Eduardo Basualdo (Buenos Aires, 1977) ha desarrollado su obra en un área limítrofe entre teatro y artes plásticas. Es integrante desde hace quince años del colectivo Provisorio Permanente, compuesto también por Victoriano Alonso, Hernán Soriano, Pedro Wainer, Manuel Heredia y Eduardo Basualdo; este colectivo tiene la particularidad de estar constituido por artistas que vienen de diversas disciplinas como artes plásticas, teatro, cine, animación, interesados desde el 2003, año de su fundación, en indagar el carácter experimental que pueden tener las disciplinas con que trabajan.
La obra personal de Basualdo profundiza esa intención experimental creando instalaciones, esculturas, dibujos u objetos. Una particularidad de sus instalaciones es la capacidad que tiene de valerse de referentes mitológicos que son traídos al ahora, sorprendiendo al espectador al utilizar el misterio y la consternación en su composición, ya que se cuestiona los límites del cuerpo de quien observa, a la vez que lo enfrenta al temor a lo desconocido.
La obra de nuestra portada, La cabeza de Goliat, fue presentada en 2014 en el Palais de Tokyo en París, en el Musée d´Art Moderne et Contemporain de Toulouse, en 2017, y actualmente se encuentra en el espacio bonaerense La Usina del Arte.
El título inicial de la obra, Teoría, adquiere otro nombre para la versión bonaerense y se rebautiza con la misma denominación de un ensayo escrito por el reconocido escritor, ensayista y crítico argentino Ezequiel Martínez Estrada, quien en 1940 escribió su texto La cabeza de Goliat para cuestionar el rol que en el país tenía el centralismo ejercido por la capital, ciudad descrita como una cabeza enorme y desproporcionada en relación con el resto del país.
El material que cuelga encima de las cabezas es metal, un tipo de acero que Basualdo moldeó hasta convertirlo en una masa arrugada que se asemeja a una roca. La afirmación de Basualdo “el arte no es belleza, es reflexión” se aplica a esta cabeza de gigante que pone a reflexionar a quien circula por debajo, acerca de cómo quienes vivimos en las grandes ciudades somos absorbidos por esa enorme cabeza que perdió su posibilidad de conexión con el cuerpo.
IVONNE PINI