El nombre de Magdalena Fernández (Caracas, 1964) aparece inicialmente ligado a la fuerte tradición artística de la abstracción geométrica y en el caso de Venezuela, obras seminales como las de Jesús Rafael Soto, Alejandro Otero y Gego, no dejan de ser significativas para quienes se interesan en esa corriente. Sin embargo, la obra de Fernández tiene la capacidad de volver a la geometría un campo de experimentación que le permite crear espacios en los que la subjetividad y lo orgánico son referentes conceptuales ineludibles. La relación obra, ambiente, espectador se torna en un significativo diálogo con el vacío, con su cuerpo, con la luz.
Desde sus videos de 1998, pasando por obras como Vasos comunicantes II. Superficies (2006), donde hace un sugestivo homenaje cuadrado, hasta los trabajos más recientes como el de la Feria de Arco (2008), se evidencia que sus propuestas están lejos de poder ser asociadas solamente con los rígidos códigos de la abstracción geométrica moderna. Lo subjetivo, los elementos del mundo natural, los sonidos animales, el movimiento del agua, son apropiados para sus intervenciones en el espacio y su relación con el mundo natural. Su propuesta para la Bienal del Fin del Mundo (2007) mostraba su comprensión del problema que el evento planteaba: ¿cuáles son esos otros mundos posibles que pueden pensarse desde el arte, frente a fenómenos como el calentamiento global o los problemas del medio ambiente? En su instalación 1i007, los miles de cables de fibra óptica suspendidos, el brillo de las lucecitas, generaban una relación muy poética con el entorno y frente a las “urgencias ecológicas” del núcleo conceptual del que formaba parte su obra, la artista proponía abrir nuevas posibilidades en la exploración arte-naturaleza.
Para Magdalena Fernández, luz, color, movimiento son elementos que nos permiten volver a pensar nuestra relación con el espacio, un espacio donde la sensualidad y la intuición tienen un papel definitivo.
IVONNE PINI