GERMÁN RUBIANO CABALLERO
Siempre me ha sorprendido la enorme capacidad de trabajo de Carlos Rojas. Su producción es constante y de tiempo completo. En su estudio nunca hay reposo. Las pinturas —es lo que hace ahora exclusivamente el artista—se multiplican todos los días. Casi que se podría decir que surgen sin solución de continuidad, sin pausa alguna.
Del exceso, de la fatiga, surge un torrente de ideas —muchas contradictorias— que se riega por los lienzos y que genera diez, cien, mil obras individuales. Pinturas grandes, medianas y pequeñas. Telas horizontales y verticales. Pinturas, muchas pinturas.
Desde hace diez años he seguido la trayectoria de Carlos Rojas, y siempre me ha parecido difícil (por la superabundancia, no por la intención) asir su trabajo y analizarlo detenidamente, pues ello haría necesaria una especie de congelación de su proceso creativo, conservándolo al mismo tiempo, tan vital y tan dinámico como es en verdad. La obra del artista es abierta, trepidante, imposible de detener y, por lo mismo, muy difícil de explicar.

Mas, ¿sí se justificará la explicación de una obra abstracta como la de Carlos Rojas? ¿Sí se necesitará que alguien trate de decir qué hizo un artista con su sensibilidad y con su inteligencia para ordenar unos colores, unas formas en la superficie de un cuadro? Tal vez no. Sin embargo, es posible que alguien que no se interese en absoluto por la pintura abstracta y tampoco quizás por la música “culta” logre “ver” algo en esas telas tan simples, “tan lindas de colores pero nada más”, y piense en forma distinta tras un intento de explicación. También puede ocurrir que el análisis de una obra de arte comience a descubrir su claridad, su carácter diáfano que, por numerosas interpretaciones “doctas”, ha sido cubierto de palabras sin sentido, de fábulas extravagantes, y de mentiras. Es forzoso concluir entonces que probablemente es necesario decir algo más sobre un trabajo gigantesco, coherente y lúcido como el de Carlos Rojas.
Su pintura actual tiene como punto de partida algunas telas de 1974. Hablo, por supuesto, de sus trabajos enrollados o puestos en marcos de hierro de su cosecha 1976. En algunos cuadros de hace dos años aparecieron los primeros planos de color de bordes imprecisos, de marcos ligeramente manchados. Poco después vendrían las telas de varios formatos en las que la estricta disposición de planos superpuestos, casi volúmenes aparentes, definidos con elementos lineales cortantes, a veces con el empleo de varillas de hierro, cedió el paso a una rica gama de variaciones —casi todas dispuestas en sentido horizontal— en el espacio pictórico: líneas, líneas-manchas, planos definidos, planos ambiguamente demarcados, planos aéreos, volúmenes sólidos o transparentes. Estas telas —realizadas en torno de su envío a la Bienal de São Paulo del año pasado— fueron el origen de las urdimbres cromáticas de este año.
Todas las obras recientes están fundadas en el color y en sus relaciones y combinaciones más sutiles. La seguridad y variedad de su tratamiento se experimentaron en los años precedentes. Los Horizontes limitados, los Horizontes verticales y los Horizontes transparentes (todos de 1974 a 1975) ya acusan un marcado interés por el color y sus combinaciones, aunque como complemento de otras preocupaciones más arraigadas: las de los juegos lineales, planimétricos y volumétricos en el espacio irreal del cuadro, ya mencionadas atrás. El color como hilo de una trama o como zona tonal muy delgada destaca su vigencia como tal y elimina cualquier referencia a otros problemas. Así se constituye un todo continuo, infinito, que bien puede equipararse a las telas de lana de los artesanos populares. Por eso las obras recientes de Carlos Rojas no tienen bastidores y, como si fuesen tejidos a punto de salir del telar, se pueden enrollar en cualquier sitio o dejar sueltas como cintas interrumpidas o colocar en armazones que destaquen la unidad de su urdimbre.
Esa gama extraordinaria de colores, tonos y matices (lograda con acrílicos licuados y mezclados con sustancias tan extrañas como el mercurio cromo) de la producción actual del artista no tiene antecedentes ni en el arte colombiano ni, mucho menos, en el arte internacional.
Carlos Rojas ha logrado una creación absolutamente original que sólo hace referencias a los paños de nuestros tejedores populares. No es la primera vez que la producción del artista hace uso de lo autóctono para henchir su obra de acentos inusitados. Entre 1970 y 1971, Carlos Rojas trabajó, por ejemplo, una serie denominada “Los Pueblos”, en la que unos cuadros de bandas orientadas horizontal o verticalmente sobre formatos romboides tenían un colorido inspirado en las pinturas de las fachadas de muchas casas de los pueblos colombianos. Además, el artista siempre ha creído, como se lo confesó a Bernice Rose en 1973, “en la predilección latinoamericana por la abstracción geométrica y en su espiritualidad inherente”.
Estas palabras servirían para recordar que las telas actuales de Rojas, aunque alejadas de sus trabajos denominados “Ingeniería de la Visión” de 1969, conservan una clara predilección por los moldes decorativos reiterados de los diseños precolombinos y, obviamente, por toda clase de formas geométricas. De esta manera, el artista realiza una abstracción admirable en la que sobre una estructura racional que rememora la firme voluntad de organización geométrica de nuestros antepasados indígenas, aúna la rica gama de colores reveladores de una sensibilidad refinada y la profunda experiencia que entrevera el mundo natural con el mundo artificial o artesanal de los chumbes, las telas de lana de climas fríos y las lonas tropicales.

GERMÁN RUBIANO CABALLERO
Historiador de arte.
