de planos diagonales y de ángulos formadores del espacio, la luz y el tiempo. Tres materiales básicos y otras tantas constantes en el arte de Eduardo Ramírez Villamizar”. Poco antes de la Bienal de São Paulo, el escultor realizó una exposición en la Galería Durban de Caracas. Allí presentó nuevas variaciones de 1986 de Machu Picchu, entre las que se destacaron las Flores y sobre todo, una Serpiente precolombina. Mientras las primeras ascendían en una compleja interrelación de planos diamantes, soldados en ángulos agudos, la Serpiente reptaba en la forma de un volumen aparente en zigzag, que avanzaba largamente fuera de la base rectangular.
La última exposición de Ramírez Villamizar en el exterior es su actual participación en la Bienal de La Habana. El escultor colombiano es uno de los cinco artistas que en esta ocasión tiene una sala especial en dicho evento. Como la exposición tiene como gran tema la relación entre el arte moderno y las raíces culturales e históricas de los países del Tercer Mundo, nadie mejor que el artista para tomar parte en este importante certamen cubano. Ramírez Villamizar ha llamado a su envío Homenaje a los artífices precolombinos, un título irrefutable que reafirma su admiración por unas obras remotas en el tiempo, pero aún ejemplares por su carácter austero, por su estilo racional y por su anhelo de trascendencia.
GERMÁN RUBIANO
Historiador de arte.

