Monografíaabr 1977 - jun 1977· Por Germán Rubiano Caballero

Beatriz González

O la historia del arte en Sesquilé

Hace poco, el Museo de Arte Moderno de Bogotá, presentó las últimas obras de Beatriz González: tres telones enormes, tres toallas, un cubrelecho y cinco objetos varios (banderín, tambor, mesa, costurero, y vasija para vino). Sobre tales utensilios de muy diversos materiales, la artista pintó con esmaltes o acrílicos. Con la excepción de Un Bolívar —una pequeña bandera en hule— todos los trabajos se inspiraron en obras famosas del arte universal: El Nacimiento de Venus de Botticelli, Los Borrachos de Velázquez, El Columpio de Fragonard, —las referencias más antiguas— El Pífano y El Almuerzo en la Hierba de Manet, Retrato de la Madre del Artista de Whistler, Mujeres en el Jardín de Monet, ¿De dónde venimos?, ¿Qué somos?, ¿Para dónde vamos? de Gauguin, y Naturaleza Muerta de Braque.

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Beatriz González. Un Bolívar, 1976. Esmalte sintético sobre hule. 32 x 26 cm. Foto Oscar Monsalve.

Desde el comienzo de su carrera, Beatriz González ha trabajado buena parte de su obra a partir de la historia del arte. En efecto, las primeras pinturas de la artista, hace ya quince años, fueron unas versiones sobre el cuadro de Velázquez, La Rendición de Breda. Poco después vendrían las variaciones sobre La Encajera de Vermeer, con las que haría su primera presentación individual en 1964. Y, posteriormente, versiones de Rembrandt, Rafael, Leonardo, Ingres, Millet, Cézanne, Degas, Renoir, etc. Dos razones han llevado a Beatriz González a trabajar con obras famosas de la historia de la pintura: su inhabilidad para componer, para distribuir formas en el espacio de la tela, y su admiración por las obras artísticas. Una admiración que se remonta a su niñez, cuando la artista gozaba observando las reproducciones enmarcadas que abundaban en los corredores de su casa, o las láminas de los libros de arte que había en la biblioteca de sus padres en Bucaramanga.

Monografía: Beatriz González — imagen 2
Beatriz González. Vive la France, 1976. Esmalte sobre lámina de madeflex ensamblada en objeto de madera y cuero. 80 x 40 cm Foto: Bartelsman-Monsalve.

Beatriz González confiesa tener una visión prejuiciada sobre la historia del arte. A toda hora, en todas partes, la artista asocia sus experiencias visuales con cuadros famosos. A partir de un objeto cualquiera, a partir de la textura de una madera o de la forma de un mueble, surge la asociación estética. Así, por ejemplo, de unos toalleros en forma de concha surgió la imagen del óleo de Botticelli con El Nacimiento de Venus; de una lámina de madeflex estriado, un bodegón de Braque; de un costurero, el retrato de la madre de Whistler; de un peinador con espejo circular, un tondo de Rafael; de un paragüero, la Gioconda de Leonardo, etc. Otras veces, el procedimiento es al contrario: a partir de un cuadro surge la idea del objeto donde debería estar su composición. Así surgieron los telones inspirados en Manet, Monet y Gauguin. El almuerzo en Ia Hierba de Manet, ¿no es acaso un verdadero ‘‘telón de boca para un almuerzo”?

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Beatriz González. Siga Ud., 1977. Acrílico sobre tela. 3 x 9.80 m. Foto Oscar Monsalve.

Como la artista trabaja sobre superficies de diversos materiales y texturas (láminas de metal, maderas varias, toallas, hules, cubrelechos, etc.) debe inventar constantemente nuevas facturas. Con óleos, esmaltes o acrílícos, Beatriz González no sólo domina cada una de las técnicas, sino que trabaja con una gama variadísima de colores. Desde sus óleos sobre lienzo de comienzos de su carrera, hasta los telones pintados en acrílicos, pasando por sus numerosos esmaltes sobre lata, la artista se ha dado el lujo de dominar los procedimientos y, sobre todo, de trasvasar talentosamente las pinturas en que se inspira. Porque si es cierto que Beatriz González copia la composición de las obras del pasado en el aspecto de la distribución de las formas en el espacio, no hay duda que siempre inventa una nueva relación cromática y muchas veces también una nueva técnica. Venus Coppertone e In fraganti, por ejemplo, siguen los diseños de los trabajos de Botticelli y Fragonard, pero son verdaderas creaciones desde el punto de vista del color y de la factura.

