La apertura de esta nueva edición de la Bienal de Venecia fue precedida por intensas expectativas sobre lo que finalmente habían logrado hacer con sus encargos María Corral y Rosa Martínez, las primeras españolas y al mismo tiempo las primeras mujeres que se hacían cargo de su dirección en los cien años largos de su historia. De allí que el mundillo del arte internacional aguardara con impaciencia el opening de la bienal —que tuvo lugar los días 8, 9, 10 y 11 del mes de junio— para darse cuenta por sus propios ojos de lo que estas mujeres habían hecho con el acontecimiento puesto por David Croft en sus manos. En realidad, no toda la bienal, sino apenas de su núcleo o parte central, compuesta de dos grandes muestras de arte internacional. María Corral tituló a la suya La experiencia del arte y puso énfasis en el pasado, en el arte del último medio siglo. Rosa Martínez tituló a la suya Siempre un poco más lejos —en homenaje explícito al Corto Maltés, el personaje del cómic creado por el veneciano Hugo Pratt— y la orientó por el contrario hacia el arte más actual, el arte Cutting edge. Obviamente yo no puedo pretender hablar por todos los que concurrieron a la inauguración, pero en la evaluación que voy hacer aquí del trabajo de las dos curadoras tomó en cuenta la opinión de la mayoría de los críticos y directores de museos con los que hablé sobre el asunto, durante los tres días que duró.

Y de la opinión mía y de esa gente resulta que María Corral acertó donde cualquier otro con su formación y experiencia hubiera podido fácilmente acertar, y se equivocó en donde ella y sólo a ella le era obligado acertar. Acertó eligiendo a artistas como Eija-Liisa Ahtila, Tacita Dean, Barbara Kruger, Willie Doherty, Stan Douglas, Bruce Nauman o William Kentridge, cuyas obras en el pabellón de Italia en Il Giardini, fueron evidentemente las principales responsables de la notable calidad de la sección a su cargo. La única objeción, repito –si es que es una objeción– consiste en que es muy difícil equivocarse cuando se eligen unos nombres tan sólidos y tan bien conocidos. Tampoco implicaba demasiado riesgo —si es que se conoce el estado actual del arte latinoamericano— elegir a artistas como Tania Bruguera, Leandro Erlich, Jorge Macchi, Cildo Meireles e incluso José Damasceno, todos ellos suficientemente implantados en la escena artística internacional. Riesgo hubiera sido incluir, por ejemplo, a Brooke Alfaro, Sandra Gamarra o Fernando Bryce, quienes, a pesar del extraordinario interés de su trabajo no logran todavía los consensos en torno a su calidad, que ya han asegurado para sí artistas como Gabriel Orozco o Cildo Meireles.

Pero el verdadero problema de la curaduría de María Corral estuvo en su selección de artistas españoles, que por su número parecía destinada a acallar la queja, muy frecuente en España, de que el arte español contemporáneo es poco o nada reconocido en el extranjero. El resultado fue, sin embargo, decepcionante porque, aparte de un buen cuadro de Tàpies, el resto de las obras de pintores como Joan Hernández Pijuan, o de artistas multimedia como Perejaume, no hacía más que confirmar las razones de ese desinterés. Y para empeorar las cosas, la pieza póstuma de Juan Muñoz, dispuesta a lo largo de la calle que da a la puerta del pabellón de Italia, resultó igualmente mediocre. Lo peor, en cualquier caso, fue elegir en este trance a Maider López, una jovencita que más que artista es diseñadora.

La selección de Rosa Martínez fue más arriesgada, como estaba obligada por su compromiso pactado con el arte más actual, y aunque también a ella se le puede objetar —al igual que se le objetó a María Corral— la fragilidad quebradiza de sus argumentos teóricos, la verdad es que su muestra incluyó obras y artistas muy desafiantes. Es el caso de Guerrilla Girls, las polémicas activistas del Nueva York de la década de 1980, que presentaron, justo en las puertas del Arsenale, un conjunto de reproducciones digitalizadas y de gran formato de los afiches, con las que irrumpieron en la escena artística en esos años denunciando cuán poco espacio le concedía a las mujeres la escena artística, tanto la de los museos como la de las galerías. El más reciente de esos carteles celebraba como un logro del feminismo que la dirección de la bienal por fin se hubiera confiado a mujeres, aunque la discriminación sexual siguiera dominando en la mayoría de sus exposiciones y de sus pabellones.

La portuguesa Joana Vasconcelos puso el contrapunto de esas imágenes contundentes con una gigantesca lámpara de araña, con tampones haciendo de lágrimas y de bombillas, que colgaba del techo de la sala donde exponían las GG. En el pasillo que desde el exterior del Arsenal daba acceso a ésta se escuchaba una pieza acústica de Santiago Sierra que informaba en tono muy neutro sobre las estructuras de poder de la bienal y sobre las condiciones laborales tan distintas de sus ejecutivos, empleados y trabajadores, inevitablemente precarios.

En la sección de Rosa Martínez había también obras que valían mucho la pena, de Louise Bourgoise, Donna Conlon, Runa Islam, Blue Noses, Mariko Mori y Adrian Paci. Rem Koolhas presentó, por su parte, un trabajo muy impactante, consistente en una doble secuencia de grandes telones impresos, colgados del techo, donde en una cara se podían ver y leer los pasos sucesivos de un análisis exhaustivo del Museo del Hermitage de San Petersburgo —calificado por el arquitecto holandés de “museo enciclopédico"— y en la otra, un análisis muy estimulante del museo de arte contemporáneo, entendido como la mejor respuesta a la expansión del campo del arte. Igual o más intensidad e interés tenían dos videoproyecciones de uno de los artistas de Asia más audaces e innovadores. Me refiero a Jun Nguyen-Hatsushiba, un artista japonés que vive y trabaja en Ciudad Ho Chi Minh en Vietnam y cuyas obras son réplicas submarinas, entre esforzadas y paródicas, de nuestra vida en la superficie de la Tierra.

Menciono, además, a Gregor Schneider -un artista alemán que se dio a conocer del mundo en la bienal de 2002 con su insólita intervención en el pabellón de su país- cuyo proyecto -construir una réplica del cubo negro de La Meca en la plaza de San Marcos- fue censurada por las autoridades locales poco interesadas en exacerbar aún mas los conflictos desencadenados por la “guerra contra el terrorismo”. Schneider piensa exactamente lo contrario: él lo que pretendía con su proyecto era desarmarlos.

Los artistas latinoamericanos cumplieron, por su parte, un papel muy destacado en la propuesta de Rosa Martínez. Empiezo mencionando a la pareja formada por Jennifer Allora y Guillermo Calzadilla, que presentó una videoproyección titulada Under Discusion, que narraba el viaje de un balsero inverosímil que hace la travesía entre la isla y la península en una humilde mesa de comedor, con motor fuera de borda. Y sigo con la colombiana María Teresa Hincapié, a quien le fue concedida una de las grandes salas del Arsenal, en la que montó El espacio se mueve despacio, una macro instalación en la que había tantos elementos andinos, hindúes y New Age, que la intensidad de su propia performance se ahogaba irremediablemente en ese barullo. La intervención del cubano Carlos Garaicoa fue mucho más diáfana: un cuarto oscuro, iluminado apenas por las proyecciones de las siluetas de templos y palacios emblemáticos de lo que aún seguimos considerando “nuestra civilización”.

Igualmente, magníficos los videos y la instalación estremecedores de la guatemalteca Regina José Galindo; la muy alegre y humorística instalación del argentino Sergio Vega, y la grácil y evocadora obra de la brasileña Valeska Soares.

El resto de los artistas latinoamericanos en la bienal se concentraban en el Palazzo Cavallo Franchetti, bajo el auspicio del Instituto Italo Latinoamericano de cultura. El palacio, barroco y claustrofóbico, resultó ser un sitio atroz para exponer obras de arte contemporáneo. Pero aún así dio juego para que pudieran verse -y escucharse- en todo lo que valen las obras de Oswaldo Maciá, de Óscar Muñoz y de Luis González Palma. Maciá montó en los jardines su obra Something Going Above my Head, que es una sinfonía extrañísima compuesta con los cantos de pájaros de los cinco continentes. Óscar Muñoz enseñó Re/Trato, ese video en el que se pinta y repinta obsesivamente un retrato con un pincel empapado de agua sobre una piedra que está tan caliente que hace que el agua se evapore de inmediato. González Palma presentó una serie de fotografías, góticas como todas las suyas, dedicada a los taparrabos que, según los pintores clásicos y barrocos, llevaba Jesucristo en la cruz. Muy apropiada para exponerla en un palacio tan lúgubre. Pero quien realmente abrumó a todos fue el colombiano Juan Manuel Echavarría, con su videoproyección Bocas de ceniza. Consiste en las imágenes en primerísimo primer plano de las caras de siete campesinos colombianos, desplazados por una guerra sin fin, cantando ante la cámara y a capela la verdad de sus desgracias. Impresionante. Abrumador.

Termino citando el pabellón de Argentina, improvisado en un antiguo oratorio barroco, donde Jorge Macchi presentó Asunción, una mezcla de instalación, performance y pieza musical, con la que quiso poner en evidencia que nosotros los mortales, al igual que la Virgen María, no podemos ascender al Cielo si no nos ascienden. Absolutamente oportuna.

Los premios
Los jurados internacionales de la bienal premiaron con el León de Oro a Barbara Kruger por el conjunto de su carrera artística; a Thomas Schütte como al artista más destacado de la muestra internacional; y a Regina José Galindo, como a la mejor artista menor de 35 años. El premio al mejor pabellón fue para el francés, que exponía a Annette Messenger.
CARLOS JIMÉNEZ
Escritor y crítico de arte, curador independiente. Autor de Extraños en el Paraíso. Ojeadas al arte de los 80 (1993) y de Los rostros de Medusa. Estudios sobre la retórica fotográfica (2003).
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