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Beatriz González. Viva España, 1976. Esmalte sobre objeto de cerámica. 27 x 20 x 6 cm. Foto Oscar Monsalve.

En ese sentido, cabría establecer un paralelo entre Fernando Botero y Beatriz González. Ambos se inspiran frecuentemente en la historia del arte, pero mientras el primero procura copiar —o aprender lo mejor posible- las técnicas de muchos artistas del pasado para realizar sus figuras y composiciones características, la segunda copia abiertamente la distribución de las formas de los cuadros tradicionales para inventar una nueva composición cromática y para investigar nuevos materiales y procedimientos. Botero trabaja sobre la observación de los originales; Beatriz González prefiere las reproducciones. El primero tiene una relación directa e inmodificable con la pintura clásica, la segunda tiene una referencia distensionada —en tamaño, en color— que le permite obrar con la mayor de las libertades. Por eso, mientras los cuadros —óleos, pasteles, acuarelas- de Botero son herederos de la mejor tradición pictórica, las pinturas de Beatriz González están estrechamente vinculadas al arte contemporáneo, tanto por su apoyo en las imágenes reproducidas, como por sus colores planos y violentos que recuerdan el Fauvismo o el diseño publicitario actual.

Además, cuando Beatriz González interpreta una obra famosa de la historia del arte tiene la intención de recrearla dentro de un contexto sui géneris. Quiere que su versión refleje una sensibilidad no suficientemente cultivada. Desea que su variación acuse una técnica deficiente y pobre. Aspira a crear una nueva obra llena de frescura y espontaneidad, “como si un coro acompañado por una guitarra de Sesquilé interpretara el Himno a la Alegría de la Novena Sinfonía de Beethoven”. De allí que mucha gente no entienda la pintura de la artista, que la considere irrespetuosa de los originales y crítica despiadada de la apreciación y asimilación populares. Nada más equivocado. Beatriz González ha logrado un estilo inconfundible haciendo excelentes interpretaciones —no exentas de humor— en las que las obras maestras de la pintura pierden su falsa sacralización de piezas inamovibles e invaluables y se convierten en decoraciones festivas y sencillas de objetos cotidianos; en las que los originales de los museos sólo son arquetipos ideales de nuevas realidades estéticas irrigadas de otra sensibilidad y de otra inteligencia.

Monografía: Beatriz González — imagen 5
Beatriz González. Según Botticelli, 1976. Acrílico sobre teta ensamblado en toallero de bronce. 120 x 62 cm. Foto Oscar Monsalve.

Beatriz González está convencida de que su obra puede llegar fácilmente a toda clase de públicos. La gente que sabe de dónde proceden sus obras —cuáles son sus fuentes artísticas— puede apreciarlas y gozarlas de una cierta manera. Aquella que desconoce que existen cuadros famosos como antecedentes o puntos de apoyo de sus creaciones, puede tener otra aproximación a sus objetos-pinturas. En efecto, una obra como Siga Ud., basada en la tela de Gauguin de 1897, ¿De dónde venimos?, ¿Qué somos?, ¿Para dónde vamos?, joya del Museo de Bellas Artes de Boston, asombra al conocedor de la historia del arte por la calidad de la recreación, en la que los colores aplicados de acuerdo con los del original han ganado una viveza y frescura que refuerzan el exotismo y la magia de la pintura de Gauguin que, bien mirada como lo hizo la artista, es un verdadero telón de teatro simbolista. ¿No se piensa frente a ella en Maeterlinck o en Verlaine? Sin embargo, para una persona que desconozca la procedencia de Siga Ud., ese telón gigantesco no deja de ser menos llamativo. La presentación de las figuras semidesnudas, el paisaje lujuriante, todo el ambiente tropical que irradia la tela puede producir diversas asociaciones. En última instancia, podría tomarse como una lona abandonada por un circo en decadencia.

Claro que para entender de una u otra forma la pintura de Beatriz González, se necesita una buena dosis de humor. La misma por lo menos de que dispone la artista para realizar su obra palpitante, bromista e innovadora.

Monografía: Beatriz González — imagen 6
Beatriz González. Telón de boca para un almuerzo, 1975. Acrílico sobre tela, 6 x 5.40 m. Foto Oscar Monsalve.
Beatriz González, por Germán Rubiano Caballero | artnexus